
Texto: Josetxo Errondosoro
Ecuador ha sido algo más que una escala. Esta parte del Pacífico es increíble y sé que todavía me quedan muchas sorpresas por delante. Mi próximo destino, Colombia, me produce unas sensaciones contradictorias. Por un lado, espero seguir disfrutando de mi viaje; por otro, sé que es uno de los países más conflictivos y peligrosos del mundo.
Antes de entrar en Colombia me han prevenido de lo que se me avecina. Viajar tiene sus placeres y sus riesgos, y creo que está va a ser la etapa donde más claramente se van a dividir. No hacía falta que nadie hiciese hincapié en que extremara mis precauciones, pues los medios de comunicación de todo el mundo llevan años bombardeándonos con los problemas de este país. Narcotraficantes, guerrilla, militares, paramilitares, y bandoleros, aliñados con una gran injusticia social, hacen que al año se den cerca de 30.000 muertes violentas, además de muchos secuestros. A lo largo de estos meses he seguido unas pautas de seguridad que me han venido muy bien. A partir de ahora añadiré una más: dejaré de viajar por las noches pues he oído que es muy habitual que, nunca se sabe quiénes, detengan los autobuses y, en el mejor de los casos, roben a sus ocupantes. Pero, por otro lado, también me han hablado de la costa de Pacífico colombiano como una de las maravillas del mundo. Y aquí estoy en Cali, de camino al puerto de Buenaventura, donde espero poder embarcarme para poder llegar a una de las zonas más inaccesibles del país: la selva del Darién. Baste con decir que la carretera Panamericana, que une Alaska con Tierra del Fuego, sólo se ve interrumpida aquí. Por eso también se conoce la zona como el “Tapón del Darién”. Las montañas, la increíble selva, y el clima, pues es de las zonas más lluviosas del planeta, hacen casi imposibles los intentos de hacer carreteras u obras de cualquier tipo.

Un viaje tenso
Hasta ahora no he tenido excesivos problemas, pero los tres días que he tenido que pasar en Buenaventura, una ciudad rodeada de manglares donde el calor es sofocante, han sido angustiosos. No hay carreteras que lleguen a Bahía Solano, mi objetivo, y la única forma de acceder es en barco o en avioneta, aunque, con mi presupuesto, no tengo alternativa. El primer barco salía en tres días, y no tengo más remedio que armarme de paciencia y precaución. La costa cercana es impracticable para pescar por los muchos y caudalosos ríos, y no podré evadirme con facilidad de la presión existente. El ambiente es hostil y he procurado pasar inadvertido. Nada de husmear por el pueblo o de preguntar más de lo imprescindible, pues en estas últimas 72 horas ha habido 15 asesinatos. No tengo palabras para describir lo que aquí se vive. Por fin llega la ansiada hora de embarcar en un pequeño carguero, y tras veinticinco horas de navegación llegamos a Bahía Solano, un lugar aislado y tranquilo, preso de una vegetación exuberante, donde parece que por fin tendré un poco de paz.
De camino hacia un recóndito paraje
Gracias a las referencias a mis amigos ecuatorianos, presentarme ante Joaquín, el dueño de la única pesquera de Bahía Solano, ha sido un mero trámite, y no he tardado en convencerle para que me dé trabajo durante unos días. También me ha proporcionado alojamiento en un pequeño cobertizo que usan sus pescadores cuando están aquí. Me cuenta que cada dos o tres días, dependiendo de la pesca, sale una pequeña embarcación hacia Cabo Marzo. Al venir trae el pescado capturado, y al volver suele ir cargada de los suministros necesarios para mantener allí un campamento. Como he podido comprobar en otras partes del mundo, además de los peces, claro está, el hielo es la clave de este negocio. No habiendo otra forma de mantener fresco el pescado, y menos en un clima como este, se transportan grandes bloques de hielo hasta los campamentos. Allí, a medida que se llenan las neveras, el pescado llega hasta Bahía Solano, de donde es transportado a otras zonas del país. He tenido suerte y mañana temprano partiré hacia allá.
Tras unas seis horas de lenta navegación en una embarcación de madera llena de carga, llego al deseado destino. El campamento está situado en un pequeño claro en la selva, y unas precarias chozas de palma son las únicas señales de la presencia del hombre. Se dedican a la pesca con líneas y palangres, y seré el único pescador submarino. Este será mi hogar durante los próximos días, rodeado de una selva impenetrable y de un mar, que adivino, lleno de vida.
Pesca profesional en Cabo Marzo
Entre descargar la embarcación, buscar un lugar donde dejar mis cosas y los preparativos del día siguiente, pronto llega la noche. Mañana saldré a pescar en una pequeña embarcación acompañado de dos ayudantes que se dedicarán enteramente a mí, todo un lujo que tendré que justificar con un buen trabajo. Temprano, al amanecer, después de un ligero desayuno, y en medio de una lluvia torrencial, nos dirigimos al Cabo Marzo. Se trata de una línea de pequeños islotes, conocidos también como los Islotes de Centinela, que entra unas dos millas dentro del océano. Como en Ecuador, el agua se adivina turbia. Las constante lluvias y al ser días de “guaje” (mareas vivas) hacen que el mar no esté en las mejores condiciones. Aún así, tal y como esperaba, descubro un mar lleno de vida. En superficie podemos ver algunas ballenas y muchos delfines, y por debajo el espectáculo es indescriptible. Entre tantos peces, mi mayor problema es decidir qué voy a pescar. Teniendo en cuenta lo que se espera de mí, opto por empezar a pescar entre los islotes, donde la corriente es más fuerte. Así capturo varios peces limón de buen tamaño que con la ayuda de mis dos compañeros hizamos a bordo rápidamente. Es como pescar en un campeonato, sólo que las piezas son muy grandes. La pauta siempre es la misma: disparo a un pez, con un fusil de un metro con carrete y gomas dobles, y se lo entrego a mis ayudantes, que se encargan de recuperar la pieza, a la vez que me entregan otro fusil. Si el pez está bien arponeado, busco otra pieza y repetimos la operación; si no lo está, la remato con otro disparo. De esta forma, estamos haciendo una pesca formidable. Cuando la pesca en un canal no rinde lo suficiente, me dirijo a las zonas de rompiente de los islotes. Para evitar sustos, extremo la precaución, porque en medio de los espumeros se ven grandes pargos y algunos tiburones. Es curioso observar que allá donde más corriente hay o donde más pega la ola es donde más vida hay. Cada vez que, agotado de tanto nadar, he intentado pescar en zonas más cómodas, no he encontrado nada.
Cuidado con los vampiros
Pero no todo ha sido pescar. Convivir con esta gente sencilla, simpática y alegre, rodeado por una selva llena de vida, hace que me sienta un privilegiado. Después de terminar la jornada de pesca el trabajo continúa. Tras recuperar las fuerzas, con una comida basada principalmente en pescado, arroz y fruta, nos dedicamos a filetear todo el pescado antes de introducirlo en las neveras. Este es un trabajo pesado y desagradable. Después, tengo mucho tiempo para hablar con mis compañeros. Como anécdota, me cuentan que hay que dormir con mosquitera por dos razones: los mosquitos, que aquí pueden transmitir muchas enfermedades, sobretodo la malaria, y por unos pequeños vampiros. Estos pequeños mamíferos voladores atacan por las noches a personas y animales. Al morder inoculan un anticoagulante que hace que las heridas no se cierren con facilidad. Así, es normal encontrarse a personas que despiertan en medio de un charco de sangre. No suele ser mortal para las personas adultas, pero, aún así, no me tumbo nunca en mi hamaca sin haberme encerrado totalmente en mi mosquitera.
Las sorpresas del azul

Transcurren los días con jornadas de pesca excepcionales, y he comprobado que las mejores faenas se hacen en la parte exterior del último islote, prácticamente en el azul. Con agua un más limpia que en los islotes anteriores, y con mucha corriente, la fauna es aún más impresionante. Al sumergirme por debajo de los 15 metros, encuentro una explosión salvaje de vida. Peces limón, barracudas, pequeños bonitos, cientos de pargos, carángidos, tiburones, miles de pececillos multicolores… una escena difícil de describir. Y eso que ahora, en julio, no es la mejor época. No me imagino cómo tiene que ser entre los meses de enero y abril, según ellos, la mejor temporada. Muchas veces dejo de pescar y me dedico a contemplar este fabuloso espectáculo, temeroso de romper tan maravillosa armonía. Cuando por fin me centro en mi tarea, me dejo llevar por la corriente, haciendo esperas entre dos aguas. Al aparecer mis presas preferidas, sobre todo peces limón, no las miro directamente. Llevo cogido el fusil con las dos manos, la posición del soldado le llaman los norteamericanos, y según se acercan las presas, sin mirarlas directamente, voy apuntando sin movimientos bruscos. Las sensaciones son fantásticas. Incluso la constante presencia de tiburones ha dejado de afectarme ante tal espectáculo. Y precisamente aquí he vivido una de las experiencias más impresionantes, que difícilmente olvidaré. En una de las esperas, dejándome llevar por la corriente, ha surgido una enorme sombra del azul. Todos mis músculos se han tensado inconscientemente: no sabía ante qué me enfrentaba. A gran velocidad, la imagen de un pez enorme ha ido tomando forma. Cuando ha llegado a unos tres metros, me ha rodeado tranquilamente, estudiándome con su gran ojo. Extasiado por la escena, e impresionado por su gran espada, he sido incapaz de disparar. Un gran marlin, varias veces mayor que yo, estaba frente a mí. Y no he sido capaz de reaccionar. Da igual, reconozco que hubiera podido ser la captura de mi vida, pues calculo que rondaría los 300 kilos, pero haber disfrutado de semejante escena colma todas mis ilusiones.
Una huida desesperada
Desgraciadamente, después de dos semanas increíbles en este lugar paradisíaco y aislado, cuando me creía libre de los males de este país, ha sido la tragedia quien me ha hecho volver a la cruda realidad. Esta mañana parecía que la gente de nuestro pequeño campamento se había vuelto loca. Había pánico en sus caras, y todo eran prisas por embarcar y volver a Bahía Solano. En el frenesí de la huida, y esto era lo único que era evidente, estábamos huyendo, nadie se paraba a aclararme lo que sucedía. Pronto he dejado de perder el tiempo pidiendo explicaciones, pues, sin duda, si no me daba prisa me quedaba en tierra. Una vez de que nos hemos alejado de la costa, con algo menos de tensión, he sabido con detalle la triste noticia. Al amanecer, varios pescadores de un poblado cercano, situado a unos diez kilómetros hacia el norte, han llegado muertos de miedo dando la voz de alarma. Hace muy pocas horas, una banda armada ha aparecido por sorpresa y ha matado a varias personas sin más explicaciones. Esta es la constante esencia agridulce que produce este país.
Contrabandistas
Saturado de emociones de todo tipo, de vuelta en Bahía Solano, he decidido continuar mi camino. Panamá está ahí al lado, pero salir de este lugar aislado no parece que sencillo. No quiero pasar por el calvario de volver al interior del país, pero no sé cómo lo podré solucionar. Hablando con la gente del pueblo, me han dado una solución algo arriesgada pero que al final será la llave que me va a abrir las puertas de Panamá. Aunque parezca curioso, no existe un control excesivo, al menos por mar, entre las fronteras de estos dos países, y los contrabandistas operan con impunidad. Y, sencillamente, me he puesto en contacto con uno de ellos. Una vez al mes viaja hasta Panamá, y su especialidad es el “transporte” de electrodomésticos. El inevitable regateo, una herramienta imprescindible para el viajero, ha sido duro, y hemos cerrado el trato en 30 dólares.
Bienvenido a Panamá
Tras doce horas de navegación, bordeando una costa en la que la selva lo llena todo, llegamos a Puerto Piña, ya en territorio panameño. Aunque parezca mucho tiempo, el viaje no se me ha hecho largo, y eso que íbamos cinco personas, con nuestra “carga”, en un bote de fibra propulsado por un motor de 40 caballos, con una mar bastante agitada y entre fuertes aguaceros. Puerto Piña es un pequeño poblado pesquero, habitado mayoritariamente por indígenas y gente de color, donde se respira un ambiente muy tranquilo. Ante todo, la primera obligación es formalizar mi entrada en el país. Para ello me dirijo al pequeño destacamento de policía donde, tras una distendida charla en la que les explico que me han traído unos pescadores, me sellan mi pasaporte sin ningún problema: bienvenido a Panamá.

Agua sucia y tiburones: una mala combinación
No me ha costado encontrar alojamiento, aunque aquí lo único lujoso es la naturaleza. Tampoco he tenido problemas para convencer a un pescador para que me lleve con él (le pagaré el favor con el pescado que capture). Lo que más me ha llamado la atención es que ningún lugareño practica la pesca submarina. De hecho creo que prefieren ser fusilados antes de meterse al agua a pescar. Para mí es un miedo irracional, pero es algo generalizado en este pueblo.
El color del agua no deja dudas sobre lo que me espera. Después de varias horas de buena pesca, de pargos y corvinas sobretodo, lo más preocupante es que los pequeños tiburones de puntas blancas se muestran descarados y agresivos. Así, mientras hacía una espera, me ha aparecido uno de frente, e instintivamente le he disparado a bocajarro. No entiendo de qué están hechos estos animales, pues su agonía, y esto es lo que más siento, ha sido larga. El disparo era mortal, pero me ha costado mucho capturarlo. De cómo me ha dejado la varilla, mejor ni hablamos. Lo único que he sacado de positivo de esta experiencia es que ante un ataque decidido de un tiburón, aunque no sea muy grande, el ir armado con un fusil no te da ninguna garantía. Como en Ecuador y Colombia, impresiona pescar en estas condiciones, pero aquí no consigo relajarme. Y, como el panorama no parece que va a mejorar, he decidido continuar hasta la capital, donde podré reponer mi material. La idea que me anda rondando por la cabeza es la de relajarme un poco y cambiar de ambiente. Me propongo olvidar por un tiempo del Pacífico y pasar al Caribe, donde espero encontrar aguas cálidas y cristalinas, pues estoy saturado de tanta tensión, y me temo que voy a tener un susto de verdad en cualquier momento.
Archipiélago de San Blas

Por once dólares he comprado un billete en un barco, lleno de ratas, que va hasta la capital. Aquí no hay lujos. Los dichosos “animalitos” hacen difícil conciliar el sueño, y las 24 horas de viaje son pesadas en éstas condiciones. Al llegar, después de conseguir alojamiento en un modesto hostal, no se me ocurre mejor idea que preguntar en una tienda de buceo sobre las mejores posibilidades del Caribe panameño. Y he vuelto a tener suerte, pues ellos me han puesto en contacto con dos buenos pescadores de la ciudad, Marcelo y Bill, que me han recibido estupendamente. Me han hablado del archipiélago de San Blas y de los indígenas Cuna como la mejor opción. Además, me han dado el nombre de un pescador, el mejor de aquellas aguas. Como a estas alturas necesito unas vacaciones, ni me lo pienso. Parece una broma pero después de tantos meses pescando grandes peces con agua turbia, la idea de hacerlo en otras condiciones se hace irresistible. Aguas tranquilas con una visibilidad ilimitada forman parte de mis sueños. La forma habitual de acceder a las islas es una avioneta que sale desde la capital, y, aunque a estas alturas de viaje me cuesta pagar estas comodidades, parece que es la opción más lógica. Otra cosa que me preocupa es que, por lo que me cuentan, los Cunas son una comunidad muy interesante pero que difícilmente se mezcla con los extranjeros si no es para sacarles el dinero.

Tras pagar los cincuenta dólares del billete, un chollo dicen, en poco más de una hora me encuentro sobrevolando un mar tranquilo, salpicado de islas e islotes. Al llegar a la Isla de San Blas, pasa lo que me esperaba: todo el mundo pretende meterme en la ruta turística, y nada más lejos de mis intenciones. Bambino será la palabra clave. Al mencionar el nombre de este pescador, algunas cosas cambian, y consigo que me lleven a la isla donde vive, pues he dicho que vengo a visitarle. Bambino es un pequeño y enjuto pescador que me recibe con amabilidad pero con ciertos recelos, como es normal. Todos son muy amables pero ahora entiendo a qué se referían cuando me decían que no quieren mezclarse con los extranjeros. Como otras tantas veces en los últimos meses, la paciencia y contar las historias de mi viaje me han abierto la posibilidad de quedarme, previa consulta con el jefe del poblado. Pero, eso sí, me advierten que debo comportarme dignamente y no causar el menor problema, y, sobretodo, nada de cortejar a las jóvenes de la isla (esto no admite ni bromas ni discusiones). Bambino me alojará en su casa, y tendré que pagar la estancia en dólares o trabajando. Mi intención es pasar mucho tiempo aquí, y será difícil encajar en una comunidad bastante hermética y en una isla en la que, caminando despacio, recorres su perímetro en 15 minutos.
Pescadores de langostas

En este tranquilo poblado la vida empieza muy temprano. Bien en pequeñas motoras o a remo, los pescadores llegan hasta los arrecifes cercanos donde, con un equipamiento escaso y anticuado, pescan langostas en apnea utilizando un palo y un lazo. Es importante hacerlo así pues esto les permite cogerlas vivas y mantenerlas en viveros hasta que llegue la hora de transportarlas a la capital. A su lado, mi equipo de pesca parece sacado de una película de ciencia-ficción. Verles bajar a 25 metros, con unas enormes gafas y unas pequeñas aletas, es todo un espectáculo.

Mientras se suceden sus rápidas inmersiones, me dedico a buscar peces por los alrededores. Las comparaciones son odiosas, pero inevitables, pues venir del Pacífico de pescar peces de más de 15 kilos y pasar a coger peces de 4 ó 5 kilos, como mucho, es todo un cambio. Pero la presión de ser admitido como uno más de la comunidad, siéndoles de la mayor utilidad posible, hace que trabaje más duro si cabe. La versatilidad es una cualidad muy importante para un viajero, y, añadiría, una de las más importantes para un pescador; y así, olvidándome del Pacífico, he adaptado mi ritmo de pesca y el equipo a esta nueva situación. Como si de un reto se tratara, me dedico a pescar, entre los arrecifes, pargos, chernas, barracudas, y meros tropicales, en un autentico frenesí de disparos. De esta forma he conseguido muchas piezas que han servido para sorprender y complacer a mis compañeros: hoy ha sido un día muy rentable para ellos, y yo he dado un paso más para mi integración.
Trabajo e integración
Los días transcurren tranquilamente en esta idílica isla. Poco a poco voy notando que sus perjuicios iniciales van disminuyendo y me siento más cómodo entre ellos. Son gente con mucho carácter, pero sencillos en sus costumbres, alegres y trabajadores, para quienes el bien de la comunidad está por encima de todo. Defiende su cultura con todas sus fuerzas, y por ello rechazan las influencias extranjeras. Viven como siempre han vivido, en sus cabañas de palma y sin lujos. Aquí he encontrado un oasis de tranquilidad que creo me costará dejar. Noto que cada día son más abiertos y francos conmigo. Además de pescar, no hay mucho que hacer en la isla, de forma que aprovechamos para tener largas conversaciones. Entre otras cosas, los pescadores me previenen totalmente contra los tiburones, y me cuentan historias muy recientes sobre varias tragedias. Así como en el Pacífico la abundancia de comida parece que los hace menos agresivos, aquí es al revés. Se ven pocos pero cuando aparecen es porque están hambrientos. Otra cosa que he aprendido es que para ellos el rey de los peces es el “mila”, que nosotros conocemos como sábalo o tarpoon. Desgraciadamente, los abusos cometidos durante años han hecho que estos peces sean muy escasos en esta región. Escuchándoles, y viendo la pasión con la que hablan de este formidable pez acorazado, he visto la oportunidad ideal para que la comunidad me abra sus puertas definitivamente.
El reino de los grandes sábalos
Tras varios días recogiendo información sobre los lugares donde solían pescar sábalos, y sus costumbres, he convencido a Bambino para que me lleve al arrecife que parece más interesante. Cuenta que los solían pescar al atardecer, cuando los bancos de sardina se acercaban a los arrecifes. Mi intención es muy sencilla. Posarme sobre el fondo cuando vea aparecer un banco de sardinas, y hacer esperas para ver si consigo capturar algún pez, una táctica que en Venezuela y Brasil me dio unos resultados fabulosos con las barracudas. Al principio, cuando aún falta más de una hora para que se ponga el sol, no obtengo ningún resultado: ni se ven sardinas ni aparecen los sábalos. Pero la paciencia casi siempre tiene su recompensa; cuando parecía que iba a fracasar, he visto el primer banco de sardinas. Sus constantes bandazos indican que algún depredador anda cerca. Sin pensármelo, me poso en un fondo de unos diez metros. Con una visibilidad increíble, a pesar de que cada vez hay menos luz, el espectáculo es fabuloso. Un grupo de grandes sábalos está atacando a las sardinas, y cada vez los tengo más cerca. Al final, su curiosidad hace que se acerquen y así tengo mi primera oportunidad. Disparo a contraescama a un gran ejemplar, que al sentirse herido empieza una frenética huida. El espectáculo es impresionante. Un gran pez pegando grandes saltos fuera del agua intentando liberarse de la varilla, no se ve todos los días. Soy consciente de que la situación es delicada, y que al menor descuido perderé la pieza. Procuro jugar con la tensión del hilo para reducirlo, pero entre tanto salto no es fácil. Desgraciadamente en uno de los saltos ha partido la varilla y lo he perdido. Cierta frustración se apodera de nosotros, pero aún quedan unos minutos de luz, durante los que consigo pescar dos ejemplares menores. La cara de Bambino ya reflejaba una gran felicidad, pero al llegar al poblado mi sorpresa ha sido mayúscula. La reacción de todos, ante la visión de los dos magníficos peces capturados, ha sido increíble, de auténtico lujo. Lo han celebrado por todo lo alto (nunca, en ningún lugar, nadie había celebrado tanto una de mis capturas), y todo el mundo nos felicitaba de una manera franca y abierta. Yo también me he sentido especialmente feliz, no por lo que haya pescado sino porque veo que la comunidad me ha aceptado.
Durante las siguientes semanas he tenido ocasión de coger varios sábalos más, incluso uno 50 kilos, siempre al amanecer o al atardecer. Son cuarenta minutos mágicos, y durante el resto del día sólo queda seguir pescando pequeños peces a buen ritmo, o pescar langostas como mis amigos. Ahora nadie me habla con desconfianza, y lejos de querer cobrarme por mi estancia, los pescadores venden mis capturas y, además, me dan mi parte correspondiente. Si esto no es el paraíso, se le parece.
Hiperventilación y “apagones”
Si algo hay algo peligroso en la pesca submarina, es la hiperventilación, y los Cunas pueden decirnos mucho al respecto. Su forma de pescar es una de las más peligrosas que he visto. Hiperventilan siempre, en superficie o sentados en la borda de la embarcación, y los sustos son constantes. En los dos meses que llevo aquí han muerto dos pescadores y los “apagones”, como dicen ellos, son casi diarios. Por eso siempre pescan en grupos y casi siempre evitan lo peor. Siguen un patrón invariable: respiran provocando una clara hiperventilación, se sumergen aleteando muy rápido, localizan la langosta, la enlazan y vuelven a subir muy deprisa. De esta forma, si se entretienen un poco más de la cuenta con la captura, el accidente está garantizado. Todos los pescadores hablan tranquilamente de los muchos apagones que han tenido en su vida, veinte es una cifra muy normal, aunque Bambino, el mejor de ellos, sólo habla de dos.
El Pacífico de Chiriquí
Sin darme cuenta, falta poco para que se cumpla un año desde que empezó mi viaje, y tengo que preparar mi regreso. Despedirme de la gente del poblado ha sido difícil, pero he de continuar mi camino. De nuevo en la capital, y mientras busco un billete de avión a buen precio, he vuelto a quedar con Bill y Marcelo. A ellos lo que realmente les gusta es pescar grandes peces en alta mar, y por eso hemos quedado para ir a pasar el fin de semana a la zona de Chiriquí, a 500 kilómetros de la capital, en el Pacífico. Y esta es una de las cosas que más me gustan de Panamá, en lo que a posibilidades de pescar se refiere. En unas pocas horas puedes pasar del Caribe al Pacífico: una auténtica gozada.
Tras un cómodo viaje en coche, llegamos muy temprano a nuestro destino. El mar está turbio en la costa, pero nuestra intención es ir a unos bajos lejanos. Gracias a los contactos de mis amigos, un pescador local nos llevará hasta el lugar deseado. Llama la atención las armas que usan aquí. Sus fusiles de madera norteamericanos, de 1’5 metros, con cuatro gomas y largas varillas de 8 milímetros con la punta zafable, son enormes si los comparamos con los míos. A pesar de su imponente aspecto, me queda la duda sobre su eficacia y precisión.
En mi primera zambullida me encuentro con un panorama que ya conocía, pero no por ello menos interesante. Un mar con agua turbia y repleto de vida me vuelve a encender todos los sentidos. El descenso es en medio de un banco de jureles inmenso, de entre 15 y 20 kilos, a los que no hago ni caso, pues el objetivo es pescar grandes wahoos. Al alcanzar el fondo, a 20 metros, empiezo una espera en medio de espectáculo fascinante. Si no fuera porque tengo claros mis objetivos, pescar cualquier pez de los que me rodean sería un trofeo estupendo. El primer wahoo no tarda en aparecer. La curiosidad lo ha atraído sin desconfianza. Su silueta plateada no tarda en estar a mi alcance, y el disparo sale instintivamente. Y empieza la fiesta, pues este pez es famoso por su combatividad. En pocos instantes desaparece todo el hilo del carrete, y necesito enganchar un segundo carrete antes de que el pez empiece a ceder. Aún así, con su portentosa fuerza, no puedo evitar que me arrastre más de 50 metros. Por fin consigo capturarlo, y, después de la sesión de esquí náutico, un nuevo surco en el cabezal de mi fusil queda como testimonio de la lucha habida. Lo más sorprendente es que el hilo que llevo lo aguanta todo. También mis amigos están haciendo de las suyas, y, observándoles, compruebo cómo funcionan sus armas. Sólo tengo una palabra para describirlas: impresionantes, por potencia, precisión y alcance. Sus disparos alcanzan a los peces aún cuando las distancias me parecen imposibles. El único inconveniente, además del precio (cerca de 80.000 pesetas), es que son lentas de rearmar, pero para este tipo de pesca son ideales.
Los peligros de la pesca en el azul
En contra de lo que imaginaba, los mayores peligros de la pesca en el azul no son los ataques de los grandes depredadores. Y este ha sido nuestro caso. He arponeado mal un wahoo y se estaba desgarrando rápidamente. Para garantizar la captura, Bill ha optado por rematarlo con su potente fusil. Entonces, mientras estabamos desenredando el lío de cabos que hemos organizado, han aparecido cinco peces limón. En vista de que los íbamos a perder, he cargado rápidamente mi fusil, con todo el hilo de mi carrete desenrollado, y he disparado. Y ahí he cometido un grave error. El hilo se ha enredado en mi pierna y el pez me ha arrastrado al fondo con él. Menos mal que ha ido perdiendo fuerza y ha empezado a nadar en horizontal, lo que me ha permitido controlar la situación. Y esto ha sucedido con un pez de unos 25 kilos; no quiero imaginar lo que puede pasar cuando uno mucho mayor, un gran atún por ejemplo, enreda a un pescador.
Los pocos días que me quedaban los he pasado con mis amigos pescando en las cercanías de la capital, en las islas de su bahía, que son de una riqueza increíble. Pero esto se acaba. Durante el último año me he enfrentado a muchas despedidas, pero esta es especial. Mi próximo destino no es un lugar exótico o desconocido: vuelvo a casa. El avión me devolverá rápidamente al punto de partida, y todo será diferente. Casi sin darme cuenta vuelvo a estar enlatado, como tantas otras veces durante este último año, pero ahora es distinto. Nada de lo que me rodea me da calor. Todo me parece aséptico y frío, y me siento como un extraño en medio de gente que me cuesta reconocer como a los míos. Hace unas pocas horas que me he despedido de mis amigos panameños: ha sido un hasta luego. Y mis emociones son contradictorias. Es verdad que deseo volver para ver a mi familia y a mis amigos, pero hay algo dentro de mí que me dice que no tardaré en continuar mi camino. Voy despertando, poco a poco, de un largo sueño. Parece que fue ayer cuando crucé el Atlántico en sentido contrario, lleno de dudas y con mucha ilusión. Ambas sensaciones persisten con otros matices, pero, ahora más que nunca, tengo una certeza: esta es mi forma de vivir.
Saber renunciar
Durante este viaje han sido varias las veces que he tenido que desistir de pescar por lo peligroso que era, y no quiero olvidarme de mencionarlo. Todas ellas se han dado en Pacífico, entre Ecuador, Colombia y Panamá. Como ya he contado varias veces, pescar grandes peces en aguas turbias no es una broma, y los sustos son habituales. Pero todo tiene un límite. Como ejemplo quiero contar lo que me sucedió en Ecuador. Los pescadores, viendo que era muy rentable, no repararon en gastos para llevarme a un bajo situado a diez millas de la costa. Todos estabamos muy ilusionados con la idea, yo el primero. Al llegar al punto deseado, la sonda se volvió loca. Marcaba un bajo que salía de los abismos, a unos 25 metros de profundidad, lleno de peces. Al tirarme al agua se me vino el mundo encima. La visibilidad era tan mala como en la costa y estabamos en la mitad del océano. Con todo el cuidado que se puede tener en estas situaciones, llegué hasta el fondo, y, parapetado dentro de una grieta, empecé una angustiosa espera. No pasaron más de diez segundos antes de ver las primeras sombras. En pocos instantes estaba rodeado de grandes peces. Podía ver el brillo de sus escamas, aunque distinguía con dificultad las especies, y, sin duda, había tiburones. No sabiendo cómo salir de aquel tremendo atolladero, decidí disparar a un gran pez limón. Salí disparado hacía la superficie liberando hilo del carrete, con la única preocupación de que los tiburones se ensañasen con el pez y no conmigo. Aunque conseguimos recuperar el pez intacto, no volví a sumergirme, para disgusto de todos. En situaciones tan extremas, hay que saber renunciar.
Épocas propicias para pescar
El Pacífico tropical y subtropical, en general, tiene 4 ó 5 veces más fauna, por poner una cantidad, que el Caribe o el Atlántico. Es de no creérselo. La mejor temporada para pescar en el Pacífico es cuando el agua está fría, en la estación seca, entre diciembre y marzo. Entonces apenas llueve y la termoclina está más arriba, por ello los peces también están a menor profundidad. Julio y agosto son los meses con agua más cálida, rondando los 28 ºC., pero los peces se encuentran a más profundidad, y llueve copiosamente todos los días. En cambio, la mejor época para el Caribe es de mayo a finales de octubre, aunque no son muy recomendables julio y agosto, pues también llueve bastante y el agua está más turbia.
Acorazados
Disparar a un pargo de 40 kilos requiere pensárselo mucho. Son auténticos peces acorazados. He llegado a ver cómo rebota una varilla de 7 milímetros, con un fusil con gomas dobles, después de haber disparado a la cabeza de uno. Otro tanto sucede con los sábalos. Parece imposible capturarlos. Sólo un disparo muy certero, detrás del ojo o a contraescama, con un fusil muy potente, da alguna opción. Aún así, se estropea o pierde mucho material, sobretodo si nos empeñamos en la pesca al agujero, siendo éste un aspecto muy importante cuando no es fácil reemplazarlo.
Un buen truco
Un truco que me ha funcionado varias veces es muy curioso. Se trata que cuando estás pescando en el azul, y te encuentras con una biomasa de pececillos, simulas la zambullida de los pájaros en el agua dando manotazos sobre la superficie. Parece que los peces grandes, al oír el ruido de las zambullidas, creen que los pájaros marcan los bancos de pececillos, y de esta forma curiosa he conseguido varias capturas.