
Texto: Josetxo Errondosoro
Tailandia, octubre del 2000. La vida está llena de sorpresas, sobre todo para alguien que vive como él, pero nada hacía presagiar que su gran viaje iba a cambiar de rumbo tan inesperadamente.
Hacía mucho que había perdido el sentido estricto del tiempo, y a veces no sabía ni en qué día vivía. Al recapacitar un poco, me daba cuenta que llevaba más de dos años viajando y que aún sentía ese impulso que me había llevado hasta Australia, en principio, el final de mi segunda etapa. Y nada me impedía continuar, pero después de tanto tiempo cerca del mar, echaba mucho de menos otra de mis pasiones: la montaña. Pues bien, estaba decidido, a partir de ese momento mi camino iba a la cordillera más alta del mundo: el Himalaya.
Aunque me cueste admitirlo, yo tampoco me he podido resistir a las ventajas que ofrecen las nuevas tecnologías, que por poco dinero me facilitan la comunicación con los míos desde cualquier parte del mundo. Así, cuando paso por alguna ciudad que me permite usar las ventajas de Internet, aprovecho para recibir y mandar mensajes. En esas andaba por Bangkok cuando me encontré un mensaje inesperado y curioso: “Hola. Me llamo Christopher Cartwright y quisiera contratarte como cámara en apnea y buzo de seguridad para la grabación de un vídeo en Vanuatu…”. Vaya sorpresa. De camino a Australia, estuve algún tiempo por Vanuatu, e hice muy buenos amigos, pero esto no me lo esperaba. Al principio, no me tomé en serio la oferta, y contesté aquel mensaje más por cortesía que por interés en volver allí. Y lo que son las cosas, resultó ser una propuesta sería… irresistiblemente seria. Se trataba de participar en la grabación de un vídeo de pesca submarina, más concretamente sobre la captura de los atunes “dientes de perro” (dogtooth tuna), en el que se intentaría filmar la consecución de una captura récord. Mi trabajo consistiría en filmar y escoltar al pescador y a otro cámara de los numerosos tiburones que merodean por aquellas latitudes, un asunto muy serio. Qué pequeño es el mundo, le habían hablado bien de mí y sabía de mi disponibilidad, de forma que me hizo una oferta muy tentadora en todos los sentidos. “¿Qué hago? Vaya dilema. Todos los días no se presenta una oportunidad así: pesca de grandes peces en el azul, con los mejores medios y cobrando. Total, por retrasar un mes mis planes… Bueno, me voy al Himalaya pasando por Vanuatu”.
A mi llegada a Port-Vila, la capital del archipiélago, seguía un poco sorprendido por la situación. No había ningún recelo por la propuesta recibida, pues en Bangkok me aseguré que todo siguiera el camino que habíamos pactado, pero no podía evitar sentir una mezcla de curiosidad y emoción por cómo estaban transcurriendo los acontecimientos. Y allí me estaba esperando Christopher, una persona educada y atenta que se mostraba impaciente por partir hacia nuestro destino. Rápidamente fuimos entrando en los detalles de mi trabajo. Había contratado un barco de 20 m. de eslora, que haría las veces de base de operaciones, y otro de 8 m., remolcado por el primero, que era para pescar. Además de la tripulación, el equipo de pesca lo componíamos cuatro personas: Christopher, un cámara profesional francés, un experto skipper local (patrón de pesca) y yo. No hay grandes distancias en estas islas, y poco después zarpábamos hacia el sur del archipiélago. Cómo es la vida, hacía unos meses había pasado por estos parajes con poco dinero y pescando para salir adelante, y ahora volvía a todo lujo.
Antes de conocer a Christopher, tenía alguna experiencia en este tipo pesca, pero no sabía mucho sobre los intentos de récord. Mi aproximación más seria fue cuando estuve en San Diego, California, en 1996. Allí pude disfrutar de unas estupendas jornadas de pesca, pero fue una experiencia sin demasiadas complicaciones. Lo primero que me di cuenta entonces fue que era una afición muy cara, y tras conocer a Christopher añadiría que, además, hay que estar bastante loco. Creo que definir como obsesión lo que siente por los récords no es ninguna exageración. Pero a lo que íbamos, conseguir un récord no es sólo conseguir la mayor captura jamás realizada, hay que cumplir ciertas normas muy estrictas para homologarlo (ver recuadro). En este caso íbamos detrás de la marca que posee el australiano Ian Puckeridge, con una captura de 83 Kg. Un número de sólo dos cifras puede parecer poca cosa, pero es una especie especialmente combativa que normalmente pesa entre 15 y 20 Kg. Los ejemplares grandes nadan frecuentemente entre los tiburones sin ningún temor, y les disputan sus presas con fiereza, aunque se trate de un congénere herido. No me podía imaginar lo que tenía que ser enfrentarse a un pez de esta especie de más de 80 Kg., pero aquí se me presentaba la ocasión de comprobarlo.
La jornada de pesca empezaba todos los días a las cinco de la mañana y terminaba cuando se ponía el sol, sobre las seis de la tarde; después nos esperaban largas horas repasando todo el material grabado. Con las primeras luces, partíamos en la embarcación de apoyo hacia las zonas que nuestro guía conocía. Su aportación era imprescindible para el éxito del proyecto pues el océano es muy grande para ponerse a buscar sin un buen conocimiento de la zona. Cuando llegábamos al lugar escogido, que generalmente coincidía con algún bajo profundo en la mitad del mar, nos fijábamos en la actividad de los pájaros (fragatas). Era curioso: por su forma de volar nuestro guía sabía si encontraríamos pesca o no (fui incapaz de aprender el método, pero puedo asegurar que funcionaba). Una vez que los localizaba, empezaba una rutina que duraba bastante tiempo. Primero seguíamos a los pájaros hasta que alguno se zambullía: ése era un buen síntoma, pero sólo indicaba que íbamos por el buen camino. Así seguíamos la trayectoria de los bancos de peces, hasta que, cuando teníamos suerte, la trayectoria de las fragatas se estabilizaba y empezaban a lanzarse al agua en un frenesí de zambullidas: de repente, el mar parecía hervir. Había llegado el momento de zambullirse. En honor a la verdad, la tensión iba subiendo entre nosotros a medida que se acercaba este momento: veíamos saltar a los atunes y no había tiempo que perder, pero el sentido común nos decía que teníamos que ir con mucho cuidado.
El mar estaba en calma, el agua transparente, y frente a nosotros teníamos una imagen que parecía no encajar en ese cuadro. La embarcación se situaba corriente arriba y rápidamente entrábamos en el agua. Christopher y yo cargábamos los fusiles mientras nuestro guía nos ayudaba con las boyas (cada uno llevábamos la varilla del fusil unida a dos planchas rígidas, especiales para este tipo de pesca). En estos casos, yo no pescaba, pero, junto con la cámara, llevaba el mismo equipo que Christopher. Si el espectáculo desde la superficie era impresionante, por debajo era sobrecogedor. En un escenario de un intenso color azul, un banco de banco pequeños peces estaba siendo atacado e intentaba huir sin rumbo fijo, mientras los atunes y los tiburones se daban un auténtico festín, haciendo ataques ciegos al banco. Cuando Christopher lo creía oportuno, se sumergía hasta los 10 metros e iba a su encuentro, y nosotros detrás a una distancia prudencial. Los atunes desconfían mucho de cualquier peligro que se les cierna desde arriba, mientras que si la aproximación es por debajo, ofreciendo la menor silueta posible, son más confiados. Al acercarnos, algunos atunes venían a curiosear, pero si no tenían el tamaño adecuado no se les disparaba. Cuando aparecía uno grande, Christopher intentaba situarse en su trayectoria sin mostrarse agresivo, hasta que se ponía a tiro. Después del disparo empezaban los problemas. Aunque el impacto de la pesada varilla detenía por unos instantes al pez, su violenta reacción provocaba los primeros momentos de peligro: cuando se sienten heridos, se sumergen a gran velocidad, y, si enredan al pescador con el cabo que une el arpón con las boyas, puede tener un accidente muy grave; tampoco puede olvidarse de las boyas, que pueden golpearle con mucha fuerza. El siguiente peligro son los tiburones, que hacen muy difícil la recuperación del pez, sobre todo si no se trata de la primera captura. Si el pez arponeado es grande, se mantienen a cierta distancia pues saben que es tan fuerte y agresivo como ellos. Pero bastará que ataque uno para que los demás le sigan en un frenesí de carreras y dentelladas, donde la sangre de la presa algunas veces se mezcla con la de los propios agresores, que, cegados por el festín, pueden acabar mordiéndose entre ellos.
Pero no siempre los pájaros venían en nuestra ayuda. Sobre todo a los mediodías, los atunes se retiraban a las zonas más profundas y era difícil localizarlos: entonces cambiábamos de estrategia. Íbamos a las zonas de paso (algunas están cerca de la costa), lugares donde, poca o mucha, siempre había corriente. Ésta, al chocar con el bajo, se desvía hacia arriba, arrastrando con ella los microorganismos que transporta. Son lugares en los que la vida marina es abundante y donde la presencia de grandes depredadores es frecuente. Cuando nuestra sonda marcaba la presencia de “bolas” de pequeños peces, confirmábamos visualmente que fueran rainbow runner, y probábamos suerte. Pescábamos en el cantil, allá donde termina el arrecife y empieza el abismo, paredes que caen hasta donde la sonda no alcanza. Otro dato importante: casi siempre los atunes aparecían por donde la corriente chocaba con el arrecife. Primero había que atraerlos, y para ello colocábamos un señuelo artificial formado por una serie de piezas brillantes que cuelgan de una boya como si fueran los adornos de un árbol de Navidad. Los reflejos producidos por el señuelo simulan un banco de posibles presas, e incluso he visto como los tiburones la emprenden a dentelladas con ellos. Pero normalmente esto no era suficiente, y había que atraer a los atunes cebándolos con pedazos de pescado. Para ello, mientras Christopher permanecía en guardia, yo me encargaba de pescar algún pez de buen tamaño para después ir cortándolo en grandes dados que debían caer en el cantil. Cuando acertábamos con la zona, los atunes aparecían del fondo del cantil, como surgidos de la nada: primero los pequeños y luego, a veces, los grandes. Pero no siempre era así.
Cierto día, después pasar muchas horas en el agua sin conseguir atraer ningún atún grande, propuse a Christopher que nos dedicásemos a pescar por el simple placer de hacerlo, olvidándonos por unas horas de sus proyectos. Fue una decisión afortunada como pocas. Con el jaleo que organizamos con los primeros disparos, aparecieron, como no, los primeros tiburones. Parecía que el día de pesca se iba a terminar cuando se produjo un hecho sorprendente. Un atún de unos 30 Kg. se debatía en mi varilla cuando aparecieron dos tiburones grises de arrecife. Pero eso no era una sorpresa; lo sorprendente fue que, según empezaban a darse un buen festín, surgió del fondo un enorme ejemplar de atún (podría tener 100 Kg.) que los embistió, haciéndoles huir. Al final aparecieron más tiburones y entre todos acabaron con mi presa. En tal situación, no era cabal bajar a por la pieza, que hubiera sido de récord, pero algo ganamos: habíamos dado con una buena fórmula. A partir de ese día, este fue el método que más utilizamos y el que mejores resultados nos dio.
Para pescar en estas latitudes, se ha de tener paciencia y el permiso de los tiburones. Los habitantes de Vanuatu los temen hasta tal punto que apenas hay pescadores submarinos; según me han contado, en algunas islas, sobre todo en las de arena negra (Vanuatu esa una zona muy volcánica), todos los años se dan accidentes graves, pues parece que los tiburones tigre tienen preferencia por este tipo fondos. Los atunes siempre aparecen acompañados por su séquito de escualos y recuperar una presa es una tarea difícil y arriesgada. Las posibilidades de recuperar una presa intacta son inversamente proporcionales al tiempo que permanece en el agua. Teniendo en cuenta que es difícil matar instantáneamente a estos colosos del mar, es muy normal que las luchas por reducir a un atún grande se prolonguen más de una hora; durante ese tiempo, los tiburones rodearán al atún en círculos cada vez más pequeños, hasta que uno se decida a atacar. A partir de ese momento, lo mejor es mantenerse al margen hasta que se sacien. Si tenemos la suerte de recuperar la presa con rapidez, tampoco habrán terminado nuestros problemas, pues aún intentarán quitárnosla de las manos. Pero de las muchas situaciones de tensión vividas en este viaje a causa de los escualos, hay dos que recordaré durante algún tiempo. La primera fue cuando después de atravesar un atún varios tiburones grises se abalanzaron sobre él. La situación no era diferente a otras que vivíamos todos los días, pero algo extraño sucedió: de repente desapareció toda la vida del arrecife, y los tiburones también. No sé explicar lo que se siente en un momento así, pero era evidente que algo iba a pasar, y la tensión era tremenda. No pude recuperar ni un par de metros del cabo de mi arpón cuando, para mi susto, un gran tiburón oceánico apareció de la nada para liquidar lo que quedaba del atún en un abrir y cerrar de ojos. Al terminar, tuvo la cortesía de acercarse hasta nosotros para luego desaparecer por donde había venido. La segunda anécdota sucedió cuando estaba pescando por mi cuenta con un barquero local. Estábamos sobre un cantil cercano a la costa, me sumergía para hacer esperas sobre un fondo de 20 metros, mirando hacia el azul. Era como estar en el balcón de un gran rascacielos mirando hacia abajo. Los atunes subían a curiosear, pero ninguno se ponía a tiro, y la corriente cada vez me alejaba más del bote. Cuando me pareció oportuno, empecé a gritar al barquero para que viniera a recogerme, pero no me oía. Después de mucho gritar, y un poco enfadado, me quité las gafas y empecé a gritar más fuerte y hacer gestos con los brazos para que me viera mejor. No sé el tiempo que pasé así, supongo que unos minutos, pero cuando por fin me hizo caso, y estaba flotando tranquilamente, mis piernas chocaron con fuerza contra algo: “Mira que haber un arrecife aquí”, pensé, no sin cierto nerviosismo. Cuando me volví a poner las gafas, mi corazón dejó de latir durante varios segundos: varios tiburones estaban investigando si yo podía ser su almuerzo. Los pinchazos mi arpón les convenció de lo poco apropiado del menú, pero mi cabellera luce más canosa desde entonces. En estos parajes, perder el control visual del fondo puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Al final, después de un mes de duro trabajo, Christopher no consiguió su récord, aunque estaba muy satisfecho de las grabaciones. Hicimos grandes capturas, alguna por encima de los 60 Kg., y las pudimos hacer mayores… pero el pez grande se aproximó al pescador que no debía, y cada cuál debe saber hacer lo más apropiado en cada momento. Aunque la suerte fue esquiva con Christopher, la experiencia fue estupenda y empezó a tentarme con nuevas propuestas, pero estaba un poco cansado de perseguir un objetivo con el que no me acababa de identificar. Le veía tan obsesionado con su récord que creo que no disfrutaba de las maravillosas escenas que nos brindaba la naturaleza. Por otra parte, quería seguir mi camino y, con la satisfacción de haber hecho un buen trabajo y la promesa de seguir escribiéndonos, volví a Bangkok.
(continuará…”Entre tinieblas” )
Encuadre 1
Los fusiles Steve Alaxender
Está considerado como lo máximo en su terreno. Se construye prácticamente sobre pedido y cuestan una fortuna (completo, unas 300.000 pts.). Con la varilla instalada, mide cerca de 2 metros y pesa… ¡15 Kg.! Está construido en madera y la varilla corre a través de una guía de teflón que abraza las tres cuartas partes de su circunferencia. Sus seis gomas mueven bien el pesado arpón de 9’5 mm. (pesa más de 1 Kg. y es de punta separable) y apenas tiene retroceso gracias al enorme peso del arma. Puede parecer curioso, pero el fusil se lastra con plomo y luego se le añaden flotadores hasta conseguir una flotabilidad neutra. Evidentemente, es un fusil difícil de desplazar, lento de cargar y que sólo sirve para pescar grandes peces, pero su alcance y su precisión son fabulosos.
Encuadre 2
Los periodos de actividad
El reloj biológico de los peces es un misterio, y aunque que su actividad aumenta al alba y al atardecer, no siempre es así. Los pescadores australianos usan unas tablas para saber el momento más propicio para pescar, lo que ellos llaman “periodos de actividad”. Están confeccionadas según las conjunciones de determinados astros, y muchos las siguen fielmente. Soy incapaz de valorar si esas tablas son precisas, pero estoy seguro que algo de todo eso tiene que ser verdad. A veces, al amanecer o al atardecer, no pescábamos nada; por mucho burley que echásemos, ni los tiburones hacían caso. Pero otras, en pleno mediodía, supuestamente un mal momento para pescar, la actividad en los mismos lugares era frenética.
Encuadre 3
La normativa de los récords
Por lo menos hay varias organizaciones que regulan este tipo de actividades (en Estados Unidos, Sudáfrica y Australia). Aunque hay diferencias entre sus normas, básicamente se guían por el mismo espíritu: la captura debe hacerla un apneísta usando un arma cargada por la fuerza de sus músculos (fusiles de gomas y neumáticos), y debe arponear y reducir a su presa sin ninguna ayuda. Ni tan siquiera se admite que un ayudante le pase un fusil cargado; si lo necesita, se le pasará descargado y ahí acabará toda la ayuda que pueda recibir.
Fotos: Joseba Kerejeta (si las encuentra…)