
Texto: Josetxo Errondosoro
Desde las Islas Galápagos, tres mil millas le separaban de los soñados Mares del Sur, más de tres semanas ininterrumpidas entre el cielo y el mar, la navegación en línea recta más larga que se suele realizar sin ver tierra. Una dura prueba en la que la ausencia de viento podía suponer un peligro mayor que la fuerza de una gran borrasca.
Sólo los chillidos de los delfines rompían la monotonía. A las pocas de navegación perdimos de vista todo vestigio de tierra, y ni Peter ni yo teníamos ganas de hablar mucho. Habíamos zarpado el 7 marzo, al mediodía, y desde entonces no soplaba ni la más leve brisa. Mientras navegábamos lentamente a motor, pensaba en el nombre con el que se conocen estas latitudes del ecuador geográfico: el cinturón de las calmas. Estaba prevista esta circunstancia y habíamos cargado al límite nuestros depósitos de combustible, pero, aún así, no alcanzaría para completar toda la distancia si Eolo no nos ayudaba. No podía dejar de pensar en lo que esta situación tuvo que suponer para los primeros navegantes españoles que surcaron estos mares, allá por 1520. Y ellos no tenían un motor diesel y una depuradora de agua; tampoco sabían, si quiera, dónde estaban. Tuvo que ser terrible.
El Lago Eterno
Un día era igual a otro y cualquier acontecimiento, por pequeño que fuera, rompía la rutina y se convertía en un momento importante del día. Un pez que muerde el anzuelo o una solitaria tortuga flotando en medio de ese lago eterno, interminable, suponía un aliciente, suficiente para animarnos durante algunas horas. Como anécdota, decir que casi siempre nos dábamos algún susto en nuestras guardias nocturnas, cuando, de repente, una bofetada nos estallaba en plena cara: eran peces voladores atraídos por las luces del velero. Cuatro días después de zarpar, por fin, tuvimos un viento favorable durante unas horas. La media de velocidad subió espectacularmente; después, todo volvió a ser igual: ni una brisa. El 15 de marzo estábamos todavía a más de 2000 millas de nuestro destino, y, si todo seguía así, teníamos muchas posibilidades de quedarnos parados en la mitad del trayecto. Pero todo iba a cambiar.
Horas difíciles
Se divisaron las primeras nubes al atardecer, y poco después todo quedó cubierto. Hacía horas que navegábamos a vela y que la mar había perdido aquel aspecto sereno e inofensivo, desquiciante tras más de una semana de navegación. Antes del ocaso, Peter apareció en cubierta con la ropa de agua y los arneses de seguridad. Según el parte meteorológico, las próximas horas iban a ser muy movidas. Todo lo que se pudiera mover dentro del velero quedó perfectamente amarrado, y nos preparamos para lo que se avecinaba. Cada ola era mayor que la anterior y aquello sólo acababa de empezar. No sé cómo se sentirán los otros navegantes en estas circunstancias, pero Peter estaba tan preocupado como yo. Hacia la medianoche, las olas barrían la cubierta, una tras otra, como una pesadilla. El Cherish mantenía a duras penas su proa orientada a la mar gracias a las velas. Lo único que me tranquilizaba un poco era que Peter estaba demostrando saber lo que había que hacer. Fueron unas horas muy largas, toda una noche y un día terribles, en las que ninguno de los dos pudimos ni comer ni dormir. Por fin, la noche siguiente, la fuerza del viento bajó y pudimos descansar algo. A partir de ese día, el viento nos acompaño hasta las Marquesas y todo fue más sencillo.
Por fin, un pedazo de tierra: Nuku Hiva
¡¡Tierra!! Tras veintiún días de navegación, el 28 de marzo, poco después del amanecer, las emociones se desbordaron ante la visión de un pequeño punto en el horizonte. Pronto sólo quedarían en nuestra memoria los cambiantes colores de los atardeceres y las maravillosas noches sin luna, cuando la bóveda celeste se puede observar en todo su esplendor y la estela del velero es un mágico espectáculo de fosforescencias. Era Nuku Hiva, la isla escogida para nuestra estancia en el archipiélago polinesio de las Marquesas y donde nos esperaba Linn. La costa era abrupta y toda aquella parte de la isla estaba cubierta por un manto vegetal de un color verde intenso; desde el mar, no se veía ningún tipo de edificación. Según navegábamos hacia Taiohae, la capital administrativa del archipiélago, buscando el paso a la gran bahía interior que aparecía en las cartas, vimos multitud de cascadas de agua dulce que se precipitaban desde los acantilados al mar: todo un espectáculo de la Naturaleza. Una pequeña abertura entre dos isletas rocosas (Los Centinelas del Este y del Oeste) dio paso a la abrigada bahía interior de Taiohae, donde pudimos fondear el velero sin ningún problema bajo la imponente sombra del monte Muake. Lo habíamos conseguido en todos los sentidos. No sólo superamos la dura prueba que supone navegar 3000 millas sin escalas, sino que habíamos conseguido algo casi más difícil aún, que la travesía no afectara a nuestra convivencia.
Verde por fuera, verde por dentro
Desde que llegamos a la isla no me pasó desapercibido el color del agua. No había duda, su verdor no sólo era un reflejo del frondoso bosque, sino que los cotidianos chaparrones tropicales le daban aquel aspecto. Para que las cosas tuvieran más emoción, al tirar las sobras de la comida por la borda varios pequeños tiburones rápidamente las hicieron desaparecer: un panorama poco alentador para un pescador. En aquellas circunstancias, no me parecía muy inteligente explorar los fondos de la costa por mi cuenta, y, para hacer las cosas bien, seguí la mejor fórmula que conozco y que tantas veces he empleado: preguntar quién es el mejor pescador del lugar y dar con él. Por la tarde, tras terminar con las tareas del velero, puse los pies en tierra firme por primera vez en muchos días y entré en contacto con los isleños, gente muy amable, de una tranquilidad increíble, alegre, robusta, que habla francés con un acento muy particular. No resultó complicado conocer a Jean Michel, un pescador que rondaría los 50 años, al que encontré tocando la guitarra y cantando frente a su casa. No era una atracción para los turistas: así son los marquesianos.
El método marquesiano
A la mañana siguiente pude comprobar que mis preocupaciones por los tiburones estaban fundadas: Jean Michel llegó puntual a nuestra cita con un cubo metido en un neumático inflado, cuya utilidad comprendí rápidamente. Acomodamos el material en la pequeña neumática del velero y nos dirigimos a la entrada de la bahía, hacia su zona oeste (Centinela del Oeste). La visibilidad era reducida y había corriente. Todo tipo de peces aparecían y desaparecían ante nuestros ojos, loros, pargos, meros, carángidos, grandes mantas, cirujanos, todo tipo de peces de arrecife, aunque Jean Michel me explicó rápidamente que había que ser muy selectivo por la ciguatera, un ponzoñoso peligro, real y muy grave en estas latitudes; también había tiburones de arrecife. Al principio, me dediqué a observar a Jean Michel. Con su largo fusil polinesio de madera, enfundado en un traje de 3 milímetros, empezó a hacer unas finas esperas que seguían una pauta inalterable: en un fondo abrupto, que rápidamente pasaba de los 15 metros al abismo, se colocaba mirando hacia el mar abierto y dando la espalda a los muy cercanos acantilados. De esa forma, los tiburones difícilmente le sorprendían por detrás, pues casi siempre llegaban de la parte profunda. Estuvimos pescando juntos durante unas pocas horas, y parecía evidente que la cercanía del poblado condicionaba la actitud de los peces: son zonas que los pescadores acceden con facilidad y los peces se vuelven desconfiados. Las capturas no fueron de gran tamaño, pero diría que fue muy divertido si no fuera por las constantes incursiones de los escualos. No fue fácil que los peces llegaran enteros al cubo. Varias especies de peces cirujanos de gran tamaño, que antiguamente eran manjares que se reservaban sólo para los jefes de las tribus, como los Ume (Naso lituratus) y Ume Kuripo (Naso unicornis), son los más perseguidos pues están libres de la ciguatera. También capturamos algunos Uhu raepuu (peces loro) y pequeños carángidos, que pueden ser capturados sólo en determinadas zonas libres de ciguatera. Los isleños no son ambiciosos, y cuando a Jean Michel le pareció que teníamos suficiente pesca, en dos o tres horas, volvimos al poblado.
Periodo de aprendizaje
Después de varios días, llegué a acostumbrarme relativamente al agua turbia y a la presencia de los tiburones de arrecife, pero, aún así, los sobresaltos eran constantes. Por ejemplo, era habitual que estando en el fondo algo eclipsase el sol, una gran sombra que cubría lentamente como un manto y que me hacía saltar como un resorte: eran grandes mantas diablo. Cuando el corazón recuperaba su ritmo normal, conseguía volver a concentrarme en la pesca, aunque era difícil. Pero mi periodo de aprendizaje en las Marquesas tuvo su punto culminante la primera vez que fuimos a pescar con otra familia de isleños. Un día lluvioso, muy temprano, cargamos todos nuestros aparejos en un gran bote y nos dirigimos un bajo lejano. El agua también estaba turbia, pero los peces eran más confiados. Tras arponear varios, conseguí una pieza de cierto tamaño, un pargo que rondaría los 10 kilos. Al instante, como si se tratara de un espectáculo de prestidigitación, una gran mole apareció de la parte profunda del arrecife e hizo desaparecer al pargo entre sus fauces; se fue como vino, visto y no visto. Asistí a la escena incapaz de reaccionar, totalmente bloqueado, sintiéndome el ser más insignificante del mundo. Al mostrarles a mis compañeros una buena varilla de 7 milímetros en forma de “U”, que parecía más el objeto de una broma de mal gusto que algo real, nos fuimos inmediatamente de allí con un gesto de preocupación en nuestros rostros.
Las Tuamotu
Me encontraba muy a gusto en Nuku Hiva, sobre todo después de aquellas largas semanas en el mar, pero seguíamos un itinerario y había que partir. Al atardecer del 5 de abril, junto con Marc, que después de cuatro semanas en otro velero volvía a navegar con nosotros, pusimos rumbo al reino de los rairas, los tiburones grises de arrecife: el archipiélago de las Tuamotu. A partir de ahora, la idea era ir haciendo estancias cortas en algunas de las muchas islas, islotes y atolones que nos encontraríamos en nuestro camino hacia Rangiroa, Tahiti y Bora Bora, donde las estancias serían más prolongadas. A medida que nos alejábamos de las Marquesas, el color del mar pasó del verde a un profundo azul. Takahoe fue la primera escala, donde llegamos la mañana del 7 de abril. La corriente en el canal del atolón era salvaje y navegamos hacia la laguna interior utilizando toda la potencia de nuestro motor y poniendo todos los sentidos en la maniobra. Estabamos solos en la laguna y se divisaban unas pocas cabañas en la orilla. El agua era cristalina, algo que ansiaba, y me apresuré en terminar las tareas cotidianas en el velero para aprovechar nuestra breve estancia. A pesar de mi ansiedad por sumergirme, la razón se volvía a imponer: no quería tener sustos y menos en un lugar así, a muchas horas de navegación de cualquier hospital. No tuve que esforzarme para entrar en contacto con los lugareños, unos pocos cultivadores de ostras que me recibieron estupendamente, y que, a cambio de la promesa de obtener unos peces, en un tono de alegre chanza, me indicaron el lugar de pesca más propicio donde había muchos peces loro, muy apreciados por ellos. El agua estaba muy caliente, sobre los 30 ºC., y las matas de coral rebosaban de una fauna multicolor, y sólo se veía algún tranquilo tiburón de arrecife; al primer disparo, aquella imagen se desvaneció: de inmediato, un numeroso grupo de rairas y mamarus (tiburones grises y puntas blancas de arrecife) se abalanzaron contra el pez arponeado. Tampoco será fácil olvidar esta primera experiencia con los tiburones de las Tuamotu, pues, hasta ahora, los grandes sustos en otros lugares habían sido sobre todo con ejemplares solitarios. Ahora el peligro venía del frenesí de los grupos de tiburones que se formaban alrededor de las presas arponeadas. Sus rápidas dentelladas, sus repentinas aproximaciones al pescador, la férrea guardia que hacían cuando aparecían, la excitación que de repente se apoderaba de todo el arrecife, todo era nuevo para mí. Cambiando de zona cada vez que hacía un disparo, que debía ser perfecto e inmovilizar la presa al instante, siempre a la sombra de la neumática, conseguí subir intactos media docena de peces. El resumen de la jornada de pesca: los tiburones se llevaron más del 50% de los peces arponeados y era imposible disfrutar en esas condiciones. Al cumplir mi promesa con los pescadores que me informaron, su sorpresa y alegría no fueron menores que las mías: siete magníficas perlas fueron el desproporcionado regalo que recibí a cambio.
Takaroa
Cada lugar, cada escala del viaje, tiene su historia, y la de Takaroa, el siguiente atolón que visitamos en las Tuamotu, la recordaré como mi primera experiencia plena en este archipiélago. Eran las cuatro y media de la mañana, y todavía tardaría en amanecer. Toda la noche había soplando un fuerte viento y empecé a dudar de que los pescadores que había conocido la tarde anterior acudiesen a la cita. Pero Dani y Dominique no fallaron. Cargamos todo en un pequeño bote de fibra y, como teníamos tiempo, pues aún era de noche, nos fuimos a observar a unos pescadores de caña que estaban debajo del faro que marcaba la entrada del canal: no fue una buena idea pues la mayoría de sus capturas, carángidos que rondarían los 5 kilos, estaban mutiladas. A la luz del faro, una gran concentración de pececillos, que parecían estar suspendidos en el aire, se agolpaba a flor de agua. Debajo de ellos, los carángidos daban vueltas hasta que, de repente, algunos se lanzaban en una rápida carrera hacia la superficie. Era un espectáculo ver cómo se transformaba la bola de pececillos en un intento por confundir y evitar a sus agresores. Pero el verdadero espectáculo venía de más abajo; según los carángidos mordían el anzuelo, unas sombras surgían de la oscuridad para abalanzarse sobre ellos. Ver a los pescadores disputar a los tiburones las presas no era tranquilizador. Las primeras luces del alba se insinuaron por el este y fondeamos nuestro bote en el exterior del canal, a un lado, lo justo para evitar la gran corriente de la bocana. Para poner el punto de tensión definitivo a la situación, descubrí que mis amigos tenían la costumbre de rezar antes de entrar en el agua. No, no puedo decir que me sentía relajado.
La clave
El sol todavía tardaría en salir, y, a pesar de la escasa luz ambiente, la transparencia del agua era increíble; pero todavía no comprendía cómo era posible pescar en aquellas condiciones. Pronto quedó en evidencia el secreto: pescan en equipo. Mientras un pescador se sumerge para hacer una espera, los demás permanecen atentos en la superficie. En el momento que se arponea un pez, el que está en el fondo intenta elevarlo rápidamente mientras los de la superficie se zambullen a su encuentro, alejando a los tiburones usando la punta de sus fusiles. Parecía sencillo y bastante seguro. Y llegó mi turno. Más relajado, sabiéndome vigilado por mis ángeles de la guarda, me posé en el fondo. Era evidente que a esa hora de la mañana los peces eran más confiados y no tardé en disparar a mi primera presa. Salí disparado hacia la superficie sin pensarlo, pero instantes después sentí los primeros tirones en la varilla. Aunque mis compañeros estaban cerca, no pude recuperar la pieza. No entendía qué es lo que no había funcionado y ellos me dieron la clave: después de disparar, hay tratar de sujetar al pez entre los brazos y el pecho, y aunque los tiburones se aproximan muchísimo, acaban girando y marchándose; ellos están para disuadir a los más persistentes. Las emociones fuertes estaban aseguradas. Tardé en acomodarme a esta nueva técnica y perdí algunos peces, pero terminé habituándome y disfrutando plenamente. A medida que avanzaba el día, los peces se volvían más desconfiados y había que bajar más profundo y permanecer más tiempo en el fondo. Aún así, se mantenían lejos y los disparos llegaban a ser parabólicos, por lo que las puntas de las varillas debían estar muy afiladas y debiéndose usar doble vuelta de hilo para que ésta pudiera llegar más lejos. Otro truco importante. Cuando se arponea un carángido, además de arrimarlo al pecho, hay que taparle la boca, pues cuando están heridos emiten una especie de sonido gutural que se hace irresistible para todo tipo de tiburones.
Rangiroa
Realmente, me sentía el ser más afortunado del mundo; si no fuera por mi diario hubiera olvidado en qué día vivía. Sólo la brevedad de nuestras visitas, generalmente de un día, dos como mucho, ponían el punto amargo a esta aventura. Pero, ¿por qué me tengo que marchar ahora, justo cuando empiezo a conocer a la gente? Esta era la pregunta que me hacía desde que empezamos aquella rápida peregrinación por los atolones escasamente poblados del archipiélago, y en cierta forma esperaba que nuestra estancia Rangiroa, nuestro próximo destino, borrara de mi mente esa inquietud. El 11 de abril divisamos el enorme atolón, de 80 km. de largo por 32 km. de ancho, uno de los mayores del mundo, por la mañana, temprano. Siempre intentábamos llegar al siguiente destino a esas horas, y para ello, si era necesario, incluso reducíamos el ritmo de navegación. Lo hacíamos así para disponer de muchas horas de luz y maniobrar más tranquilos y seguros con el velero en las peligrosas aguas costeras. Accedimos al interior de la laguna a través de Tiputa pass, un gran canal que no ofrecía demasiados problemas de navegación a pesar de las corrientes, y una manada de grandes delfines nos acompañó durante un largo trecho. De las dos poblaciones de la isla, Avarotu y Tiputa, fue cerca de esta última donde fondeamos el velero. Desde el primer momento, fue evidente que en este atolón las cosas eran diferentes, pues pasamos de los tranquilos ambientes anteriores al bullicio turístico de Rangiroa. Tiputa apenas tendrá 1000 habitantes. Antiguamente, sus habitantes vivían de la producción de copra, pero este negocio ha ido a menos para dejar paso al cultivo de perlas, la pesca y el turismo, sobre todo, de buceadores. Aunque prefería la tranquilidad de otros lugares, aquí iba a tener la posibilidad de trabajar con otros pescadores submarinos locales y vender pescado a los hoteles para poder conseguir algo de dinero. No fue difícil dar con nuevos compañeros de pesca, y durante varios días me dediqué a trabajar y a conocer aquellos fondos, mientras los del velero se relajaban en un ambiente más afín a ellos, más “civilizado”. A estas alturas de mi peregrinaje por las Tuamotu, había comprendido cómo se debía pescar en los atolones y disfrutaba plenamente de mis salidas.
Jugar con fuego
Sesenta metros de visibilidad, agua caliente y buena compañía, era una combinación que me habían terminado por dar la confianza necesaria para pescar con total tranquilidad. Llevaba varios días visitando las mejores zonas del atolón, y los tiburones habían dejado de ser un grave problema para convertirse en unos incómodos y pesados acompañantes. La pesca era excelente en cualquier parte, pero lo mejor era ir al exterior del atolón al bajar la marea, cuando, durante la corriente formada al vaciarse la laguna, los depredadores están esperando a los peces que salen por el canal. Entonces, los arrecifes rebosan de vida y de actividad. No era casualidad que los tiburones estuvieran allí aquel día, por algo llamaban al lugar Shark Point. Para mí se hacía irresistible aprovechar al máximo mi estancia, y, aunque mis compañeros hacía tiempo que se habían ido, decidí seguir explorando los alrededores por mi cuenta. Solo y con la neumática del velero como apoyo, mi intención no era pescar sino explorar aquellos maravillosos arrecifes, y llevaba el fusil más por seguridad. En verdad, el lugar era espectacular. Pasé mucho tiempo jugando con las mantas diablo que allí se concentraban, cabalgando sobre ellas durante un tiempo que hubiera deseado fuera infinito. Los arrecifes pasaban lentamente ante mis ojos mientras me transportaban una y otra vez, en un juego que me resultaba difícil terminar. Toda la fauna se mostraba muy confiada, y de la zona del veril, donde de repente el fondo desaparecía en una vertiginosa caída, aparecían bancos de peces pelágicos, sobre todo carángidos. Pero la primera vez que vi aquellos grandes atunes (dogtooth tuna), mi instinto de pescador empezó a traicionarme. Había infinidad de tiburones pero empecé a valorar mis posibilidades para hacer una captura excepcional y la estrategia a seguir. Si el disparo era bueno, y estando cerca de la neumática, me veía con muchas posibilidades de éxito. Esperé agazapado en el arrecife, sobre los 20 metros, hasta que unas grandes siluetas plateadas aparecieron del azul. Instantes después, 40 kilos de músculos se debatían en mi varilla y los tiburones habían dejado su indolente merodeo por el arrecife para acudir a un posible festín. El atún, después de una breve carrera, se debatía sin demasiada fuerza pues la varilla había atravesado su espina dorsal. A medida que ascendía, intentaba desesperadamente acercar el pez a mi cuerpo, y los tiburones se mostraban cada vez más atrevidos y agresivos: estaban por todas partes. Con la primera bocanada de aire, hice el último esfuerzo por sujetar el atún, con un verdadero hervidero de tiburones a mis pies. Abracé con todas mis fuerzas el escurridizo y temblequeante cuerpo del pez, y empecé a nadar hacia la cercana neumática. Y entonces, sucedió. Con sus últimas fuerzas, el atún dio una colosal sacudida y se liberó de mi abrazo. Lo demás ya forma parte de mis peores pesadillas. ¡Dios mío, qué era aquello! ¡Qué disparate acababa de cometer! Según me revolvía angustiado, intentando desesperadamente evitar el desastre, sentía el roce de los tiburones por todas partes y veía como la sangre del atún teñía el agua a escasos centímetros. Todo sucedió muy deprisa, y cuando por fin salté, literalmente, sobre la neumática, jadeante, con el corazón desbocado, no comprendía cómo lo había conseguido.
Aún, cuando recuerdo esta historia, todos los demonios se revuelven en mi cabeza y siento un ligero escalofrío en mi espalda. La fortuna, el destino, o qué sé yo, quisieron que me salvase de una pieza tras cometer aquel tremendo error, pero la dura lección aprendida me ha dejado su imborrable huella (continuará).
La ciguatera
Picor en la garganta, dolor en las articulaciones, diarrea y manchas sobre el cuerpo. Estos son los primeros síntomas de la intoxicación por ciguatera. Es, probablemente, la peor intoxicación alimenticia por consumir peces, refiriéndose siempre a causas naturales, que puede ocurrir a los seres humanos. A pesar de que en Europa es poco conocida, no se trata de algo nuevo, pues hay constancia de ello desde hace siglos. Los colonizadores españoles fueron los primeros en describir las manifestaciones clínicas de esta enfermedad, en el siglo XVI, y las atribuyeron incorrectamente a las intoxicaciones producidas al ingerir el caracol Cittarium pica, conocido como cigua por los indígenas cubanos; de ahí el origen de su nombre. Hoy en día, no hay ninguna duda de que el envenenamiento es causado por consumir una toxina, llamada ciguatoxina o CTX, acumulada en los músculos y vísceras de ciertos peces. Las toxinas involucradas parecen originarse en unas algas microscópicas, llamadas dinoflagelados, que crecen sobre el arrecife donde se alimentan los peces herbívoros y omnívoros; los humanos estamos expuestos a sus efectos por estar en la cima de la cadena alimenticia. La ciguatera se da preferentemente en el Pacífico tropical y subtropical, en ciertas regiones del Océano Índico y en el Caribe tropical, aunque la ciguatoxina caribeña (C-CTX-1) es diez veces menos tóxica que la del pacífico (P-CTX-1). Los peces no parecen afectados por la acumulación de estas toxinas en sus cuerpos y no pueden diferenciarse de los no tóxicos por su aspecto; tampoco existe un método sencillo para identificarlos. En las zonas afectadas dudan de los peces que expuestos al sol no quedan rígidos; también, ante la duda, suelen alimentar a gatos o gallinas con el pez y esperan un tiempo prudencial hasta ver lo resultados. Además, las toxinas son acumulativas y no se destruyen por procesos de cocción, congelación, deshidratación, salado, ahumado, marinado ni por los jugos gástricos al ser consumidos. Los brotes de ciguatera son esporádicos e impredecibles; esto puede estar relacionado a que los peces se mueven y no permanecen en una zona en particular. Se ha observado que los disturbios naturales (huracanes y maremotos) y aquellos ocasionados por el hombre (dragados) que afectan la estructura y la ecología de los arrecifes coralinos, tienen como consecuencia una recolonización rápida de los dinoflagelados, lo que puede aumentar la incidencia de ciguatera en esas áreas. Esto también puede estar relacionado al hecho de que los peces que viven en las costas de barlovento tienden a ser más propensos a ser ciguatóxicos. A pesar de la información existente, todavía se dan muchos casos, algunos bien documentados y otros no. En general, se puede afirmar que no son transmisores de la ciguatera los peces marinos de mar abierto, (atún, dorado), los invertebrados como cangrejos, langostas, camarones, calamares, pulpos, y ni bivalvos como ostras, almejas y mejillones. Sin embargo, este último grupo de organismos puede contener otros tipos de toxinas capaces de también producir envenenamientos alimenticios. Por regla general, dentro de una especie, los peces más grandes tienden a ser más tóxicos que los de menor tamaño y los peces carnívoros tienden a ser más tóxicos que los herbívoros. En un mismo grupo, por ejemplo entre los meros y pargos, los que viven en aguas someras tienden a ser más tóxicos que los de aguas profundas. Entre las especies potencialmente tóxicas se encuentran la barracuda, el capitán y representantes de las familias de los jureles, pargos, meros, sierras y loros. Estos últimos pueden ser ciguatóxicos sólo si provienen del Pacífico. También pueden serlo algunas especies de la familia de las morenas y algunos tiburones.