
Texto: Josetxo Errondosoro
Apenas han pasado unos meses desde que nuestro empedernido viajero terminó su gran viaje. Han sido tres años de experiencias y aventuras, y, mientras toma fuerzas para recorrer otros caminos, esta vez nos llevará de su mano a través del océano Pacífico. Un viaje que empezó en Panamá y terminó en Australia después de haber navegado por los archipiélagos del Pacífico Sur. Un viaje que a muchos nos hace soñar y que a otros les mostrará el camino para otro tipo de vida.
Pasaron pocos días desde que regresó hasta que se le empezó a ver inquieto. Durante ese tiempo, mientras me contaba sus historias, su mente no estaba aquí. Relatar sus peripecias por Sudamérica, lejos de aplacar las ganas de viajar, alimentaban sus ansias de conocer más mundo y de buscar nuevas aventuras. Con su aún muy oscura tez, curtida por el implacable sol tropical, y su espigada figura, todo indicaba que pronto nos volvería a dejar.
Soñar con los Mares del Sur
Después de todo un año, necesitaba ver a la familia y a los amigos, y durante esa fría Navidad, llena de celebraciones, pensaba en lo diferente que es el mundo, pues en medio de toda esa opulencia, de ese despilfarro, no podía evitar las comparaciones: con lo que una familia media gasta aquí en estas fechas cualquier familia Cuna viviría muy bien más de un año. Pero, ¿somos más felices? Me hacía esta pregunta y otras similares mientras soñaba con los lejanos Mares del Sur, con sus cálidas y cristalinas aguas, con sus islas y atolones, con sus gentes hospitalarias y sencillas. Un simple sueño, una ilusión, leña que alimentaba un fuego que daba calor y no deseaba apagar: era hora de seguir mi camino.
Panamá, enero del 2000
Mi buen amigo Bill me estaba esperando y no tuvo compasión conmigo. Apenas nos saludamos en el aeropuerto y ya estabamos de camino hacia las islas de la bahía de Panamá. Él sabía que pronto nos volveríamos a separar, esta vez para mucho más tiempo, y creo que ésa era su forma de mostrarme su amistad. Como suele suceder en estos casos, el contraste entre el frío invierno a orillas del Cantábrico y el ambiente tropical hicieron que el cansancio del viaje desapareciera milagrosamente.
Las islas de la bahía
Los primeros islotes de este pequeño archipiélago se encuentran muy cerca de la capital, pero nos dirigimos a una zona que está a una hora de navegación, hacia las islas de Taboga, Tabogilla, Chamá y Otoque. El agua está casi siempre algo turbia, pero el espectáculo y la emoción están garantizados. En la primera zambullida, sobre todo por el contraste con mis últimas apneas en el Cantábrico, me he quedé atónito. Miles de peces de todo tipo, incluyendo un banco de centenares de pargos, me rodeaban al llegar al fondo, mientras un poco más allá dos delfines perseguían a sus presas. Con este espectáculo, la pesca era lo de menos. Fue especialmente emocionante cuando una manada de grandes delfines mulares se situó a nuestro lado, imitándonos con una fluidez que todos quisiéramos. Con su aparición, aquí también desaparecen los peces, pero en el momento que se van todo vuelve a estar igual. En la primera zona del día, el objetivo era pescar pargos. Hay muchos y parece una tarea sencilla, pero no es así. Sólo se puede disparar a los ejemplares que se encuentran entre dos aguas, y después, rápidamente, intentar separar la presa del fondo. Si se les dispara al agujero, que es muy fácil, el desastre está casi asegurado. Como ya he mencionado otras veces, es tal la fuerza de estos peces que si tienen donde apoyarse los destrozos en el material están garantizados. De todas formas, aun disparándoles en aguas libres, en más de una ocasión doblan a 90 grados unas buenas varillas de 7 milímetros con sólo un rápido giro de su cuerpo. Lo más emocionante sucedió al arponear uno que rondaría los 25 kilos. No conseguí controlarlo bien y pudo llegar al fondo y romper el cabo de la varilla. Rápidamente tomé otro fusil y según descendía podía oír perfectamente el ruido de la varilla al chocar en las paredes de su refugio. Al llegar al fondo, mi sorpresa fue tremenda. El pargo no sólo se debatía para zafarse de mi varilla, sino porque un enorme mero tropical lo había incluido en su menú. No me lo pensé: el certero disparo aturdió al gran pez, ocasión que aproveché para elevarlo unos metros. Esto simplificó mucho la captura, pues, cuando el pez empieza a boyar, capturarlo es mucho más sencillo. El día transcurrió entre varios cambios de zona donde capturamos otro tipo de peces, como corvinas, muy apreciadas por los panameños, y róbalos, en zonas donde el agua está muy sucia. Hay que hacer hincapié en que esta circunstancia añade mucha tensión a las salidas de pesca en esta parte del mundo.
Sinfonía de las tinieblas
Si hay algún pez que se aprecie en Panamá son las corvinas, aunque, por los lugares que frecuentan, fondos preferentemente fangosos con muy poca visibilidad, los pescadores locales tienen muchos problemas para capturarlas. Este era el reto que se me planteaba cuando mis amigos me llevaron sobre la cima de un pequeño bajo a 18 metros de profundidad. Desde la superficie apenas se divisaba una punta rocosa que surgía entre una espesa capa de agua fangosa y opaca; se suponía que 6 ó 7 metros más abajo debía estar el fondo. Normalmente, si hay corvinas en una zona se pueden escuchar desde la superficie los ruidos que producen, un claro “crock, crock”, y allí sonaba toda una sinfonía. Los primeros descensos fueron sobre la cima del bajo, y fue fácil capturar los dos primeros ejemplares a la caída. Con una visibilidad horizontal de unos 5 metros, no llegué a posarme sobre la punta rocosa para cuando llegaron a controlar al intruso que invadía su territorio. A partir de ahí, todo se complicó más pues las corvinas permanecían dentro de la capa fangosa, donde la visibilidad no superaba los 50 centímetros. Cuando normalmente mis amigos hubieran dejado de pescar, opté por seguir cambiando de estrategia: ahora, me posaba sobre la cima del bajo de forma que todo mi cuerpo, excepto la cabeza, quedaba dentro de la zona turbia, y allí las esperaba. Varios ejemplares más no resistieron la tentación de controlar su territorio, y salieron a investigar fuera la capa de agua fangosa, con las consecuencias que se pueden imaginar. Cuando, por fin, el miedo inhibió su instinto por controlar el territorio, en medio de un ensordecedor ruido producido por la excitación creciente del banco, opté por buscarlas en su tenebroso refugio. Llegando al fondo, avanzaba unos pocos metros mirando hacia arriba. En la penumbra, a contraluz se podía distinguir algunas grandes siluetas. Así capturé los últimos ejemplares de una excelente jornada que me costará olvidar.
Buscando un barco
No puedo decir que mi vuelta a Panamá y la excelente pesca me hiciera olvidar mis objetivos, todo lo contrario. Este era mi punto de partida y un momento muy delicado del viaje, pues mi intención, aunque me planteaba muchas interrogantes, era conseguir enrolarme en alguno de los veleros que usan el canal para cruzar al Pacífico en su recorrido alrededor del mundo. Estos llegan a la entrada atlántica del canal por la ciudad de Colón, un lugar sucio y peligroso, donde una gran miseria salpicada de unas pocas lujosas fortificaciones hacen que transitar por sus calles requiera de toda la discreción y cuidado posibles. La visita a Colón, a mi pesar, era obligada pues tenía que poner un cartel en su marina (puerto) ofreciéndome como marinero: la idea era conseguir trabajo en alguno de los veleros que allí esperan para cruzar los 80 km. que separan el Atlántico del Pacífico. Para mi sorpresa, la primera llamada llegó ésa misma tarde. A la mañana siguiente volví a Colón en lo que creí sería una rutina habitual durante las próximas semanas. Me equivoqué. Aunque tenía competencia para el enrole, mi decisión, experiencia, y una buena impresión por ambas partes desencadenó todo a mi favor, y Peter, el capitán del elegante Cherish, un bonito y lujoso velero (Oyster 50), sólo necesitó unos pocos minutos para tomar la decisión. Había venido con la intención de pasar varias semanas pescando antes de embarcarme, pero algo me decía que ésta era una buena opción, un auténtico golpe de suerte: buena gente y un barco seguro. No podía dejar pasar esta oportunidad. Tres días después embarqué en la capital con todos mis bártulos.
La sorpresa de Marlo
“Buenas tardes, Marlo”, dije, antes de que mi pobre amigo se levantase medio aturdido por la resaca. Era evidente que no daba crédito a lo que veía, y más le parecía una alucinación causada por el alcohol. “Pero, Joseba… ¡qué haces aquí! ¿Estoy soñando?”. Le conocí hace unos meses, cuando estuve pescando por estos alrededores durante varias semanas en mi ruta hacia Colombia y Panamá, y no quise desaprovechar la ocasión de pasar unas horas con él y su familia. Después de unos pocos días de navegación, habíamos fondeado en la bahía de Salango (Ecuador). Hasta aquí, todo fue sin contratiempos. Partimos de Panamá en la mañana del 10 de febrero, rumbo al Archipiélago de las Perlas, entre las que se encuentra la famosa Isla de Contadora. La primera noche fondeamos en una isla deshabitada del archipiélago, lejos del bullicio turístico de Contadora: la cena, en una mar con agua turbia y mucha corriente, fue cosa mía; los siguientes tres días fueron de navegación continua, rumbo al sur. En el trayecto nos cruzamos con varios palangreros, aunque, eso sí, pusimos mucho cuidado en pasar lejos de la costa colombiana. Cabo Marzo y su salvaje fauna eran una tentación, pero la situación de Colombia no invita a exhibirse por su costa con un lujoso velero. Hubiera sido una temeridad y así se lo hice saber a mis compañeros. En cambio, Ecuador es diferente y visitar a mi buen amigo Marlo, lejos de suponer un problema, era una oportunidad para mostrar a los del Cherish algo que buscaban, auténtico, un bonito lugar que no aparece en ningún folleto turístico y habitado por gente sencilla y amable.
Buenas obras
Para los Grant fue una experiencia nueva convivir durante varias horas con gente tan humilde, y tampoco creo que algunas familias de Salango les olviden por lo que sucedió. Todo empezó cuando Peter, un reputado dentista londinense, observó la dentadura de la hija de Marlo y me comentó que habría que extraerle un diente. Poco tiempo después, la noticia de que había un dentista en el pueblo corrió como un reguero de pólvora y una larga fila de niños esperaba su turno en nuestra improvisada consulta. Observándole trabajar, era evidente su satisfacción, y durante la cena comentaba que hacía tiempo que no se sentía tan bien consigo mismo: pasó de trabajar en sus lujosas y caras clínicas londinenses a hacerlo en aquel improvisado lugar, totalmente gratis, pero las sonrisas de aquellos niños le dieron algo que no se puede pagar con dinero. Por mi parte, estuve pescando durante unas horas con Marlo. Con agua turbia y fría, los peces se concentraban en las rompientes y allí había que disputárselos a algunos tiburones, que con sus rapidísimas incursiones a los espumeros ponían un toque de tensión que me era familiar. Una barca repleta de grandes pargos y peces limón fue mi aportación a la familia de mi amigo. Pero había que continuar y prepararse para adentrarse en el Pacífico. Nos despedimos de Marlo y su familia la mañana del 16 de febrero, rumbo al sur, y esa misma tarde llegamos a la marina de Salinas, el puerto donde habitualmente se abastecen de todo lo necesario los veleros que siguen esta ruta antes de adentrarse en el océano. Después de llenar las despensas del velero y de estudiar bien la ruta a seguir y los partes meteorológicos, por fin pusimos rumbo al oeste, a las Islas Galápagos, la mañana de 26 de febrero. Con la estela del Cherish dejaba atrás lo conocido y empezaba la parte más emocionante del viaje.
Problemas familiares
El mar era una balsa de aceite, un auténtico lago que hacía honor al nombre de este océano. Las horas transcurrían lentamente, y la navegación, con una corriente a favor de dos nudos, era prácticamente a motor durante todo el día. Nada hacía presagiar nuestro primer incidente del viaje. Los largos meses de convivencia habían tenido su desgaste entre el capitán Peter y su hijo Marc, y, no recuerdo porqué, era lo de menos, estalló la tensión acumulada. No me sorprendió demasiado, pues estas cosas pueden suceder en cualquier barco, pero para mí fue una llamada de atención. Todo pasó, como era de esperar, pero esta acalorada discusión hizo que acodaran cambiar algún planteamiento del viaje: en las Galápagos, por unas semanas Marc continuaría el viaje en otro velero inglés que estaba haciendo la misma ruta. Un alejamiento que les vendría bien a los Grant pero que significaba tener bastante más trabajo en el velero, pues las obligatorias guardias durarían más. Divisamos la isla de San Cristóbal el 2 de marzo.
Islas Galápagos
Las Galápagos pasan por ser uno de los lugares más impresionantes del mundo para bucear, y no quise desaprovechar esta oportunidad para comprobar lo que daban de sí. No tenía mucho tiempo pues iban a ser cinco días los que iba a durar la escala, y en el puerto no tuve problemas para ponerme en contacto con los pescadores. Todas las islas forman una gran reserva natural y la pesca submarina está totalmente prohibida, y aunque enseguida supe que había gente, muy poca, que la practicaba con compresor (algo muy habitual en toda Sudamérica), no quise saber nada del asunto. Iban y Pulpero fueron quienes orientaron mis primeros pasos por San Cristóbal. Ambos se dedicaban a la pesca de marisco con compresor, aunque su objetivo principal era coger oloturias, un manjar para los asiáticos que alcanza precios exorbitantes en sus mercados. Acompañándoles en su trabajo pude ver por primera vez lo que escondían esas famosas aguas: en un fondo volcánico, sin apenas vegetación, donde en un solo vistazo era imposible concentrar la atención sobre toda la fauna, tortugas, rayas, pargos, pececillos de todo tipo junto con decenas de tiburones y leones marinos llenaban todo el espacio que abarcaba mi vista. Para mis paseos acuáticos en apnea, el resto de los días opté por una fórmula que me resultó muy eficaz.
Entre burbujas
No fue sencillo, pero después de visitar unos cuantos centros de buceo intentado que me transportaran junto con los buceadores a otras islas, por un módico precio en el que no se debía incluir ni las botellas de aire ni la comida, por fin los del Pelícano entendieron bien mi situación y mi propuesta y aceptaron llevarme con ellos. Por 10 dólares por salida pasé unos días inolvidables. Pertrechado con mi equipo de apnea entre todos aquellos “botelleros”, pensaba en lo engorroso que resultaba tanto trasto y tanto trabajo para darse un paseo, pero poco después también tuve otros motivos para no desear bucear con botellas. Desde que llegamos a la isla de Gordon y todo el mundo se equipó y se tiró al agua, yo llevaba una hora haciendo apneas con mi cámara. Fue aquí donde me encontré con el primer banco de tiburones martillo. Alejado unas decenas de metros de barco, sobre un bajo, en mi primera apnea me vi sorprendido por la curiosidad de una gran bola de peces de todo tipo entre los que rápidamente aparecieron los tiburones. No sé si llegué a acostumbrarme a su cercana y, aparentemente, tranquila presencia pero fue una buena prueba para mis nervios pues sus aplastadas y extrañas cabezas a veces pasaban a escasos centímetros. De repente, todo cambió. Un creciente murmullo de burbujas se acercaba y la fauna reaccionó de inmediato. Los peces dejaron de prestarme atención, sobre todo los tiburones, que a partir de ese momento se alejaron. La magia del lugar había desaparecido, aunque después mis compañeros de salida no me creyeran: para ellos el espectáculo había sido el mejor del mundo. Viendo lo sucedido, y mientras duraba aquella burbujeante visita, opté por acercarme a un de las muchas “loberas” de la isla, donde disfruté como un niño entre los leones marinos. Cuando los primeros buceadores salieron a superficie, volví a la zona anterior para observar lo que sucedía al salir del agua todos aquellos ruidosos paseantes. Fue como me esperaba, todo volvió a ser como al principio. La conclusión era evidente: las burbujas y otros ruidos espantan a los peces, incluso en áreas donde están acostumbrados a la presencia de los humanos. En las islas de Bartolomé, donde tuve la sensación de que un descomunal tiburón martillo me había incluido en su dieta, y Seymour sucedió exactamente lo mismo.
El gran salto
Según los del Pelícano, tuve la suerte de llegar justo en la mejor época para visitar la Galápagos, que es desde febrero hasta abril. Después, el agua se vuelve muy fría y hace mucho viento. Los días pasaron sin darme cuenta y llegaba la hora de partir. Además, con Marc en otro barco y Lynn que iba a volar directamente hasta las Marquesas, nuestro próximo destino, pues no tenía ganas de estar tantos días seguidos navegando, sólo quedábamos Peter y yo para enfrentarnos al gran salto de este viaje, un mínimo de veintitrés días ininterrumpidos de navegación sin ver tierra. Después de hacer las compras de última hora y de celebrar una loca noche de Carnaval, la tarde del siete de marzo zarpamos hacia nuestro próximo destino (continuará).
Turbiedad
Una cosa que me ha quedado clara en el Pacífico panameño: no se puede pescar desde la costa, pues el agua está sucia, y hay que disponer de medios para salir al exterior. Por ejemplo, en la bahía de Panamá tenemos la ventaja de tener la posibilidad de hacer una pesca muy variada, pero es impredecible saber cómo se encontrará el agua siquiera dentro de una hora, y mucho menos al día siguiente, porque, como digo, incluso dentro de un mismo día, hay una gran variabilidad en las corrientes. Para las mejores épocas para pescar, hay que esperar que el agua se enfríe para que los peces suban (enero, febrero, marzo). El viento Norte (diciembre) empuja el agua caliente hacia alta mar y se llena el espacio dejado con agua fría del fondo, generándose una corriente que enturbia el agua con sedimentos y plancton, pero la vida marina se vuelve espectacular.
Los secretos para enrolarse o cómo hacer barcostop
Como en muchos aspectos de la vida, la experiencia es lo más valorado. Por mi parte, haber cruzado navegando el Atlántico y el Caribe en mi primer gran viaje me da mucha seguridad a la hora de presentarme para un enrole. De cualquier forma, además de conocer la mar, saber cocinar y de mecánica creo que son las que más se aprecian en estos casos, sin olvidar el carácter y el aspecto del posible candidato. En el reducido espacio de un velero hay que tener mucha paciencia y buen carácter para poder abordar sin problemas las largas y solitarias jornadas en el mar. Saber hablar cuando hay que hablar y callar cuando proceda, aunque para muchos es difícil soportar los largos silencios que se dan durante este tipo de travesías. Tampoco tenemos que olvidar que tener las ideas claras y mostrar decisión ayudan mucho. También es normal que traten de cobrar por llevarte, más que nada para sufragar los costes de comida. En mi caso, el grupo de veleros ingleses del que formaba parte el Cherish tenía esta norma, pero en ese sentido lo tenía claro: mi escaso presupuesto no me permitía el lujo de pagar los 10$ diarios que me pedían, algo que manifesté con mucha cordialidad desde el primer momento, explicándoles mi situación. Les debí gustar a los Grant, una familia compuesta por el capitán Peter, su esposa Lynn y su hijo Marc: una breve charla familiar fue suficiente para que nunca más se volviera a mencionar el asunto.
A prueba
La convivencia durante meses en el reducido espacio de un velero no es un asunto que hay que tomarse a la ligera, y por ello, antes de zarpar, acordé un periodo de prueba con los del Cherish. La idea era navegar hasta Ecuador, desde donde ya se iba a empezar la travesía del Pacífico propiamente dicha, y replantearme en ese momento si seguía o no en el barco. Felizmente, ninguno planteamos este asunto en la marina de Salinas. Para todos, era evidente que formábamos un buen grupo, y los 10 días que hice de guía a los Grant por el interior de Ecuador sirvieron para hacer aún más fuerte nuestra relación. Subir hasta las faldas del Chimborazo o visitar el mercado de Otavalo, por citar sólo dos visitas muy típicas, no entraba en sus planes iniciales, pero, a juzgar su satisfacción, creo que no se arrepentían de las ocurrencias de su guía.
Estimado Joseba,
Me quedé con las ganas de leer sobre el resto de su viaje.
¿lo tendrá guardado o no lo siguió escribiendo?
Resulta que pronto estaremos haciendo el recorrido:Lima-Galápagos-Marquesas-Papeete-Australia-Sudáfrica-etc hasta regresar al Caribe donde empezamos.
Estamos buscando la mayor información sobre esta travesía. Lo haremos en un velero “Columbia 50″.
Ojalá tenga noticias pronto.
Muchas gracias.