UN VAGABUNDO FELIZ (capítulo 8)

Texto: Josetxo Errondosoro

Tras unas semanas de rápida peregrinación por las Tuamotu, buscando, según los del Cherish, algo interesante, el viaje de Joseba tomó un ritmo más pausado al entrar en el grupo de islas llamadas Islas de la Sociedad, a las que pertenecen Tahití, Moorea y Bora Bora. Allí conoció la otra cara de la Polinesia.

Las pasadas semanas, el rápido deambular por el archipiélago empezó a hacer mella en mi moral. Nuestras visitas duraban el tiempo suficiente para que los del Cherish se dieran cuenta de que aquél tampoco era el lugar que buscaban. Nuestra relación era excelente, pero era evidente que nuestros objetivos no eran los mismos. Para mí, la llegada a cada isla o atolón era el comienzo de una aventura; sus gentes, un tesoro; cada despedida, una oportunidad mal aprovechada; para ellos, unos bonitos pedazos de tierra “sin ambiente” en la mitad del océano.

Islas de la Sociedad: Tahití

Desde Rangiroa, una infección en un pie me estaba dando más quebraderos de cabeza de los debidos, pero mis ansias de disfrutar hasta el último minuto de nuestras breves estancias no daba opción a que sanara; y aquello no tenía buen aspecto. Afortunadamente para el caso, el 28 abril divisamos Tahití, donde íbamos a detenernos durante algunos días y podría tomarme las cosas con más calma. Atravesamos sin complicaciones el arrecife que protege la entrada del puerto de Papeete, la capital de la isla y de toda la Polinesia Francesa. Dentro de las llamadas Islas de la Sociedad, Tahití, Moorea y Tetiaroa son conocidas como las islas de barlovento, y Raiatea, Huahine, Tahaa y Bora Bora como las de sotavento. No puedo decir que la idea de poner los pies en la isla no me sedujera, porque después de muchas semanas navegando a mí también me apetecía disfrutar de otro tipo de aventuras. A priori, las perspectivas eran buenas, pero no fue lo que me esperaba. La ciudad era un hervidero de gente, una urbe moderna en la que se puede encontrar de todo, y donde todo está pensado principalmente para las insaciables ansias consumistas de los turistas. Me impresionó especialmente ver cómo desde el puerto de Papeete todos los días grandes transatlánticos vomitaban miles de turistas por toda la Polinesia. Para qué engañarme: me pareció un lugar superfluo, banal, donde la Polinesia ha perdido su alma, un circo para turistas. Del precio de las cosas, mejor ni hablar. A pesar de que no me gustaba demasiado aquel ambiente, mientras mi pie sanaba, mis correrías nocturnas por la isla hicieron que las noches fueran mucho más largas que los días. 

Cuestiones culturales

Al contrario de lo que sucede en otras partes del mundo, aquí la pesca submarina es uno de los deportes más prestigiosos, una actividad que se desarrolla en total armonía con el entorno, donde la gente sigue las competiciones y conoce a sus figuras, y, sobre todo, un lugar en el que no existen conflictos de intereses con otras actividades. No cabe ninguna duda: esta es la cuna de la pesca submarina, una actividad que tiene unas antiquísimas y profundas raíces en su cultura. Tal es así que campeones como Paheroo, Joel Drollet, Teama Punuaaitua, Zéphirin Tarahau o Lailau Matahiapo gozan de un prestigio popular impensable para nosotros. Tuve la suerte de conocer a varios de ellos, y no desaproveché la ocasión.

Joel Drollet

Serían las cuatro de la mañana cuando conocí a Joel. Habíamos hablado por teléfono y no tuve que insistir mucho para que accediera a llevarme con él de pesca. Como en otros lugares de la Polinesia, empiezan la jornada prácticamente de noche, cuando los peces están más confiados. En lo que afecta a la infección de mi pie, los días pasados en “seco” obraron el milagro, y no me supuso ningún problema calzarme las aletas. En esta primera salida no fuimos muy lejos, sólo hasta la parte exterior del muelle. A pesar de la hora, la visibilidad era excelente, pero los peces escaseaban; por lo menos no se veían tiburones. Sin prisas, al principio me dediqué a observar a mi compañero para entender cómo debía pescar. Desde que dio el primer golpe de riñón me pareció evidente que estaba con un pescador excepcional. Primero, fue la finura de sus movimientos en el agua, cómo se aproximaba a sus presas, sus precisos disparos y rápidos movimientos al recuperar las piezas; después, me sorprendió con una capacidad de recuperación admirable, que le permitía bajar a 25 metros, una y otra vez, sin apenas tomarse un respiro. Siempre pescando en pareja, los primeros peces los capturamos a la caída: fueron los apreciados Kuripo y Ume Kuripo, que se reunían en bancos más o menos compactos entre dos aguas. Por el momento, ni rastro de tiburones. A medida que se sucedían las capturas, los peces se hacían más desconfiados, los bancos se pegaban al arrecife y había que pescar más profundo. Todo se volvía más complicado: las largas esperas pocas veces obtenían recompensa y fue cuando Joel empezó a mostrarme otra serie de técnicas, algunas ya conocidas por haberlas visto y practicado en otros lugares de la Polinesia. Después de aletear los primeros metros, Joel se dejaba caer dulcemente, oteando el fondo en busca de alguna presa que pudiera captura a la caída o eligiendo el mejor puesto para hacer una espera. Si el lugar escogido no era el adecuado, daba buenos resultados desplazarse sigilosamente por el fondo hasta un puesto mejor. Aún así, cada vez fue más difícil engañar a los peces, y nuestra simple presencia en el fondo dejó de atraerles. La siguiente táctica consistió en hacer rozar un pedazo de arrecife roto contra el fondo, y cuando eso también dejó de funcionar comprendí para qué llevaba aquella especie de tenedor de dos puntas en el cabezal de su fusil. Dependiendo de la especie a capturar, Joel clavaba un congénere previamente capturado en ese accesorio y se escondía perfectamente en el fondo; sólo dejaba ver su señuelo, que agitaba suavemente de vez en cuando. El engaño funcionó bien por un tiempo. Después de agotar toda su ciencia pescadora, no quedó más remedio que retirarnos, no sin antes llevarme un buen susto. En una de mis esperas, un gran tiburón de piel atigrada pasó nadando tranquilamente hacia el interior del puerto; según mi compañero, era algo “normal” pues allí viven permanentemente varios tiburones tigre, alimentándose de los desperdicios que echan al mar los barcos de pesca. ¡Como para darse un baño en el puerto de Papeete!

Los límites del cuerpo humano

Animados por lo parejo de las capturas, volvimos a quedar para otro día. Joel se declaraba como una persona muy competitiva y se sentía muy estimulado conmigo. Fue muy torpe por mi parte no descansar lo suficiente antes de nuestra siguiente cita: la noche de la ciudad tenía sus encantos. Esta vez Joel no estaba solo, le acompañaba Paheroo, un pescador mítico en la Polinesia. Seguimos una pauta parecida a la de la salida anterior, y cuando los peces se volvían inaccesibles nos íbamos a otra zona; durante diez largas horas estuvimos subiendo y bajando sin parar en zonas cuya profundidad oscilaba entre los 20 y 30 metros. Mi organismo pronto empezó a manifestar sus primeras quejas, pero aún así seguí pescando al ritmo que me marcaban. Paheroo, a sus sesenta y dos años, mostraba una forma física admirable, llegando a las zonas más profundas sin ningún esfuerzo y a un ritmo que, sin ser el de Joel, no dejaba de ser muy fuerte. Sinceramente, estaban acabando conmigo y de alguna de las inmersiones más profundas llegué a la superficie sintiendo un cosquilleo nada recomendable en mi cabeza: fue la constante vigilancia de mis compañeros lo que me permitió continuar. Cuando por fin volvíamos al puerto, terriblemente agotado por no haber dormido y por la paliza de la larga jornada de pesca, sentí unos extraños síntomas, totalmente desconocidos para mí. La mitad de mi cara empezó a paralizarse, me costaba masticar y tragar saliva, sentía una gran pesadez sobre los hombros, apenas podía hablar y me movía torpemente: sólo podía ser un ataque de descompresión. Pasaron cerca de cuatro horas antes de que los síntomas empezasen a remitir. Además de mantener la calma y de avisar a los del Cherish de lo que me sucedía, por si fuera necesario otro tipo de tratamiento, la fórmula que seguí fue la básica en casos leves de accidentes de descompresión en buceo con botellas: antes de acostarme a descansar en mi camarote, tomé tres aspirinas para que la sangre pudiera fluir mejor y así eliminar más fácilmente el nitrógeno acumulado, y también tomé mucha agua para rehidratar mi maltrecho organismo. Los límites humanos existen aunque muchas veces nos olvidemos de ello.

Moorea

El 10 de mayo zarpamos hacia nuestro siguiente destino, del que nos separaban tan sólo 15 millas: Moorea. Durante la corta singladura estuve recapacitando sobre lo vivido durante los últimos días. La conclusión era sencilla: todos los lugares tienen su encanto, pero es la gente, sobre todo, lo que los hace especiales. En mi caso, el paso por Tahití hubiera sido un mero tramite -un poco loco, eso sí- si no llega a ser por Joel y su familia, con los compartí unas inolvidables jornadas que me dieron la oportunidad de dejar a un lado aquel gran circo y conocer a los auténticos isleños. Tras unas pocas horas de navegación, fondeamos en la bahía de Cook, un escenario digno del mejor de los sueños. Después de fondear bien el velero, y muy estimulado por el lugar, me sumergí en las cristalinas y calientes aguas de la bahía, esperando que aquella belleza tuviera su continuidad en los fondos marinos: no fue así. Fuera de los lugares de atraque de los barcos, sí que eran hermosos, tanto como en otros lugares de la Polinesia, pero la fauna que los habitaba era pobre. Tras las largas charlas que tuve con Joel Drollet y Paheroo, hablando de la Polinesia de hoy y de la de hace cincuenta años, la conclusión era que la gran demanda de pescado que tienen estas islas para alimentar a las legiones de turistas que las visita, las está esquilmando, y lo visto aquí parece confirmarlo. La cena tardó en llegar un poco más de la cuenta.

Sólo para iniciados

La sola presencia de Lailau Matahiapo, otra de las leyendas de las islas, impresiona: dos metros de simpatía y músculos. Fue Joel quien nos puso en contacto. Pronto quedó claro que este hombretón, que rondará los 50 años, no sólo tenía una fachada impresionante, sino que sus aptitudes como pescador no le iban a la zaga. La jornada empezó en la penumbra del amanecer, como siempre, sobre un bajo cuya cima estaba a cuarenta metros de profundidad: ¡si me quería impresionar, lo estaba consiguiendo! Como en Tahití, las primeras capturas las hicimos entre dos aguas, y a cada disparo los peces iban descendiendo unos metros; hasta que tuvimos que pescar sobre el arrecife. Lailau estaba en su ambiente, sus descensos eran fáciles y sus recuperaciones breves, pero yo estaba llegando a mi límite. Su atenta vigilancia me daba mucha seguridad, pero cualquier pequeño inconveniente se convertía en un gran problema. Alguna vez tuve mis apuros. Fue un alivio cuando, con el sol ya alto en el horizonte, mi compañero dijo que ya no merecía el esfuerzo pescar a esa profundidad y que íbamos a ir a una zona menos profunda. Nos desplazamos hacia un lugar cuyo fondo rondaba los veinte metros. En el arrecife no se veían peces de interés. Al principio no entendí qué tipo de pesca íbamos a practicar sin presas a la vista, y tampoco entendí qué quería capturar con un fusil de madera de sesenta centímetros, una varilla de cinco milímetros y unas gomas sin apenas fuerza. Nunca me imaginé lo que me esperaba, y que aún iba a ser más duro que antes: el objetivo era pescar los muy apreciados “Tihi”, que nosotros conocemos como peces ardilla o soldado (Myripristis kuntee). Estos pececillos rojos de grandes ojos, que difícilmente alcanzan los veinte centímetros de longitud, durante el día permanecen ocultos en las oscuras oquedades del arrecife, formando grupos más o menos compactos. La técnica de pesca era agotadora. Pescando en pareja con un solo fusil, el asunto consistía en descender hasta el fondo, localizar las presas, disparar hasta tres veces seguidas el minúsculo fusil sin sacar las capturas del hilo, y volver a la superficie. Antes de llegar arriba, Lailau ya tenía los peces en su mano y me entregaba el fusil. Ahora sólo tenía que cargar e intentar imitarle. Estuvimos así durante varias horas. Divertido, agotador, de locos.

Siempre las prisas

La paradisíaca isla de Bora Bora fue la última isla visitada en la Polinesia Francesa antes de seguir nuestra peregrinación hacia las Islas Cook, Niue, Tonga y Fiji. De lo acontecido aquellos días sólo diré que recuerdo cosas buenas, que intenté aprovechar cada minuto transcurrido como si fuera el último, que conocí gente que no podré olvidar, que pisé lugares de ensueño, pero que, aún así, aquellas prisas en saltar de isla a isla me estaban consumiendo por dentro. Llegué a la conclusión de que a los del Cherish el viaje les había superado y que querían terminar cuanto antes, que necesitaban volver a su acomodada vida londinense. Una tarde, un humilde pescador de Viti Levu (Islas Fiji) me preguntó que por qué tenía que partir si no lo deseaba, y me ofreció alojarme en su choza. Vaya, pensé: ¿así de sencillo? Dos días después abandoné las comodidades del Cherish. No fue una despedida fácil, pues seis meses de buena convivencia en un velero dejan su huella, pero no hubo un solo reproche a mi decisión. Tras la estela de la frágil canoa que me llevó a tierra dejé aquella burbuja de lujo y seguridad para volver a ser más un vagabundo, pero me sentía de nuevo dueño de mi destino e indescriptiblemente feliz (continuará).

Texto: Josetxo Errondosoro

Encuadre 1

Nota del autor del texto

Del diario de Joseba, me veo obligado a sintetizar lo que fue su viaje desde Morea hasta Australia, intentando destacar sólo aquello que tuvieran que ver con nuestra pasión: el mar. Evidentemente, las vivencias de nuestro trotamundos fueron muchas más, pero el siempre limitado espacio de una revista me obliga a hacerlo así. De otra forma tendría que escribir un libro, algo que no entra en mis intenciones pues, entre otras cosas, excede mi más que modesta capacidad literaria. Por todo, mis disculpas a los lectores que haya defraudado.

Bora Bora: Es parecida a Morea, y de ella destacaría la belleza de sus arrecifes, que tuve la ocasión de recorrer en solitario en una piragua durante varios días. Los pescadores practican una arte de pesca de fondo curioso para capturar los atunes dientes de perro a profundidades de más de ochenta metros. Para que el cebo llegue entero a esa profundidad, hacen un hatillo con unas hojas y colocan en el interior un gran anzuelo con su carnada y una piedra de cierto peso. Cuando el hatillo llega al fondo, el peso de la piedra hace que se deshaga al hacer tope la línea dejando la carnada al descubierto. Los resultados eran excelentes pero los tiburones hacían difícil recuperar enteras las piezas. De su gente sólo diré maravillas.

Islas Cook: A dos días de navegación hacia el Este está Rarotonga, la isla principal de las Cook. Permanecimos en ella durante una semana debido al mal tiempo. Desde el mar, me pareció una isla de aspecto melancólico por la neblina que la cubría. Es muy montañosa, por lo que la población se concentra en la costa, y el clima es tropical. La vida en los arrecifes era escasa e intuyo el motivo: las corrientes oceánicas no son favorables. Desde hace algunos años, el gobierno está instalando boyas de atracción para que se concentren los peces pelágicos en ciertos puntos, aunque, en ausencia de corriente, sólo pescamos unos pocos mahi mahi (dorados) en ellas. Curiosamente, las mejores zonas de pesca resultaron ser las próximas al puerto de Avarua. Para sorpresa de los pescadores locales, pescaba los apreciados y muy escarmentados peces loro, jugando al ratón y al gato: una vez en el fondo, esperaba que se confiaran y siguieran ramoneando el coral, momento que aprovechaba para aproximarme cada vez más, hasta que ya no tenían escapatoria. Un filete de este pez es más delicioso que la mejor de las merluzas. Un carángido de 50 kilos, que convirtió mi varilla en un amasijo irreconocible de metal, fue la captura más destacable de estos días.

Beveridge Reef: Situada entre Rarotonga y Niue, es un atolón sumergido de unas 3 millas de diámetro. Lo único que indicaba su presencia era el pecio de un barco de pesca. Hubo que maniobrar con mucha precaución para acceder a su interior, donde la profundidad máxima era de unos 15 metros. En los alrededores el fondo caía en picado hasta los 200 metros. Dependiendo de la marea, en algunos puntos el arrecife llegaba a quedar unos pocos centímetros fuera del agua. La vida del arrecife era impresionante y las emociones estaban garantizadas por la gran cantidad de tiburones que campaban por sus respectos. Un fascinante escenario que pocos ojos humanos han visto.

Niue: Es uno de los países más pequeños del mundo, a la vez que una de las mayores islas de coral. Su máxima elevación sobre el nivel del mar es de unos escasos 70 metros. En muchos lugares de la costa de barlovento el mar ha esculpido el coral dándole unas curiosas formas: son como grandes y afiladas lanzas que parecen querer proteger la isla. Detrás de estas agrestes murallas, en total contraste, a menudo se descubrían, como si fueran unos oasis, unas hermosas bahías rodeadas de vegetación, con playas de fina arena y de aguas mansas y transparentes. Había muchas serpientes marinas, que no son peligrosas siempre que no se las moleste. Difícilmente pueden morder a los seres humanos porque su boca y sus dientes son pequeños, y éstos están colocados muy retrasados, pero en los casos que lo hacen es mortal (su veneno es varias veces más potente que el de una cobra). Generalmente, suelen ser accidentes que tienen los pescadores al limpiar sus redes, cuando inadvertidamente introducen algún dedo en la boca de algún ejemplar enmallado.

Tonga: Llegamos al reino de Tonga el 11 de junio, desembarcando en Naiafu, en la isla de Vavau. Sus habitantes parecían muy pobres pero irradiaban una felicidad sin igual. Las recordaré siempre como lo indica mi diario: las islas felices. También hay muchos turistas neozelandeses, que parecen haber heredado la simpatía y la fuerza de los maorís. Al igual que en las Galápagos, visité muchos de sus arrecifes en apnea acompañando a los botelleros y diría que las especies de peces empezaban a ser diferentes a las vistas hasta ahora en la Polinesia. La pesca era excelente y capturé varios grandes atunes dientes de perro, aunque eso no fue lo más espectacular que me sucedió. Una mañana iba a fondear la neumática encima de un profundo bajo. Ya soñaba con los grandes atunes de días anteriores cuando, de repente, una enorme mole salió casi por completo del agua a unos escasos cien metros. Fue un salto colosal, una escena indescriptible. Inmediatamente me dirigí hacia allí, encontrando sólo un gran círculo de agua mansa. De pronto, una enorme sombra surgió de las profundidades, e instantes después una ballena jorobada salió del mar, dando un espectacular salto a mi lado. Todavía no entiendo cómo no volqué. Nadar con ella en un mar de cristal colmó muchos de mis sueños. Días después, según navegábamos hacia las Fiji, los gritos de Peter me despertaron totalmente alarmado. El susto también mereció la pena pues el espectáculo era grandioso: el velero estaba rodeado por un grupo formado por decenas de ballenas. Pude nadar en medio de ellas durante mucho tiempo, entre sus enormes cuerpos, entre sus agudos chillidos, y recuerdo con especial emoción cómo mamaban los ballenatos. Grandioso, único.

Fiji: A principios de julio, después de tres días seguidos de navegación, llegamos a la isla de Vanua Levu. En medio de la neblina, la isla apareció de forma mágica ante nuestros ojos. El encanto y la ilusión duraron sólo unas horas, las que necesitaron mis compañeros para llegar a la conclusión de que pronto volveríamos a zarpar porque allí no había nada interesante. Mi moral se vino abajo. Días después, justo cuando íbamos a abandonar el archipiélago, tomé la difícil decisión de desembarcar. El cambio me proporcionó energías renovadas, y durante semanas viví feliz como el más pobre de los pescadores, comiendo cassava (tapioca) y pescado. Previamente tuve que ser admitido por la comunidad, demostrando mi utilidad a la misma, y hasta que su Chief no dio el visto bueno mi estancia fue provisional. Las grandes pescas que conseguí casi todos los días proporcionaban a la comunidad un bienestar que me fue muy reconocido, y pronto me sometí a la ceremonia de aceptación, donde, tal como marcaba su tradición, tuve que tomar cava, una bebida que extraen de una raíz. Además de atunes dientes de perro, aprendí a pescar el walu o Spanish Macarel (Scomberomorus brasiliensis), una especie de verdel gigante que llega a pesar 15 kilos. Al principio no entendía cómo mi compañero de pesca, con sus escasas condiciones físicas y un precario equipo, hacía el triple de capturas. Al observarle, descubrí que apenas se sumergía cinco metros y comenzaba a soltar burbujas y hacer ruidos con la garganta. Los resultados eran sorprendentes. Lejos de la costa, los tiburones podían ser un grave problema.

Vanuatu: Desde Viti Levu, por un módico precio conseguí un billete de avión hasta Vanuatu, y que después me permitía también volar a Australia. Port Vila (isla de Efate), la principal ciudad del archipiélago, me pareció muy cara y sólo me quedé lo imprescindible. Deambulando por los alrededores, conocí a Mr. Ku, un influyente hombre de negocios cuya pasión era la pesca submarina. Después de un par de salidas de pesca, me tomó bajo su tutela durante las semanas que permanecí por los alrededores. Viajé al sur, a la isla de Tanna, donde en las cercanías del volcán Yasur conviví con una comunidad de pescadores. Allí también me tuve que someter a una ceremonia de aceptación. El volcán está activo y esto condiciona la vida en la costa. A sotavento de la isla, allá donde los vientos predominantes llevan las cenizas del volcán, no había prácticamente vida pues estas cenizas disuelven el azufre que contienen en el mar. La presencia de tiburones era constante y complicaban mucho las capturas, sobre todo cuando pescábamos en los bajos que había en la mitad del océano. Dejé muchos amigos cuando llegó la hora de partir hacia mi último objetivo: Australia.

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Tahití: cuestiones de material

El material que usan los tahitianos es principalmente europeo, pero con ciertas diferencias a destacar. Sus fusiles son muy largos, sobre los ciento cuarenta centímetros de tubo, y normalmente sustituyen el tubo de aluminio por uno de madera. Hay comercios especializados donde acoplan éstos a cualquier tipo de culata y cabezal. Las gomas no suelen ser excesivamente duras. Casi siempre llevan montado un carrete con 30 ó 40 metros de hilo y, si esperan pescar alguna presa excepcional, añaden a su equipo un segundo carrete, muy grande, con cien metros extra de hilo. Éste suele ser artesanal, fabricado muchas veces con concha de tortuga, y lo colocan en su cintura. Cuando se arponea un gran pez, un atún, por ejemplo, el primer carrete sólo sirve para contener el primer embate y para ascender unos pocos metros hacia la superficie. Es este segundo carrete el que permite terminar con éxito la captura.

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