RINCONES DEL CARIBE-”Escapadas cap.1″

Cuadernos de viaje de un pescador – Joseba Kerejeta

Texto: Josetxo Errondosoro

El inquieto espíritu de este viajero hace que su vida esté plagada de multitud de vivencias interesantes. Aunque resulta difícil escoger entre todas ellas, esta vez os queremos relatar una aventura que empezó en Alaska y terminó en un recóndito rincón del Caribe mejicano. Como en todos sus viajes, el mar siempre está en su camino.

A comienzos de 1996, mientras maduraba la idea de dedicarme a ver mundo durante varios años, y sin terminar por decidirme, otros objetivos más sencillos rondaban por mi cabeza. Era, quizá, una forma de calmar esa sensación de ansiedad que me devora por dentro cuando deseo hacer un gran viaje. De las muchas posibilidades que estaba contemplando, la idea que más me atraía era la de recorrer en bicicleta la zona norte de la carretera Panamericana, desde Alaska hasta México, para lo que calculaba me iban a hacer falta unos cuatro meses. Dentro de mis objetivos estaban, además de ver y disfrutar de todos los paisajes que adivinaba me iba a encontrar, entrar en contacto con la comunidad de pescadores de California, más concretamente con la gente que practica la pesca de grandes peces en el azul. Y así fue como, tras obtener la correspondiente excedencia laboral, llegué con todos mis bártulos a Alaska en julio de ese mismo año. Aunque, por las circunstancias, tuve que reducir al mínimo mi equipaje, no faltaba en él un sencillo equipo de apnea.

Una nueva meta
El viaje fue transcurriendo tal como lo había planeado, y tras pedalear durante dos meses di con mis huesos en California. Una vez allí, no me resulto complicado entrar en el ambiente de los pescadores de la zona. Fue tan sencillo como llegar a San Diego e ir a una de las mayores tiendas de buceo de la ciudad. Me recibieron estupendamente y todo fue increíblemente fácil. De hecho fueron muy generosos conmigo, e incluso me invitaron a pescar con ellos en alguna de sus largas y costosas salidas. Así entré en contacto por primera vez con esta modalidad de pesca tan extrema que es, lo que ellos llaman, el “blue water hunting”. Durante el día nos dedicábamos de lleno a buscar grandes presas, y durante la noche, con todas las comodidades que ofrecen sus lujosos barcos, manteníamos largas conversaciones sobre nuestro tema preferido: la pesca. Y fueron en esas agradables veladas cuando escuché por primera vez hablar de un lugar muy especial del Caribe mejicano. Para ser sinceros, hasta ese momento tenía la idea de que esa zona era muy turística, y, en consecuencia, sin mucho interés para mí. Me costaba pensar en ella olvidándome de los grandes complejos turísticos de Cancún o Cozumel, pero ellos insistían en que más al sur, cerca de la frontera con Belice, habían oído hablar de un desconocido lugar con unos arrecifes fabulosos repletos de vida. Y sin un turista a muchos kilómetros a la redonda. Viendo la pasión con que hablaban, y aún teniendo ciertas dudas, no quise perder la ocasión de comprobar por mí mismo la existencia de esos parajes. Después de todo, todavía disponía de casi dos meses y tenía una nueva meta. La suerte estaba echada.

Los peligros de la carretera
Al cruzar la frontera entre Estados Unidos y México no sólo me encontré con un cambio en la situación social: circular en bicicleta dejó de ser divertido para convertirse en un juego de ruleta rusa. Hasta ahora, los únicos peligros del viaje habían venido de los osos, que, en estado salvaje, campaban por sus respetos en muchos puntos del recorrido, sobre todo en Alaska y Canadá. Para ellos, yo no dejaba de ser una posible presa, eso sí, de muy poco rendimiento por lo escaso de mis carnes. Pero, aunque tuve algún encuentro comprometido, pocas veces me sentí en peligro. En México todo cambió. Acostumbrado a ser respetado en la carretera durante tantos kilómetros, el choque fue brutal. Puede parecer ridículo, pero hasta tal punto me vi en peligro que no me quedó más remedio que desandar el camino y volver hasta la frontera. Allí, gracias a un amigo pescador, pude dejar la bicicleta a buen recaudo para continuar viajando en medios de transporte más convencionales.

Buscando un lugar diferente
Poco a poco, tras unas palizas tremendas de autobús, me iba acercando a la frontera con Belice. Aunque no encontraba lo que buscaba, la cercanía del Caribe, con sus tranquilas y cristalinas aguas, hacían mi recorrido muy llevadero. Transcurrían así los kilómetros cuando una tarde llegué a la ciudad de Chetumal. Sin saber muy bien hacia dónde dirigir mis pasos, y con cierta sensación de haberme equivocado, tuve la suerte de dar con el mercado de la ciudad. Allí obtuve el primer indicio de estar cerca de mi objetivo. Con gran curiosidad, me acerqué a los puestos donde vendían pescado, y no tardé en comprobar que muchas de las piezas allí expuestas habían sido capturadas por pescadores submarinos. A partir de ese momento, y gracias a la amabilidad de la gente, no fue difícil obtener información sobre la procedencia de aquellos peces. Venían de las aldeas de pescadores situadas al este, y hacia allí partí con la esperanza encontrar lo que buscaba.

Entre gente humilde
Las aldeas de la costa son muy humildes pero están llenas de gente que irradia simpatía. La pesca es una de sus actividades más importantes, al menos entre las que son legales. Resultó sencillo relacionarme con los pescadores, y al preguntar si había por allí buenos “buzos” obtuve la misma repuesta que en otros muchos lugares: que todos eran muy buenos. Aún así, como insistí en averiguar quién era el mejor, todos coincidieron al señalar a Pechi. Cuando llamé a la puerta de su casa, me encontré a un joven escuálido, de unos 25 años, que me recibió hasta con un poco de vergüenza. Poco después me contó que nunca se habría imaginado que un “gringo” le pediría ir a trabajar con él. Además, gracias a su generosidad, a cambio de mi promesa de ayudarle en su trabajo, pude resolver mis problemas de alojamiento.

Necesidad e ingenio
Viajaba con muy poco equipaje, pero en California compré un fusil sencillo y algunos repuestos antes de montar en el autobús, porque me temía que los pescadores de aquellas latitudes no dispondrían de muchos medios. Y acerté, pues, en nuestra primera salida, mi sorpresa fue mayúscula cuando vi por primera vez una de sus mejores herramientas de trabajo. Se trataba de un viejo fusil con unas gomas que debían tener mil y un batallas, y una varilla… ¡qué varilla! Como los arpones normales de pesca son carísimos para las posibilidades de los pescadores, utilizan en su lugar unos pedazos de hierro, de hasta 10 milímetros de diámetro, de un material que se usa para hacer los cimientos de los edificios. Me preguntaba cómo se podía pescar con aquel pedazo de metal oxidado. Estaba seguro de que si no mataba los peces de un disparo, con rozarlos, los mataba de una gangrena. Pero esto no era todo: tampoco había ningún hilo que uniera la varilla al fusil o una aletilla que sujetara las presas. Vaya cambio pasar de usar los costosos fusiles de los californianos a aquello. Pero ¿serán capaces de pescar?, pensaba. En unas pocas apneas pasé de la duda al asombro. Pechi no sólo pescaba sino que, además, lo hacía con una precisión increíble. Calculaba perfectamente las reacciones de cada pez y la trayectoria que describiría la varilla para alcanzarlo, y… ¡¡zass!!, otro disparo perfecto. De no creérselo. Naturalmente, procuraba alcanzar a las piezas que, por tamaño, menos posibilidades tenían de escapar con la varilla, pero aun así, durante todo el tiempo que estuve con él, muy pocas veces le vi perder una, y eso que llegamos a pescar piezas de un tamaño considerable.

Acorazados
Llevábamos varios días visitando el cantil costero y los resultados estaban siendo excelentes a juzgar por la cara de satisfacción de mi compañero, pero una mañana pensé que se había vuelto un poco loco. Gritaba y gesticulaba señalando a un punto lejano. Al principio no supe qué pensar, pero pronto comprendí el origen de tanta agitación: a lo lejos un banco de grandes peces saltaba por encima de la superficie ofreciendo un espectáculo fenomenal. Rápidamente nadamos en aquella dirección, pero según nos fuimos acercando volvió a reinar la tranquilidad. Lo único que veíamos, sobre un fondo de unos 30 metros, era un laberinto de coral con algunos grandes cortes. Para poder observar mejor el fondo, nos dedicamos a planear entre dos aguas sin saber muy bien lo que andábamos buscando. No pasó mucho tiempo antes de que apareciesen unas grandes sombras surcando los corales. Según me iba acercando, las sombras se convirtieron en multitud de intensos brillos metálicos, formando un espectáculo sobrecogedor. Era un banco de grandes sábalos y apenas me hacían caso. Después de medir muy bien mis posibilidades, conseguí capturar uno, pero no fue sencillo. Prepare el descenso con tranquilidad y, tras aletear los primeros metros, fui cayendo hacia el fondo sin hacer un solo gesto. Cuando escogí la pieza, esperé el momento adecuado para hacer un disparo de atrás hacia delante, que es una de las pocas formas de atravesar las escamas de estos acorazados. Tuve mucha suerte, pues estuve a punto de perder todo el material, lo que hubiera significado un gran problema. En su huida, el pez me arrastró con facilidad y sus saltos fuera del agua no serán fáciles de olvidar. Aunque después de muchos esfuerzos conseguí controlar la situación, era evidente que, si quería ayudar a mi amigo durante los próximos días, mis objetivos deberían ser más modestos.

Cuestiones prácticas
Pescar en los arrecifes cercanos era una delicia. La pesca era abundante y, tras un periodo de adaptación a las particularidades de la zona, nuestros pasadores llegaron a perecerse. Eso sí, seguía sin acostumbrarme a la forma de pescar de mi compañero, y, sobre todo, a su mortífera puntería. Me sentía estupendamente entre aquella gente, y resultaba divertido ver a Pechi montarse en el autobús que le llevaba al mercado con toda la pesca del día colgando. Pero al pasar los días, y conocer mejor los alrededores, me empezó extrañar que Pechi no mostrara mucho interés en ir a unos cayos lejanos, a unas dos horas de navegación. Lo más curioso era que no me daba una razón clara para ello, pues, aunque él no disponía de una embarcación, cada pocos días se juntaban varios pescadores para costearse una y poder ir a trabajar allí. Además, a su regreso, siempre venían con muy buenas piezas. El colmo era que el propio Pechi me contaba que los cayos eran de una riqueza excepcional. Por su modestia y humildad, me costó dar con la clave del enigma, pero al final lo descifré. El quid de la cuestión estaba en la fórmula que empleaban para costearse el viaje. Después de pagar los gastos de la embarcación, todo lo que se pescaba se repartía por igual entre los 4 ó 5 integrantes de cada expedición, y ahí estaba el problema. Pescadores como Pechi no eran muy habituales, más bien abundaban otros que no eran casi capaces de mantenerse de pié por los efectos del alcohol o la mariguana, y que, al final, sólo se apuntaban a la salida para aprovecharse de los demás. En esa situación, para Pechi era mucho más práctico ahorrase las cuatro horas de viaje y pescar a su ritmo por los arrecifes cercanos, sin tener que depender de nadie. De todas formas, yo me encontraba en una situación bien distinta, y estaba decidido a conocer aquellos parajes. Era, probablemente, el lugar que llevaba buscando desde que salí de California.

El final de la búsqueda
Andaba dándole vueltas a la idea de visitar los cayos cuando una mañana supe que se estaba preparando una salida hacia aquella zona. No me quedaban demasiados días y no lo pensé demasiado. Me presenté ante los pescadores cuando estaban a punto de partir, y les planteé que me llevaran con ellos. Tuvieron sus discusiones, claro, pues iban a trabajar y no querían estorbos a su alrededor, pero alguno había oído que “el gringo” pescaba bien y todo se arregló felizmente a mi favor. Sin casi tiempo para nada, el justo para coger mi equipo de pesca y un poco de agua, partimos cinco pescadores. El trayecto, entre la ilusión, la charla con mis compañeros y las muchas manadas de delfines que nos fuimos encontrando, se hizo corto; pero estabamos muy lejos, calculo que a unas 30 millas de la costa más cercana. De hecho, hacia la mitad del trayecto ya dejaba de divisarse cualquier rastro de tierra. La verdad era que aquel viejo cascaron de madera, con sus dos trajinados fuera borda, navegaba a buena velocidad. Tal y como me habían dicho, poco después de navegar un par de horas se divisaron los primeros cayos. Eran unos pequeños islotes en los que en apenas había vegetación y donde no vivía nadie. El único indicio de la presencia humana era una “palapa” (una pequeña choza construida encima del agua) que servía a los pescadores de refugio cuando tenían que pasar allí la noche. La primera sensación que recuerdo, cuando apagamos los motores y echamos el ancla, fue de una paz total. La mar estaba completamente llana y el agua tan cristalina que parecía que nuestra embarcación estaba sustentada en el vacío. Y al saltar al agua mi felicidad fue total. Todo tipo de corales daban cobijo a una fauna variada y muy abundante. Ya no tendría que buscar más, había llegado a mi destino.

Una jornada para recordar
Las horas pasaron con rapidez y la pesca fue excepcional. Para mis compañeros, abadejos, meros, chernas, pargos y barracudas iban a pagar sobradamente el favor otorgado. Para mí, el simple hecho de estar allí no tenía precio. Mientras perseguía mis presas, muchas veces olvidaba lo que se esperaba de mí, y me dedicaba a disfrutar del entorno. Además de infinidad de pececillos multicolores, aparecieron ante nosotros grandes rayas y tortugas. Y que puedo decir de los delfines, sin lugar a dudas, mi animal preferido. Al oír sus estridentes voces, nadaba hasta localizarlos para quedarme entre ellos e intentar imitarlos, con una torpeza que les tenía que resultar patética. Cuando volvía a centrarme en el trabajo buscaba cualquier indicio que me pudiera suponer cobrar una presa. Algunas veces fueron unos grandes labios, a la sombra de la entrada de un agujero, los que delataron a un mero o a un abadejo. Otras, su gran tamaño les hacia confiarse demasiado para dejarse atrapar si se pescaba a la caída. También, tanto pargos como barracudas, auténticos depredadores de estos arrecifes, confiaban en su poderío para acercarse al pescador. Pescarlos a la espera era lo más adecuado. Era fácil anticiparse a la aparición de las barracudas, pues casi siempre venían precedidas de algún banco de pequeños peces. Pero resultaba más excitante enfrentarse a los pargos, unos peces bastante desconfiados una vez que han visto al pescador. La estrategia que utilizaba para cogerlos era la de esconderme en los canales del arrecife, de forma que, cuando aparecía uno, dejaba que me viera un poco la cabeza. Una vez que me detectaba, una mezcla de curiosidad y precaución se apoderaba del pez. En ese momento me agachaba y desaparecía de repente de su vista, y, aprovechando el cobijo que ofrecían los canales del arrecife, me situaba mucho más cerca. Era divertido ver cómo esperaba verme en un lugar, y, al no encontrarme allí, cómo empezaba a buscarme. Casi siempre el disparo salía por debajo de él. De todas formas, la faena no terminaba ahí. Es tal la fuerza de estos animales que era fácil ver cómo doblaban la varilla sin necesidad de rozarse contra nada. Si entraban dentro del arrecife el destrozo del material estaba garantizado. Por ello, cada vez que disparaba a uno, nadaba rápidamente hasta alcanzar la superficie tirando constantemente de él para evitar el desastre.

Cuando la naturaleza impone su ley
Pero no todo fue bien. Primero, no tardé en comprender mejor porque Pechi no quería venir a los cayos, pues no todos mis compañeros ponían el mismo ahínco en el trabajo. De hecho, dos de ellos no ponían ninguno, aunque esto no era un problema para mí. Lo realmente preocupante vino después. Avanzaba la tarde y el tiempo empeoró súbitamente. Faltaban pocas horas para emprender la vuelta, pero decidimos adelantarnos, pues aquel cambio repentino no hacia presagiar nada bueno. Para cuando recogimos todo y empezamos a navegar, hacía un buen rato que el sol había sido ocultado por una cortina oscura de nubes que, desde el Oeste, avanzaba a gran velocidad. Lo que hacía media hora había sido una balsa de aceite ahora mostraba sus primeras crestas blancas. Las olas eran cada vez mayores, y nos detuvimos para recapacitar sobre nuestra situación. Lo más lógico y prudente era volver al abrigo de los cayos y esperar que aquello, fuera lo que fuera, pasara. Pero en esta vida no siempre se hacen las cosas más lógicas, y aquel día era sábado y se retransmitía un gran partido de béisbol dentro de unas horas. Además, luego sería noche de parranda. Eran demasiadas cosas las que se iban a perder, y así, por unos motivos tan importantes, fue como se decidió continuar. En poco tiempo estuvimos lejos de cualquier pedazo de tierra y toda la mar era de color blanco, pura espuma. El viento seguía aumentando de intensidad en una progresión que parecía no tener fin, y su efecto era aún más demoledor por la lluvia pues las gotas de agua eran pura metralla. Todos estabamos muy preocupados y la actividad a bordo era frenética. Mientras uno de los pescadores intentaba mantener el rumbo los demás achicábamos desesperadamente toda el agua que estamos embarcando. De pronto, al intentar esquivar una gran ola otra entró por un costado, con tan mala suerte que paso por encima de los motores dejándolos totalmente mudos. Ahora sí que teníamos problemas. Sin ningún tipo de propulsión, la embarcación se cruzaba a la mar y recibíamos todas las olas por un costado. Por mucho que intentábamos arrancar los motores, estos seguían mudos. Tras muchos intentos, y mientras la embarcación se hundía cada vez más por el peso del agua, por fin arrancó uno. Calculo que pasamos una media hora con los motores parados, y todavía no entiendo cómo no nos fuimos a pique. Con un motor renqueante teníamos al menos el gobierno del barco, pero aún había que llegar. Pasamos 5 horas agónicas antes de divisar la primera luz de la costa, y en ese momento tuve la certeza que, aún nadando, teníamos posibilidades de luchar por salvar el pellejo. También estoy seguro que no lo hubiésemos conseguido todos. Afortunadamente, no hizo falta. Una hora después llegábamos a la aldea con una sensación mezcla de cansancio y euforia. Estabamos todos bien y no terminábamos de creerlo. Los efectos del huracán se sintieron durante cuatro días más, y varias embarcaciones no tuvieron nuestra suerte. Jamás regresaron.

Reflexiones
La mañana siguiente amaneció oscura y el viento seguía soplando con mucha fuerza. No recuerdo haber visto nunca algo así. Tampoco recuerdo haber pasado tanto miedo como la tarde anterior. Fueron las seis horas más largas y angustiosas de mi vida. Por primera vez había sido consciente de que todo podía terminar allí. Me sentía muy cansado pero al menos estaba de una pieza, y necesitaba recapacitar sobre lo que nos había sucedido. Las conclusiones fueron muy sencillas. Esta gente no se rige por nuestra misma escala de valores, y para ellos el concepto de seguridad no se entiende muy bien. Confunden a menudo el valor con la temeridad y el futuro significa, como mucho, mañana. Tampoco entienden de previsiones de ningún tipo, ni tan siquiera de las meteorológicas. Ese día supe que el huracán estaba anunciado con antelación y que se había recomendado no salir a la mar, pero fueron muchos los que no hicieron caso de la noticia. Para colmo, parte por lo escaso de sus recursos y parte por inconsciencia, hacen que sus motores funcionen en unas condiciones lamentables, y así, cuando se alían las circunstancias en contra, los resultados son muchas veces fatales.

Saturado de emociones
No me resultó fácil decidir el momento de mi partida, pues mi relación con Pechi y su familia fue fantástica, pero apenas disponía de una semana antes de tomar mi vuelo de vuelta en San Francisco. Además, saturado de emociones fuertes y como la mar seguía estando muy mal, prefería emprender mi vuelta sin demasiadas prisas. También, los cuatro meses que llevaba viajando me estaban pasando factura. La despedida no fue fácil, y entregarle a mi bondadoso amigo todas mis herramientas de pesca compensaba en poco lo que él había hecho por mí, pero era lo mínimo que debía hacer. Es gente que necesita muy pocas cosas para vivir, pero disponer material de pesca nuevo significaba que podía alimentar con menos dificultades a su familia. Y, con la firme promesa de volver, emprendí el viaje hacia el Norte.

Ramón Bravo
Buscaba un lugar tranquilo para relajarme durante unos días, e Isla Mujeres me pereció una buena opción. Sabía que era un lugar muy turístico, pero me habían dicho que la visita merecía la pena. Un día fue suficiente para llegar a esa bonita isla. Mientras recorría tranquilamente los alrededores, no podía eliminar de mi cabeza los malos momentos vividos recientemente. Mi estado de ánimo no era bueno y, mientras observaba el mar, vivía una especie de pesadilla pero con los ojos abiertos. Me veía en medio de ninguna parte luchando por nadar… ¿hacia dónde? Afortunadamente, una buena noticia me ayudó a salir del trance. Supe que Ramón Bravo, mundialmente famoso por ser uno de los pioneros del cine submarino, vivía en la isla, y a partir de ese momento puse todo mi empeño en encontrarme con él. Desde muy joven he seguido la trayectoria de este hombre, y hace muchos años tuve la suerte de escuchar sus conferencias en el festival de cine submarino de San Sebastián. Dar con Ramón fue muy sencillo, pues todo el mundo le conoce en la isla, pero no sabía cómo presentarme ante semejante figura ni qué decirle. Al llamar a la puerta de su casa todo sucedió de la forma más natural, y cuando le dije de dónde venía no hizo falta nada más. No me acababa de creer que estuviera hablando con él, pero pasaron muchas horas antes de que su mujer le recordase que ese día tenía otras obligaciones. Escucharle era una maravilla. La forma de contar sus historias y la increíble pasión con la que hablaba de todo lo relacionado con el mar no me defraudaron, todo lo contrario, me confirmaron que me encontraba frente a un hombre único. Cuando me despedí de Ramón de mi mente habían desaparecido mis angustias y en su lugar había multitud de ilusiones que él supo poner ahí.

Poco tiempo después
Cuando se encuentra un lugar especial, la idea de regresar ronda siempre por la cabeza. Volver a la normalidad, aunque este concepto es un poco ambiguo en mi caso, resulta duro; pero esta vez fue más fácil: la posibilidad de volver a México en breve hacía más llevadera la situación. Animado por unos amigos, preparé un recorrido que quise haber hecho en el primer viaje. Con estas perspectivas, el tiempo transcurrió de prisa, y, como sucede en estos casos, para cuando me quise dar cuenta llegó la hora de partir. A principios de agosto del 97, cuatro amigos viajamos hasta México con la idea de completar un recorrido que iba desde el Yucatán a la Selva de Mosquitia, en Honduras. Y gracias a este nuevo viaje y a mis amigos Jesús y Unai, dos excelentes fotógrafos submarinos, he podido mostraros uno de mis rincones caribeños preferidos. Fue una bonita experiencia de mes y medio en la que, además de volver a estar con Pechi y Ramón y de disfrutar del mar, nos vimos envueltos en muchas peripecias que quizás en otro momento pueda contar.

Encuadre 1:
Bosques de algas gigantes
Aunque había visto imágenes de lo que era un bosque de algas gigantes (kelp), estar en medio de semejante espesura es sobrecogedor. En estos enormes bosques acuáticos californianos, los juegos de luces y sobras son espectaculares, y, cuando te acostumbras, el disfrute está garantizado. La vida marina es muy abundante, tanto por especies de mamíferos, peces y aves. La corvina (white sea bass) es la especie más apreciada por los pescadores locales, y, aunque no es extraño encontrase con meros gigantescos, está terminantemente prohibida su pesca. También este es el reino de los leones marinos, que en cualquier momento nos pueden dar pequeños sustos. Y, ya se sabe, donde hay leones marinos y focas, es normal que también haya tiburones. Así tuve la suerte de presenciar una escena que creo merece ser contada. Estaba buscando las codiciadas corvinas cuando un león marino salió de la espesura. Tras el susto inicial, mientras mi corazón pretendía recuperar su ritmo normal, aparecieron dos tiburones azules persiguiendo al simpático animal. No sé cómo acabo la persecución, pues sólo los pude ver durante unos segundos, entrando y saliendo de la espesura varias veces, pero sólo por haber tenido la gran suerte de presenciar aquella escena justifica haber viajado hasta allí.

Encuadre 2:
Los secretos del arrecife
Pescar en un buen arrecife de coral puede parecer muy sencillo, como pescar en una pecera, pensará alguno; pero tiene sus dificultades. En nuestros primeros intentos los sentidos se desbordan ante tal cantidad de vida y cuesta concentrarse en encontrar buenas piezas. Pero, ¿por dónde hay que empezar a mirar? Entre la multitud de pasillos y oquedades existentes es imposible mirar todo, y, como en todos los sitios, no todos los agujeros tienen el inquilino deseado. Por ello, tenemos que estar muy atentos a todos los indicios que nos marquen una buena pieza. Un gran coletazo o una nube de pececillos encima de un cabezo de coral indican que un mero puede andar cerca. Y un banco de pececillos que nadan hacia nosotros puede indicar que las barracudas o los sábalos pueden aparecer en cualquier momento. Otras veces descubriremos un pargo o un mero nadando tranquilamente entre los pasillos de coral, y no debemos desaprovechar la ocasión para acosarlos insistentemente hasta conseguir que entren en un agujero; parece mentira pero esta táctica funciona muy bien. En cualquiera caso, el disparo debe ser muy certero, pues, de otra forma, la fuerza de estos peces junto con los afilados corales hará que perdamos mucho material y muchas piezas.

Encuadre 3:
Curatodo
No todos los negocios que vi en aquellos rincones de México eran legales. A pesar de la constante presencia de la policía, el tráfico de drogas se da a gran escala por esas latitudes, y no es raro encontrar fardos o bolsas de droga, cocaína principalmente, flotando en el mar. No es mi intención explicar aquí los problemas que acarrean estas circunstancias para el entorno, pero, curiosamente, descubrí una ventaja. Para está gente, tan necesitada de todo, las medicinas y los médicos son un auténtico lujo, y otra vez el ingenio ha venido en su ayuda. Veía con asombro que para muchos de sus males habituales, como los dolores de muelas, untaban una pequeña bolita de algodón en un líquido que olía a alcohol y que sus problemas desaparecían con rapidez. Lo llamaban el “curatodo”. No sabía si creérmelo o pensar que era pura sugestión, pero aún me resultaba más increíble cuando utilizaban el mismo brebaje, con unos resultados igual de espectaculares, para calmar los dolores de un problema muscular dándose unas friegas. Cuando descubrí la fórmula comprendí el secreto del éxito de aquella pócima: era una mezcla de alcohol y una ínfima dosis de la cocaína obtenida en el mar.

Encuadre 4:
La lección aprendida
Nunca había pensado que alguna vez me pudiera encontrar en medio de un huracán, pero ahora forma parte de mi historia y de mis pesadillas. En esta vida de poco sirve lamentarse por lo que ya ha pasado, pero, al menos, debemos aprender de los errores cometidos. A partir de entonces, antes de emprender cualquier salida que implique alejarse mucho de la costa, siempre hago dos cosas: pregunto por los partes meteorológicos y reviso el estado de los motores de nuestra embarcación. Aunque en muchos países es difícil saber con precisión la previsión del tiempo, todo el mundo sabe a grandes rasgos si está anunciado algún fenómeno extraordinario. El huracán estaba anunciado, y de hecho estaba causando graves daños en Cuba, y se esperaba que, estando nosotros tan cerca, también nos afectara. Pero mis compañeros de andanzas estaban mucho más preocupados por saber cómo iba la liga de béisbol que de prestar atención a aquellas “brisitas” que venían del norte. En lo que a mí me toca, en casa de Pechi no había ninguna radio, ni mucho menos un televisor, y mi ansiedad por visitar los cayos no me hizo reflexionar. Respecto al otro asunto, al de los motores, merece también un comentario. Estar en medio de una mar salvaje es un asunto preocupante, pero que en ese momento se paren los motores multiplica por un millón la dimensión del problema. No es necesario que seamos unos mecánicos expertos para ver por encima el aspecto de un motor. En mi caso particular, el error de no haberlos revisado merece una doble crítica. Primero, porque he vivido de la mecánica mucho tiempo y sé perfectamente qué debo revisar. Y segundo, porque cualquiera que hubiera levantado la tapa de aquellos fuera borda se hubiese llevado las manos a la cabeza.

Encuadre 5:
Un hombre excepcional
Hace muchos años, cuando era un chiquillo, un día encontré un libro en la biblioteca: Buceando entre tiburones. Desde entonces he sido un admirador incondicional de Ramón Bravo. Excelente atleta y periodista de profesión, Ramón sintió desde siempre la llamada del mar y supo convertir su pasión en su profesión. Colaborador habitual de Cousteau y de las grandes productoras de cine norteamericanas, fue una de las primeras personas en fotografiar y filmar grandes tiburones en su medio natural. Una de sus hazañas más conocida es la de ser el primer hombre en filmar a un gran oso polar cazando debajo del agua y seguir vivo para contarlo. A pesar de sus canas, hablaba con gran apasionamiento de todo lo relacionado con el mar, como alguien que tuviera aún mucho por descubrir. Conocerle fue un privilegio, pero desgraciadamente, poco después de nuestra última visita, recibí la amarga noticia de su repentino fallecimiento. Para mi recuerdo a quedado aquel libro “Buceando entre tiburones” y una dedicatoria: Para Joseba, un amigo de las aguas libres.

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