SOLO UNA VIDA (capítulo 9 y final)

Texto: Josetxo Errondosoro

Al llegar a Australia, nuestro viajero cumplía con uno de sus mayores anhelos, pero también significaba que el final de su larga aventura estaba un poco más cerca. Con estas sensaciones agridulces llegaba a Sidney y empezaba sus andanzas por aquellas tierras.

Rumbo a Australia, a miles de metros bajo mis pies, quién sabe dónde, cruzaba la frontera invisible que divide al Mar de Coral del Mar de Tasmania, las dos zonas del Océano Pacífico en las que la Geografía divide las aguas del noreste y sudeste de Australia respectivamente. En circunstancias normales, mis pensamientos también hubieran volado imaginando cómo iba a ser mi camino por aquellas tierras a las que me dirigía y los secretos que guardarían aquellos mares, pero andaba muy preocupado con otros asuntos: estaba enfermo y no sabía de qué. Todo empezó con unos problemas intestinales, pero los últimos días se estaba complicando con problemas pulmonares. Cada vez que pensaba en ello más convencido estaba de que era tuberculosis, pues hay brotes de esta enfermedad en algunas de islas de los archipiélagos de Fiji y Vanuatu. Excepto un dolor de muelas que tuve en Panamá, al terminar la primera etapa, en dos años de viaje no había tenido ningún problema médico destacable, y esta era la primera vez que tenía miedo de estar seriamente enfermo. De esta guisa llegué al aeropuerto de Sidney.

 Salto en el tiempo

Los controles de entrada al país los pasé sin más contratiempo del que producen los esmerados registros de los agentes australianos, que principalmente están preocupados por que no se importen semillas ni plantas de otros lugares; esto también vale para cualquier especie de animales. Pasar de vivir en los poblados melanesios a Sidney fue como hacer un viaje en el tiempo: de la prehistoria al siglo XX de un solo salto. A pesar de que no me gustan mucho las ciudades grandes, he de reconocer que Sidney tiene su encanto. En cualquier caso, por qué no decirlo, me tranquilizaba poder acceder a unos servicios médicos impensables en los lugares de los que venía. No tuve que esforzarme mucho para buscar una pensión acorde con mi economía, que en cualquier caso costaba mucho más de lo que hasta ahora había tenido que pagar en cualquier otro lugar durante esta larga aventura: bienvenido al “primer mundo”.

 Sólo un buen susto

Afortunadamente, el país dispone de un excelente servicio de salud gratuito, y lo primero que hice, después de encontrar alojamiento, fue someterme a unas pruebas médicas exhaustivas. Para mi alivio, los médicos descartaron que fuera nada tan grave como temía y todo parecía indicar que se trataba de una infección intestinal severa, probablemente causada por beber agua en los poblados melanesios, cuyos efectos habían empezado a extenderse a otras partes del organismo. Después de hacerme con las medicinas prescritas, y ya mucho más relajado, empecé a organizar mis próximos pasos. No tuve mejor ocurrencia que empezar por buscar alguna una gran tienda dedicada a la pesca submarina y preguntar en ella por las posibilidades de pescar por la zona. Antes la fórmula me había funcionado en otros lugares y aquí tampoco falló. Fue una fabulosa reacción en cadena: di con el establecimiento, que hasta tenían un mecánico que sólo se dedicaba a reparar y preparar los fusiles a gusto de los clientes, pregunté por las posibilidades de la zona y, después de darme amablemente todo tipo de explicaciones, obviamente se interesaron por la procedencia de aquel tipo tan flaco y largilucho que hablaba inglés con un raro acento; tengo la sensación de que presentarme y contar mi viaje me abrió las puertas de Australia. Al tercer día de haber llegado ya quedé con varios pescadores para hacer una salida por los alrededores de Sidney y, además de darme todo tipo facilidades, me proporcionaron los siguientes contactos en mi ruta hacia el norte. Qué más podía pedir.

Cuestión de estadística

Lo primero que se advierte al entrar en el ambiente de los pescadores australianos es que hablan habitualmente de grandes peces, y sobre todo de tiburones. Estadísticas en mano, afirmaban que la costa este en general, y la de Sidney en particular, es una de las zonas del mundo donde más ataques de tiburón se registran (1). Al principio, no me tomé muy en serio las historias que me contaban; sin embargo, ahora, después de que han pasado casi tres años, sólo añadiré, simplemente, que hay que estar bastante loco para ser pescador submarino en Australia. Lo digo muy en serio. Pero cada cosa a su tiempo, no quiero adelantarme en el relato. Entre bromas y anécdotas, me fui haciendo una idea del difícil panorama que me esperaba: agua turbia casi todo el año, especialmente ahora, durante el invierno austral, peligros varios, de los que destacaban los tiburones y las medusas, y con las mejores zonas de pesca muy alejadas de la costa. Todo era poco halagüeño. En nuestra primera salida de pesca confirmé el primer dato, el de la turbiedad, y también que mis compañeros estaban constantemente en guardia, separándose poco unos de otros. La escasa visibilidad, de cinco o seis metros, a veces menos, y la actitud de mis compañeros acabaron por contagiarme cierto temor a que las historias contadas no fueran tan disparatadas. ¡Ay, las dichosas estadísticas!, empecé a pensar.

Coffs Harbour

En el verano austral, el Jewfish (2), una especie de perca muy apreciada y de gran tamaño, es una captura habitual en aguas de Sidney, pero ahora se veían pocos peces interesantes y decidí seguir viajando hacia el norte, donde me aseguraban que las cosas estaban mejor. Tras un largo recorrido en tren llegué a Coffs Harbour, donde disponía del primer contacto de mi ruta: David Birch. Con más de 40 años de experiencia a sus espaldas, Dave es una de las personas más conocidas y respetadas en el entorno de la pesca submarina del país. Dejó de competir en los años 60, por el gran número de capturas que se hacían que luego acaban en la basura, y se dedicó simplemente a disfrutar con sus amigos. En los últimos años, Dave se ha dedicado a impulsar la pesca submarina con una visión de futuro, en la que se tiene muy presente su sostenibilidad en un entorno planetario en el que el ecosistema se está degenerando rápidamente (trabaja como asesor de parques marinos y es miembro de la Federación Australiana). Para mi desesperación, y a pesar de todas las facilidades dadas por Dave, el Pacífico no hacía honor a su nombre y apenas pudimos hacer unas pocas salidas. Tampoco yo estaba en mi mejor momento, pues tenía los senos nasales bloqueados y compensar era una tortura. Aún así, después de muchos esfuerzos y sufrimientos, y supongo que muy motivado por el croar de las corvinas, conseguía sumergirme. Fue cuando capturé los primeros ejemplares de esta especie en una mar que parecía más un gran vaso de leche. Las mandíbulas de los tiburones que se secaban a las puertas de la lonja de un amigo de Dave, un pescador de palangre que colocaba sus aparejos por los alrededores, tampoco me incitaba a insistir por aquellos lares.

Las historias de Byron Bay

Byron Bay, 1995, una pareja de recién casados bucea con otras personas en la zona. Durante la parada de seguridad, un gran tiburón blanco empieza a merodear al grupo y acaba dirigiéndose hacia la mujer. Su marido se interpone y sufre las embestidas de la fiera. El buceador es engullido parcialmente allí mismo delante de todos. Después, el escualo desaparece para siempre con su víctima. Esto podría ser el argumento de una película de moda, pero parece ser que fue un hecho real recogido por la prensa de todo el mundo. De cualquier forma, si contar esta historia era la típica broma que le gastan a un recién llegado, la verdad, no le veía la gracia por ningún lado. Al llegar a Byron Bay y telefonear a Ray Powell, otro de los contactos que me habían proporcionado, sucedió lo mismo que en Coffs Harbour, que desde el primer momento me dio todo tipo de facilidades e hizo que me sintiera como en mi propia casa. Realmente, una gente fabulosa estos australianos. “Take it easy”, algo así como un “tú tranquilo”, me contestaban cada vez que me preocupaba por no ser una carga para ellos. Ray, además de confirmarme la historia de 1995, me contó que, un año después, él mismo tuvo un encuentro con un tiburón blanco mientras pescaba en Hastings Rocks, en junio del 96: “Ese día, el lugar rebosaba de peces. En poco tiempo, varios spanish macarel (Scomberomorus brasiliensis) colgaban de la boya. De repente, se hizo un gran vacío. Toda la fauna desapareció y algo me decía que debía estar en guardia. No sé por qué, en un momento tuve una premonición y miré hacia atrás. Allí estaba, una hembra de más de cuatro metros dirigiéndose lentamente hacia mí. Sin ser muy larga, era gordísima, probablemente porque estaba preñada. Sólo tuve tiempo para darle un fuerte empujón con la punta del arpón. Después, durante unos minutos que se hicieron eternos, el animal aparecía y desaparecía de mi vista. La visibilidad era aceptable, sobre los 15 metros, y esto me dejaba cierto margen de maniobra. Volvió de nuevo, pero esta vez se acercó a los peces que colgaban de la boya. Los merodeó varias veces pero no los tocó. Nadé hacia la orilla como pude mientras el animal seguía merodeando. Mi corazón iba desbocado. Al llegar hasta las rocas, ya algo más tranquilo, me dediqué a observar lo que sucedía al arrojar los despojos de la pesca; sólo decir que la superficie del mar se convirtió en un espectáculo que nunca más he vuelto a contemplar. Tras esta experiencia, me costó meses recuperar la confianza y pescar con normalidad”. Para cuando Ray terminó su historia, mi convencimiento de que había que extremar las precauciones no necesitaba de más incentivos. Tampoco me tranquilizó mucho su respuesta cuando, al enseñarme su equipo de pesca, pregunté por unos pequeños cilindros de metal que guardaba: “Son luparas (3), balas explosivas. Ya sabes, por si hay problemas”.

En malas condiciones

El organismo iba recuperándose lentamente con los antibióticos. Aún así, éste mostraba su queja en forma de mucosidades que no había forma de eliminar. Era especialmente preocupante el bloqueo de los senos nasales, que me hacía sufrir mucho en las pocas oportunidades que la climatología nos permitía ir al mar. Una severa dieta de frutas, verduras y agua fue la solución definitiva, pues en menos de una semana la salud mejoró radicalmente y ya me sentía en condiciones de pescar sin problemas. Fue entonces cuando Ray me propuso ir a Hastings Rocks, advirtiéndome de que era un lugar especial por la gran cantidad de fauna que allí se solía concentrar y por la presencia habitual de los grandes e inofensivos grey nurse shark (4). Ante alguno de mis gestos, o quizás por algún comentario que le hice, me tranquilizó diciéndome que últimamente no había visto animales peligros por allí. Hastings Rocks son unos promontorios rocosos que se encuentran a unos 400 metros de la costa, con la que forman un canal, y está situado a unos 20 minutos de coche al sur de la ciudad. En el canal la profundidad ronda los 10 metros y fuera el fondo cae abruptamente. El día en cuestión, la superficie del agua hervía de vida. Peces de todo tipo, entre los que se hacían notar bonitos y carángidos de varias especies, pugnaban con las manadas de delfines por obtener su sustento. El disfrute hubiera estado garantizado si el escenario no fuera una especie de sopa lechosa: la visibilidad variaba, aproximadamente, entre 3 y 8 metros. Tal como en Marquesas, optamos por pescar juntos y siempre dando la espalda a las zonas de rocas. No me hacía falta preguntar nada a mi compañero pues también a él se le notaba cierta tensión. Aunque ambos llevábamos luparas en las mangas del traje, me preguntaba para qué servirían con aquella visibilidad. También me preguntaba si los peces serían capaces de seguir un rastro de adrenalina, pues en ese caso les iba a resultar muy sencillo dar conmigo. Los sustos fueron constantes, sobre todo por la abundante presencia de aquellos tiburones “inofensivos”, cuyos reflejos acerados en medio de una densa neblina me paraban el corazón cada poco tiempo. Afortunadamente, todo fue bien e hicimos una magnífica pesca, de la que destacaría varias corvinas de más de 20 kilos. Pero, sinceramente, pasé miedo. 

Mar y ocio

Los días de pesca perdidos se sucedían por el fuerte viento predominante y pasaba las horas ayudando  en sus quehaceres diarios tanto a Ray como a Tony Huge, un excelente apneista de la selección australiana con el que también pasé varios días. Todavía pudimos hacer algunas salidas muy interesantes, como a Noosa Head, al norte de Brisbane, y a lo que ellos llamaban “la milla 21”, unos lejanos bajos a las afueras de Sunshine Coast, donde, otra vez con agua turbia, aunque algo menos que en la costa, pude ver los primeros corales australianos, algunos meros de gran tamaño de una especie protegida, y muchos grey nurse sharks, y donde pudimos hacer buenas pescas, eso sí, sin sustos pero sin bajar la guardia en ningún momento. Pero eran muchos más los días que tenía que pasar corriendo por Surfers Paradise, leyendo, ayudando a mis amigos y jugando al billar y bebiendo cerveza, que no diré que es mala vida pero que no terminaba de convencerme cuando aún tenía mucho viaje por delate. A veces, reflexionaba sobre todos los días de pesca perdidos y me preguntaba si no sería una premonición para que dejara de tentar a la suerte y me olvidara de la pesca por aquellos parajes. Otra vez, me decían que las cosas estarían mejor más al norte y decidí continuar mi camino. Después de casi catorce horas de estar enlatado en un autobús llegué a Townsville. 

Townsville y la Gran Barrera

Tras conseguir un alojamiento barato, algo muy sencillo en Australia, localicé a Aaron Crockem, un buen pescador del que me había hablado Ray. Si algo me estaba quedando claro es que sin contactos es muy difícil pescar en esta costa, pues, además de la turbiedad del agua y de los peligros potenciales de los que todos los pescadores advierten, los buenos lugares de pesca están lejos y se necesitan medios para llegar a ellos. En consecuencia, tener contactos es casi la única forma de poder pescar sin gastarse una fortuna. Townsville es uno de los centros neurálgicos por donde se accede a la Gran Barrera de Coral. Realmente hay tres barreras. La primera, la más cercana y visitada, está muy deteriorada con las constantes oleadas de buceadores que soporta; la segunda, un poco más lejana, es la más visitada por los cruceros de buceo; la tercera, ya muy lejos de la costa, es la menos visitada, la mejor conservada y la más interesante. Para mi desesperación, el mal tiempo también predominaba y apenas hacíamos salidas a lugares cercanos de la costa. El resto del tiempo, es fácil de imaginar: billar y cerveza.

La gran oportunidad

Los partes meteorológicos eran propicios para los próximos días. Aaron estaba tan ilusionado como yo ante las buenas perspectivas y aprovechamos para organizar una salida a un lugar lejano que me describía como uno de los mejores de aquellos lares. Cinco pescadores, tres de caña y dos de fusil, cargamos todos nuestros bártulos en una ranchera, que tiraba de una gran embarcación de fibra, y muy temprano empezamos nuestro largo camino. Tras varias horas de carretera y varios cientos de kilómetros hacia el norte, a través de un paisaje casi desértico, llegamos a las orillas de un río. Allí, pusimos la embarcación en el agua y cargamos en ella todo nuestro material y el tan necesario hielo, y salimos rumbo al este. La navegación duró más de tres horas y al atardecer llegamos a nuestro destino, una pequeña isla sin apenas vegetación que estaba a 60 millas de la costa más cercana. Levantar las tiendas de campaña no nos ocupó mucho tiempo, y las pocas horas que nos quedaba antes que el Sol se apagara en el horizonte, Ray y yo las dedicamos a capturar la cena. La visibilidad, sin ser excelente, era bastante mejor que en la costa y el coral era de una calidad muy parecida al del Caribe. En este ambiente, fue fácil relajarse y disfrutar como hacía semanas que no lo hacía. La próxima jornada, aunque sólo íbamos pescar durante la mañana para luego emprender el regreso, se presentaba muy prometedora.

Días que no se olvidan

Antes de amanecer empezamos los preparativos. Tras un ligero desayuno, recogimos el campamento y nos dispusimos a seguir un sencillo plan: la embarcación nos iba dejar corriente arriba, a unos doscientos metros de la costa, con una gran tabla de surf y unos sacos para meter dentro el pescado; mientras, ellos se alejarían mar adentro para pescar al curricán y volverían al cabo de unas cuatro horas. La corriente era débil y en la superficie del agua apenas presentaba unas pequeñas ondulaciones. En aquellas condiciones, no íbamos a tener problemas para controlar nuestro recorrido y poco después de amanecer ya estábamos en el agua. Tras tres horas de pesca, apenas quedaba espacio en nuestros repletos sacos, y ambos estabamos relajados y felices de estar allí después de tantos días malogrados por el mal tiempo. Me pareció un buen momento para pescar las langostas que nos habían encargado para el almuerzo nuestros compañeros. Localicé una profunda grieta repleta de ellas y, tras avisar a Aaron,  arponeé la primera. Acto seguido, al bajar mi compañero, prefirió dejar las langostas para un poco más tarde y se decidió a arponear un bonito pargo que tenía su refugio en la misma grieta. Fue entonces cuando empezó nuestra peor pesadilla. Al apoyarme sobre la tabla para dejar la langosta, vi una gran aleta que surcaba la superficie del mar y se dirigía directa hacia nosotros. Parecía una situación irreal. Instintivamente, grité a Aaron tan fuerte como puede. Él seguía trabajando su pargo, y cuando le agarré con todas mis fuerzas no hicieron falta las palabras, supongo que vio el miedo en mis ojos. Instantes después, el macizo cuerpo de una cornuda gigante (5) pasaba entre ambos. Tras un rápido merodeo, primero se dirigió hacia mí, y cuando estaba encima descargue un golpe con la culata del fusil con todas mis fuerzas. En su embestida me desplazó como si me hubiera atropellado un automóvil. No le debí gustar como adversario pues acto seguido se dirigió hacia Aaron y empezó a lanzarle repetidas dentelladas. Mi compañero aleteaba desesperadamente delante de sus fauces mientras yo intentaba, no menos desesperadamente, cargar el fusil y colocar una lupara en su punta. Durante un tiempo que se hizo eterno di por hecho que la tragedia estaba servida. Cuando me aproximé y apunté a la cabeza del animal, me encomendé a todos los dioses y rogué para que el artefacto funcionase. Un seco sonido acompañado de una nube de sangre y despojos fue lo que marcó el final de la pesadilla: un coloso de cinco metros caía temblequeante hacia las profundidades con un gran boquete en su cabeza. Cuando poco después llegaron nuestros compañeros y subimos a la embarcación, creo que aún temblábamos más y nos pusimos más lívidos. Poderlo contar es lo único positivo de aquella aterradora experiencia. Para abreviar, decir que el resto de la jornada también fue para olvidar: se estropeó la ranchera en la mitad del desierto y nos llevó horas repararla; en consecuencia, llegamos a Townsville hacia las once de la noche, con mucho pescado y sin nadie a quien se lo pudiésemos vender para aliviar mi maltrecha economía; por fin, encontramos un restaurante que lo compró todo pero con la condición de que limpiásemos y fileteásemos toda la mercancía. Aquella jornada de pesadilla terminó hacía las tres de la mañana, sin asimilar todavía tal cadena de acontecimientos y jurándome a mí mismo que no volvería a pescar jamás.

Por un mar de arena

El viento volvió a soplar con fuerza, circunstancia  que aproveché para descansar y hacer varias visitas al norte del país y conocer sus maravillosos parajes naturales. Al volver a Townsville, Eolo seguía incansable en sus trece. Era hora de partir. Aunque mi destino estaba en Perth, al otro extremo del país, en la costa sudoeste, antes quise pisar los senderos de los grandes desiertos Australianos. Fue un largo camino, primero hasta Alice Springs, en el centro del país, y luego a través del Gran Desierto Victoria, un auténtico mar de arenas rojizas. Pero en estas páginas apenas hay suficiente espacio para contar cómo son sus atardeceres, cuando el Sol y la Tierra se funden, cubriéndose todo con el manto de una profunda luz roja, como si el sol, después de caer implacable sobre la arena durante el día, por fin hubiera terminado por hacer arder la tierra; o describir el silencio de esos momentos, cuando, mirando al horizonte, se siente una gratificante soledad.

Loco por la pesca

Hablar de Greg Pickering es hablar del pescador más conocido de toda Australia y de uno de los más prestigiosos Blue Water Hunters del mundo. La lista de sus éxitos deportivos es larga y posee varios récords mundiales por el tamaño de algunas sus capturas. Tras pasar varias semanas con él, puedo afirmar, sin exagerar, que hay una frase que puede definirle con exactitud: un auténtico loco por la pesca. Esta totalmente dedicado al mar desde su infancia, y cuando no está recolectando el abalone (6), su profesión desde 1980, está pescando con fusil. Para terminar este cuadro, sólo decir que en la gran sala de su casa tiene una réplica exacta del gran yellow fin tuna que le dio el récord de esta especie. Difícil de creer si no se está con él. Apenas pude quitarme el polvo del desierto para cuando Greg y su familia me acogieron en su casa. Por supuesto, no podía ser de otra forma con este hombre, al día siguiente nos fuimos de pesca. Fueron jornadas muy interesantes por los alrededores de la ciudad, en fondos con muchas rocas, unas pocas matas de coral e incluso algas, pero el Océano Índico no ofrecía mejor aspecto que el Pacífico. Para colmo de mis males, recientemente había entrado un gran blanco en el puerto de Perth y yo ya había tenido bastante como para tentar mucho más a mi suerte. Probamos también en Rottnest Island, pero el agua estaba igual de sucia, aunque la pesca era excelente. La forma de pescar de Greg me impresionó. Corría sin parar de un lugar a otro, sin tomarse un respiro, buscado indicios de actividad, que normalmente era la presencia de una especie de grandes salpas. Buscaba lugares con grandes cortes de roca y que tuvieran muchos agujeros. Los primeros Jewfish, los más apreciados, entraban a las esperas sin problemas pero después de las primeras capturas se volvían casi inaccesibles. También entraban los Sambo (peces limón), pero no son muy apreciados (otra vez la cultura carnívora anglosajona) y capturábamos pocos ejemplares. Era un espectáculo ver a Greg quedarse completamente inmóvil entre dos aguas durante una larga apnea, totalmente recto, sin hacer un solo movimiento y ofreciendo la menor área frontal posible a sus presas. En resumen, una excelente persona y un pescador muy fino y fuerte. Con él tuve la oportunidad única de aprender muchos de los secretos de la pesca en el azul, sobre comportamiento de las especies, el material, sobre cómo localizar y atraer a los peces, e infinidad de detalles más de los que este gran campeón jamás se cansa de hablar. Una anécdota curiosa. Mientras estaba con Greg, se celebró en aguas cercanas a la ciudad el campeonato nacional de la zona oeste, de donde iban a salir la mitad de los seleccionados para competir en el campeonato del mundo en Tahiti. Después de ayudar a Greg a ver la zona, el día de la competición entró una gran marejada y se tuvo que improvisar la elección de otro lugar. A todo esto, se empeñaron en que yo también participarse. Practican un tipo de pesca muy selectiva en la que sólo se pueden capturar unas determinadas especies y un determinado número de presas de cada una de ellas. La puntuación está relacionada con la dificultad de la captura. En unas condiciones climatológicas que me son muy favorables, con grandes olas rompiendo contra la costa, me dediqué a pescar como en cualquier campeonato del Cantábrico y los resultados fueron sorprendentes. Además de ganar holgadamente, creo que lo peor para los australianos fue el golpe anímico que sufrieron: si un desconocido les ganaba así, qué sería cuando se tuviera que enfrentar a los monstruos españoles de la especialidad.

Sólo una vida

Finalmente, en una de nuestras salidas hacia al norte, mientras nadaba entre cantos de ballena y algunas focas, de nuevo con una visibilidad muy escasa, tomé la determinación de terminar con aquella situación: ya había tentado suficiente a mi suerte.

Sin casi darme cuenta, llegó el momento de enfrentarme a lo más difícil; no podía posponer más la decisión, pero tampoco sabía qué hacer. Había llegado a la meta, sí, y ahora qué. Aunque dos años vagabundeando por el mundo parece una eternidad, algo dentro de mí me decía: recuerda, sólo una vida. Mis raíces estaban en otro lugar; también el añorado calor de mi gente, pero todavía no era la hora del regreso. La vida me había dado la fuerza para escoger aquel camino, para convertir mis sueños en realidad, y aún sentía aquel impulso que me había empujado a la aventura. Sólo una vida, y estaba dispuesto a aprovecharla caminando por otros senderos, unos que también soñé, aquellos por donde la tierra tiene la osadía de querer alcanzar el cielo, los de las altas cumbres del Himalaya. Aunque el relato de este largo viaje termina aquí, seguro que volveremos a encontrarnos por otros rincones del planeta. Hasta entonces, la mayor de mis gratitudes a vosotros, los lectores, que me habéis brindado la oportunidad de revivir unos de los mejores momentos de mi vida.

Texto: Josetxo Errondosoro

 

Encuadre 1

Notas

(1)   Durante el año 2000, se registraron oficialmente 28 ataques de tiburón en toda Australia, la mayoría en la costa este del país. Diez de ellos fueron mortales, y de éstos, dos sucedieron en aguas próximas a Sidney mientras Joseba estaba en Perth; por las pesquisas realizadas por las autoridades, los ataques fueron adjudicados al tiburón blanco (Carcharodon carcharias).

(2)   Jewfish (Glaucosoma hebraicum): Existen varias especies de peces con este nombre, dos de ellas en Australia. Una, a la que se refiere Joseba, es una perca que se conoce también como Pearl Perch, que no supera los 25 kg. Otra, la que aparece en los textos oficiales, es una especie de gran corvina (Argyrosomus japonicus) que puede alcanzar hasta 70 kg. Para terminar, en otros lugares se da el mismo nombre a una especie de mero gigante (Epinephelus itajara) que alcanza los 300 Kg.

(3)   Lupara: Básicamente, se trata de un artefacto que puede disparar balas o cartuchos de caza debajo del agua. Hay varias fórmulas para fabricarlas, y las australianas eran de las más simples, de usar y tirar. Consistía en coger una gran bala de Mauser y hacerla estanca al agua aplicando esmalte de uñas en la zona donde se unen la bala y su vaina y entre ésta y el fulminante. Después, se introducía la bala dentro de un cilindro de aluminio del tamaño adecuado que hace de cañón, dejando la punta de la bala al ras de la parte por donde debía salir y la parte del fulminante a 1 cm del otro lado. El espacio libre entre la punta de la bala y el cilindro se rellenaba con silicona o algún producto similar que después de aplicada se quedara duro y asegurarse la bala al cilindro. En el hueco dejado atrás se colocaba un pedazo de manguera de goma cuyo diámetro exterior se ajustara bien en el cilindro y cuyo diámetro interior encajase bien en la punta de la varilla del fusil. Al disparar la varilla, la lupara no se activa hasta que choque contra algo duro. En ese momento, la energía de la varilla se descarga sobre el fulminante y la bala explota. Contrariamente a lo que se piensa, no es la bala la que más daños produce sino que son los gases inyectados por la ignición de la pólvora, que gracias a su altísima presión de salida destrozan todo aquello que se encuentran en las cercanías. De todas formas, es normal que fallen pues es difícil conseguir una buena estanqueidad. También son muy peligrosas para quien las usa, pues si la lupara choca contra un objeto muy duro, una piedra por ejemplo, la varilla puede salir rebotada y alcanzar a quien la ha disparado.

(4)   Grey nurse shark o pez toro (Eugomphodus taurus o, más correcto, Carcharias taurus). Es el tiburón típico que se exhibe en los acuarios, sobre todo por su espectacular dentadura. Puede medir algo más de tres metros de longitud y llega a pesar 160 kg. Precisamente por su fiero aspecto, ha sido perseguido sin ninguna otra justificación, hasta tal punto que se ha llevado a la especie hasta el umbral de la extinción. Para complicar más la situación, es uno de los escualos con menor índice de reproducción. Se le considera un tiburón pacífico y que no entraña peligro para los humanos siempre que no se le moleste. No se le debe confundir con el tiburón sarda (Carcharias leucas), conocido también como bull shark o tiburón toro, especie ésta que incluso penetra cientos de kilómetros en las aguas de grandes ríos y a la que se le atribuyen muchos ataques a seres humanos, por lo que se considera muy peligrosa. Volviendo al familiar pacífico, al pez toro, suele ser normal verle posado en el fondo o cerca de él en una actitud indolente y algunas de sus poblaciones suelen hacer migraciones importantes.

(5)   Cornuda gigante (Sphyrna mokarran). Los mayores ejemplares alcanzan más de 6 metros de longitud y 450 kg de peso. De costumbres costeras y semipelágicas, habitan las aguas templadas y tropicales de todo el planeta. No es extraño que se aproximen a las aguas costeras para buscar alimento y los individuos adultos suelen ser solitarios. Su dieta habitual consiste en rayas, pastinacas, meros y otros peces, donde se incluyen especies de arrecife y pequeños tiburones; también, aprecia mucho los calamares y las langostas. Joseba cree que el ataque fue debido a que precisamente estaban pescando langostas, y que el particular ruido que hacen éstas al ser atrapadas fue el desencadenante. En cualquier caso, se considera una especie peligrosa para el hombre. Por desgracia, este colosal animal es muy apreciado por los pescadores de palangre por sus grandes aletas, especialmente la primera dorsal, que se venden a precios astronómicos en los mercados asiáticos.

(6)   Abalone u oreja de mar (Haliotis sp.): Es un molusco cuya carne es muy apreciada en los mercados asiáticos, donde alcanza unos precios muy altos. Para evitar que una excesiva presión pesquera merme las colonias de estos gasterópodos, el Gobierno Australiano ejerce un férreo control sobre los pescadores, que sólo pueden ejercer su profesión tras pagar unas licencias muy costosas. Éstos los recolectan normalmente usando aire comprimido, y, debido a varios encuentros fatales con tiburones (Greg Pickering a perdido varios compañeros), muchos de ellos se protegen con un armazón de titanio.

 

Encuadre 2

El equipo de pesca

Las diferencias con nuestro material se dan con los fusiles. Mientras Joseba pescaba con un fusil europeo de 100 cm equipado con carrete, más otro carrete auxiliar en la cintura, los australianos pescaban principalmente con un robusto fusil de tubo de aluminio y guía integral de origen sudafricano, los Rob Allen, en medidas de 120 y 130 cm, que unían con un cabo a una gran boya. Digamos que el equipo de Joseba funcionaba mejor en condiciones de poca visibilidad y con peces pequeños y medianos, hasta 10 ó 15 kilos. El de ellos iba mejor sobre todo con piezas grandes.

 

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