
Texto: Josetxo Errondosoro
La cercanía del Polo Sur y del invierno austral se sienten cada vez más, y, tras varias semanas recorriendo Tierra del Fuego, ha llegado el momento de empezar la segunda fase del viaje. A partir de ahora, nuestro trotamundos viajará hacia el norte, por la costa del Pacífico. La meta es llegar a Panamá antes de que termine el año.
Encontrar alojamiento en Ushuaia es fácil, pues, desde hace mucho tiempo, este es un lugar muy visitado por los navegantes y trotamundos de todos los países. Aquí he conocido a Julio, el amable dueño del único centro de buceo. La temperatura del agua varía poco durante todo el año, entre 3 y 5 grados. Ahora, con el frío que hace fuera, nadie bucea por diversión, y, cuando mejora el clima, se usan trajes secos: no queda otro remedio. Aunque estamos fuera de temporada, Julio se ha ofrecido ha llevarme por los alrededores en su barca, y creo que le doy lástima cuando me ve con mi traje microporoso de 7 milímetros. Por lo que me dice, sé que no voy a encontrar muchos peces y he decido que será mejor dejar los fusiles para otra ocasión y utilizar mi cámara submarina en su lugar. Antes de poner las aletas en el agua, el frío me ha calado hasta los huesos, y el primer remojón no ha mejorado las cosas. Se hace duro aguantar una hora en el agua, pero con ilusión todo es más fácil. Los fondos son tenebrosos, con el agua brumosa, y están llenos de unas algas muy altas (“kelp”) y de grandes medusas. Apenas se ven peces, y lo que le da cierta animación es la presencia de pingüinos y leones marinos. De cualquier forma, esta no es una experiencia que sea recomendable repetir todos los días.

Camino a otras latitudes
A finales de Marzo grandes vendavales azotan la región, y cada día hace más frío. Tras bucear un poco y dar largos paseos a pié por los maravillosos alrededores de Ushuaia, entre glaciares y montañas espectaculares, ha llegado el momento de continuar mi camino. Durante las próximas semanas recorreré la cordillera de los Andes, haciendo travesías por los lugares más renombrados, como las Torres del Paine, el pico Fizt Roig, y el glaciar Perito Moreno, hasta llegar a Bariloche (Argentina). Desde allí bajaré hasta la costa chilena, a Puerto Mont, donde cogeré un “ferry” que me llevará hasta la isla de Chiloé.
Pescadores de marisco
Chiloé es famosa por sus preciosos paisajes, muy parecidos a los del norte de España. Al tocar tierra he indagado por el puerto sobre dónde puede ser más interesante pescar. Parece que no hay muchas opciones, aunque dicen que en Chonchi, un pueblo cercano en la costa Oeste, hay muchos pescadores de marisco. Sin pensármelo mucho he salido para allá. Tras conseguir hospedaje en una casa particular por poco dinero (Chile es mucho más barato que Argentina), he ido directamente al bonito puerto. Los pescadores al principio me reciben con cierta desconfianza. No entienden muy bien qué hace tan lejos de su casa un tipo larguirucho, con aspecto de pasar hambre, con la cara quemada por el sol de los Andes, y que quiere acompañarles en el barco mientras ellos trabajan. Con tranquilidad, les cuento mi aventura, y así van desapareciendo sus recelos, aunque ¿cómo alguien, en su sano juicio, quiere meterse al agua por diversión? Su trabajo consiste en recolectar erizos, pulpos, lapas, almejas y centollos. Y todo se vende a grandes compañías japonesas, que supongo no les importará mucho en qué condiciones trabajan ni las consecuencias para los pescadores.
Bucear con estufa
Sus embarcaciones de madera son muy curiosas. Dentro tienen una pequeña estufa de leña muy práctica y confortable. Se pasa tanto frío (el agua está a 10 grados y las jornadas duran unas 5 horas) que, de vez en cuando, hay que subir al barco, quitarse la parte superior del traje y recuperar algo de calor junto a la estufa, tomando a la vez un caldo caliente. Y eso que bucean con trajes de tipo chicle de 10 milímetros. Pescan en el canal que forman la isla y el continente. Por el lado del Pacífico no se puede, pues siempre hay grandes olas, resaca y agua sucia.
Con un mar en calma, mientras los pescadores hacen su trabajo, utilizando narguiles, me dedico a pescar por los
alrededores. Pronto entiendo las ventajas de tener una estufa a bordo, y me convierto en un asiduo a los cortos descansos que hacen los pescadores. El agua aquí también es brumosa y se bucea en medio de un tupido bosque de grandes algas. La presencia de leones marinos es constante y me he dado cuenta que su aparición equivale a escasez de peces. Con paciencia, haciendo pequeños acechos y esperas, voy llenado mi pasador con rollizos, unos pequeños salmónidos, y congrios, similares los nuestros pero con cuerpo de pez, que son apreciados y caros. Al terminar el día, parte del pescado se lo doy a los pescadores y parte a un restaurante, donde, a cambio, me dan de comer como a un rey.
Lecciones sobre la descompresión
A cualquiera que visite Chiloé le llamará la atención no sólo lo bonita que es la isla: nadie puede pasar por alto todos sus discapacitados físicos. Para quien sepa cómo se ganan la vida, la razón es evidente: están así por un accidente de descompresión. Pescan con compresores fabricados artesanalmente (utilizan bidones de cerveza a modo de calderínes de aire), sin filtros, bajando muchas veces a más de 40 metros, con el agua muy fría y durante mucho tiempo. Aunque todos tienen una idea de por qué tiene muchos compañeros sentados en una silla de ruedas, no saben cómo manejar las tablas de buceo, y, para ellos, volver a la superficie es algo que hay que hacer rápidamente, pues hace mucho frío y no es un tiempo provechoso. Cuando se han enterado de que sé de buceo y de tablas, me han rogado que les ayude, y así es cómo he acabado organizando un curso con unas 20 personas. Dudo que todos hayan sido capaces de asimilar lo explicado, pero si unos pocos salvan su vida será suficiente recompensa. A pesar de todo es difícil contestar a una de sus preguntas: “Bien, ya sabemos que tenemos que bucear tres veces menos, y ¿de qué comemos?”. No tengo una respuesta sencilla para eso.
Un viaje accidentado
Después de pasar poco más de una semana en Chiloé, voy de camino al norte de país. Pero un fácil traslado se ha convertido en una pequeña prueba de fuego. Aún en Chiloé, en una de las paradas de la ruta, he presenciado cómo una persona era atropellada por un coche: un accidente terrible. He reaccionado por instinto. Soy bombero de profesión y sé muy bien lo que hay que hacer en estos casos. Y mis problemas han empezado ahí. En el calor de la situación, el conductor del autobús ha seguido su marcha, llevándose todo mi equipaje y mi dinero. Para cuando me he dado cuenta era demasiado tarde. Aunque gracias a la ayuda de un amable conductor he llegado hasta el puerto donde se coge el “ferry”, éste ya había zarpado. Afortunadamente Chile es un país lleno de gente estupenda, y gracias a la colaboración de la policía he conseguido llegar a Puerto Mont, donde he recuperado todas mis cosas intactas. Pero los problemas no acaban ahí. Mi intención era llegar a Santiago al amanecer, después de pasar toda la noche durmiendo en el autobús que debía coger al cruzar el canal, pero no ha podido ser. Y aquí estoy, en Puerto Mont. Es casi media noche, y no me han dejado quedarme dentro de la estación de autobuses. Sin saber muy bien a dónde ir, y dormir en la calle es arriesgarse a morir congelado, me he dejado aconsejar por los vigilantes de la estación. Así he acabado pasando la noche en una institución de beneficencia, rodeado de borrachos e indigentes, un lugar sucio y pestilente cuya única ventaja es que nadie se muere de frío.
Pesca profesional con Ramón Cortés
A medida que pasan los kilómetros el paisaje cambia mucho. De las verdes praderas de Chiloé he pasado a las áridas zonas del norte del país. Después de pasar un par de días en Santiago, voy al encuentro de Ramón Cortes, un gran campeón del que me han hablado estupendamente. Tras pasar toda una noche y parte del día enlatado, por fin llego a un pequeño pueblo a orillas del mar, donde se puede oler la tranquilidad. Encontrar un alojamiento sencillo no ha sido un problema, como tampoco lo ha sido dar con Ramón. “Motoso”, como se le conoce, es una persona encantadora, que desde el primer momento a mostrado su buena disposición para salir a pescar conmigo. Este hombretón de 44 años, ha estado 17 años en la selección chilena, ha sido varias veces campeón de Chile y Sudamérica, y en el 83 fue cuarto en el campeonato del mundo. Vive de la pesca submarina y de la recolección de marisco. Su zona de trabajo está entre Huasco y Pan de Azúcar, y durante las próximas semanas espero poder ayudarle.
En nuestra primera salida, no tardo en descubrir, asombrado, cómo pesca Ramón. Además de conocer la zona perfectamente, su ritmo de pesca es altísimo. Constantes bajadas, generalmente entre 10 y 18 metros, con recuperaciones cortísimas, y una efectividad asombrosa: esa ha sido su carta de presentación. Aunque estoy bien preparado, seguir su ritmo no es sencillo, y el primer día nuestros pasadores muestran una diferencia importante. Poco a poco, mi amor propio y lo que voy aprendiendo, hacen que no haya tanta diferencia, pero sigo asombrado de la capacidad física y de la puntería de este hombre.
Ladrones de peces
Las salidas normalmente son desde tierra, y, en consecuencia, es obligado llevar una boya. No sólo por seguridad, sino porque no me imagino llevar colgado de la cintura el resultado de seis horas de trabajo. Una peculiaridad de los fondos chilenos es que cuanto más al norte menor es el tamaño de las algas. Con el agua a 13 grados, y eso que no paramos, acabo pasando frío. Se practica todo tipo de pesca, pero lo mejor es buscar en los agujeros o hacer acechos. Según me desplazo por un fondo lleno de algas me encuentro con pejeperros, viejas, abadejos (tipo bacalao), hachas, grandes cabrillas… que generalmente están cerca de sus refugios. El arma ideal es un fusil de 90 ó 100 centímetros, con arpón de 6 milímetros, y unas gomas de 16, no muy duras, pues hay que cargar muchas veces el fusil. La tónica general es hacer muchos tiros rápidos a piezas no muy grandes. También se pesca en la rompiente, pero es difícil, no porque falten peces sino porque son muy nerviosos debido a que en determinadas épocas del año hay muchos, y buenos, pescadores en el agua. Casi siempre hay bastantes olas, pero el agua es limpia, y el mayor “problema” son los leones marinos. Ramón me había hablado de sus disputas con estos animales, y también me ha tocado a mí. Estaba delante de unos grandes bloques, esperando a que se decidiera salir una hermosa vieja, cuando una sombra me ha sobresaltado. Al mirar hacia arriba, un león marino me ha deleitado con un amplio repertorio de piruetas. Después de disfrutar de las acrobacias del incansable animal, he continuado esperando hasta que la curiosidad de la vieja ha podido más que su miedo. Según subía con el pez, un pensamiento me ha puesto en guardia. Al recordar las historias contadas por Ramón, he nadado rápidamente hacia mi boya. Y allí estaba, zapándose a placer lo que tanto me ha costado pescar. La discusión ha durado varios minutos, pero al final mis “razones” lo han convencido. Varios peces han sido el pago de mi despiste, y ahora entiendo la rabia que siente Ramón, pues el pan de su numerosa familia no entienden las gracias de estos simpáticos animales.
A 4000 mil metros de altura
Han pasado cuatro semanas desde que me encontré con Ramón y, a mi pesar, debo continuar viajando. Durante estos días he tenido tiempo para todo, hasta para hacer vida social. En este pueblecito costero me siento como en casa, y es en estos momentos, sin la tensión del viaje, cuando siento un poco de añoranza y me doy cuenta que han pasado seis meses desde que empezó mi aventura. Por otro lado, mi economía se ha recuperado un poco, pues aquí la pesca se aprecia y el trabajo hecho cunde lo suficiente como para pagarme el mantenimiento. Pero la diversidad de ambientes naturales y sociales es uno de los grandes atractivos de viajar, y, andando por estos parajes, es difícil resistir la llamada del Altiplano. De esta forma, pasaré las próximas semanas viajando por lugares que superan los 3500 metros de altitud.

El clima y la ausencia de escrúpulos: una combinación devastadora
Conocer el Altiplano ha sido una experiencia increíble. La disminución del oxígeno y los 40 kilos de equipaje sólo han sido un pequeño inconveniente en comparación a todo lo que he tenido la suerte de conocer y disfrutar. En Cuzco ha terminado mi recorrido andino, y el viaje hasta Lima lo he hecho en un destartalado autobús, pasando por unas carreteras que discurren rodeando unos precipicios de vértigo; pero para precipicios los de Bolivia, donde en algunas zonas llevaba la ventana del autobús abierta, aunque a más de uno le pueda parecer exagerado o gracioso, por si se daba el caso de tener que “evacuar” urgentemente alguno de aquellos viejos cacharros.
A pesar de mis ansias por volver al mar, Perú me ha defraudado. Aunque en Chile ya me habían adelantado algo, al llegar me confirman las malas nuevas. Según me cuentan, los efectos combinados del fenómeno de la Niña del año 95 y los abusos de gentes sin escrúpulos, no sólo pescadores, que han utilizado grandes redes de deriva y dinamita para pescar, han acabado con la riqueza pesquera del país. Al principio me ha costado entender a qué se referían, pero ha bastado la primera visita a la costa para verme obligado a asumir lo obvio. Durante varios días, con la ayuda de los hermanos Mimbela, hemos intentado, en vano, dar con alguna zona interesante, siempre al norte del país (al sur es aún peor). El agua está turbia y fría, y apenas se ve vida. En estas condiciones, las pescas son escasas y las condiciones de vida para los pescadores son muy duras. Esto se refleja en su ánimo, que, después de tantos años malos, está muy afectado. Con este panorama, mi estancia en Perú va a ser breve. Y más si mi próximo destino, Ecuador, tiene fama de ser fabuloso.
Ecuador: grandes emociones
Llegar hasta Solano, un pequeño poblado de pescadores a orillas del Pacífico, ha sido una suerte. Esta es una de las mejores zonas de pesca pues el resto de Ecuador está repleto de ríos, y predomina el agua sucia. La gente es simpática y receptiva, y no ha sido difícil dar con quien me dé alojamiento y me lleve a pescar. Eso sí, pagaré la estancia trabajando. Su principal actividad es la pesca de langostas con compresor. Normalmente, se puede pescar todo el año pero debido a que la corriente del Niño (se llama así porque aparece hacia el 24 de diciembre) actuó con fuerza el año pasado, aún en Junio, el agua está turbia y hay grandes corrientes. Además, desgraciadamente, un pequeño temporal hace que los pescadores no salgan a faenar, y me ha costado bastante convencer a uno para que me lleve un par de horas a una zona más protegida. Las primeras impresiones no son siempre acordes con la realidad, pero en mi primera zambullida presiento que aquí las cosas van a ser distintas. Al sumergirme en un mar bastante más cálido que en Chile (sobre los 18 grados), que me permite usar mi traje de 5 milímetros, encuentro un espectáculo fabuloso. Jureles, castañuelas, peces loro, trompeteros, peces globo de colores curiosos, y un sinfín de pequeños pececillos, son vigilados muy de cerca por magníficas sierras, pargos, gallos y peces limón. Un espectáculo increíble. Ante mis ojos se repite una y otra vez la misma escena. Los grandes depredadores permanecen escondidos en un fondo muy turbio desde donde atacan velozmente a sus presas, y es ahí donde pienso pescar. La visibilidad no supera el metro y medio y, al principio, permanecer en el fondo es una prueba para mis nervios. Estar rodeado de grandes sombras y constantes ruidos de coletazos hace que la adrenalina me salga hasta por las orejas. Pero la recompensa no se hace esperar. En un abrir y cerrar de ojos, la cubierta de nuestro bote está llena de grandes peces, para sorpresa y deleite de mi compañero. De cualquier forma, no he podido evitar durante todo el día la sensación de estar cometiendo una temeridad. La tensión que se vive es difícil de describir, y aunque los pescadores dicen que no se ven muchos tiburones peligrosos, no puedo evitar pensar: “basta que haya uno”. Según pasan los días, me he ido acostumbrando y estoy disfrutando plenamente de cada captura. Además, cada vez que un bajo se limpia, aparecen grandes chernas y abadejos, que, por mucho que afino mi puntería, no resulta sencillo capturar sin destrozar parte del material. Después de los resultados del primer día me he ganado toda la confianza de los pescadores, y el estado de la mar ha dejado de ser un problema. La pesca con esta gente es muy selectiva, sólo buscan grandes peces que por su tamaño tiene buena salida comercial.
Isla de la Plata: santuario de vida
Al mejorar la mar, los pescadores se preparan para hacer una expedición de varios días a la Isla de la Plata. Cuentan que es un lugar con una riqueza pesquera excepcional. Los preparativos no duran mucho, y pronto embarcamos en unas sencillas embarcaciones que van repletas de pertrechos de pesca, hielo, agua y comida. Mi interés en visitar ese lugar no es sólo por pescar; dicen que en esta época se ven muchas ballenas, y la posibilidad de nadar entre ellas me llena de emoción. La travesía no es muy larga (unas tres horas), y nos han acompañado varias manadas de delfines; a lo lejos hemos podido ver muchos surtidores de agua: las ballenas no están lejos. Al llegar, mientras parte del grupo monta el campamento, otros empezamos a pescar. En mis primeros minutos en el agua, los constantes chillidos de las ballenas me llenan de inquietud y añaden un punto más de tensión a pescar con agua turbia. La pesca es fabulosa y no paramos de embarcar grandes peces, pero esto ya no es lo que más me impresiona de este paraje. No tengo palabras para describir un lugar en el que, en poco tiempo, he buceando entre cientos de rayas, grandes mantas, tortugas y peces de todo tipo, tiburones incluidos, donde, por poner un ejemplo, la concentración de cientos de pargos puede dar la sensación de que el fondo está a 15 metros, cuando en realidad la sonda marca más de sesenta. Y si a eso le añadimos varias ballenas saltando cerca, se podrá comprender mejor cómo son las cosas.
Como decía, pescar con agua turbia, entre constantes chillidos de ballenas y ante algunos tiburones, aparentemente, no agresivos, no resulta fácil. Aunque siempre procuro no alejarme mucho de la embarcación, los sustos son constantes. Lo más gordo ha venido cuando una enorme ballena jorobada ha tenido la cortesía de visitarme mientras pescaba sobre un bajo, lejos de la costa. Me he sentido el ser más pequeño del mundo, insignificante en comparación con su descomunal tamaño. Pero tampoco creo que olvide fácilmente otros dos acontecimientos. En los muchos espumeros que se forman alrededor de la isla, como si se tratara de sargos, grandes pargos acechan a sus presas. Disparar bien a estos grandes peces es difícil, y casi siempre se acaba estropeando mucho material. No he resistido la tentación y cuando había cogido un par de buenos ejemplares he tenido otro gran susto. Estaba haciendo acechos en la espuma, cuando repentinamente he visto que una gran sombra se abalanzaba sobre mí. Paralizado, he oído mi propio grito. Un gran tiburón gata ha salido huyendo del espumero, y, prácticamente, me ha arrollado. Mi corazón ha dejado de latir hasta que me he dado cuenta de qué tipo de tiburón se trataba. El segundo susto ha sido más bien un aviso. Sobre un bajo, con muy poca luz por lo tarde que era, sentía una gran tensión. Algo me decía que no debía estar ahora ahí. Un par de grandes tortugas han surgido de la parte profunda del bajo. Al principio me ha costado distinguir su silueta. Sólo veía dos grandes manchas que se movían lentamente hacia mí. En breves segundos he pasado de poner una cara simpática a poner una mueca de horror cuando he visto que una de ellas nadaba con muchas dificultades: le faltaba un cuarto trasero completo de su cuerpo, caparazón incluido, de lo que se veía claramente era el mordisco reciente de un gran tiburón. Su silueta de galleta mordida y los jirones su carne no me han dejado indiferente.

De camino a Colombia
Las vivencias durante las tres semanas que llevo en Ecuador han sido increíbles, con gente estupenda y una fauna variada e impresionante. Eso sí, en mi cabeza lucen unas canas que no tenía al llegar. Por lo bien que se ha portado, y para aligerar algo mi equipaje, he regalado mi traje de 7 milímetros a uno de mis amigos; a partir de ahora no lo voy a necesitar. También he tenido suerte en otro aspecto, he conseguido la dirección del dueño de una pesquera en Colombia, en la que han trabajado varios de mis amigos, y hacia allí tengo intenciones de dirigirme (continuará).
Pesca en el Altiplano
Viajar con todo el equipo encima tiene muchos inconvenientes y alguna ventaja. Al llegar al lago Titicaca, y tras haber escuchado muchas historias sobre el oro que habían arrojado allí los Incas, no he resistido la “fiebre del oro”. Varias expediciones ¿científicas? han rastreado sus fondos, empleando muchos medios técnicos, entre ellos el famoso Jacques Cousteau. De lo obtenido poco se sabe. Sin muchas contemplaciones, ante la mirada incrédula de los lugareños, me he enfundado mi traje de buceo y me he dispuesto a divertirme un rato. La primera sorpresa ha sido al preparar la primera apnea. A casi cuatro mil metros de altura, la falta de oxígeno hace que la ventilación sea muy difícil. En unos fondos tenebrosos, llenos de pequeñas hierbas y ranas, las apneas apenas llegan, con mucho esfuerzo, al minuto. Pronto se ha curado mi “fiebre” y he salido del agua. La segunda sorpresa ha venido entonces. Los indígenas me han aconsejado seriamente que deje de buscar por los fondos del lago, pues hay no sé cuantas maldiciones que protegen los tesoros que guardan sus aguas. Su insistencia, no puedo negarlo, a causado efecto, y cuando iba a quitarme el equipo me han hecho una propuesta curiosa. Querían que les pescase unas ranas, pues sus ancas son un manjar muy apreciado. Hasta ese momento no me había dado cuenta de ese otro tesoro del lago. Unos cuantos sacos de batracios han ido a parar a manos de los indígenas, un trabajo que ha servido para conjurar las posibles maldiciones que pudieran afectarme, y que me ha dejado otra curiosa anécdota para contar.