CUADERNOS DE PESCA DE UN VIAJERO. RUMBO AL SUR (capítulo 3)

Texto: Josetxo Errondosoro

Las sensaciones vividas durante las últimas semanas han sido increíbles. Con Paulo Pacheco la pesca submarina adquiere otra dimensión, en todos los aspectos. Pero a su pesar, nuestro viajero va a tener que desplazarse más deprisa, pues Tierra del Fuego aún queda lejos y el verano austral se acaba.

Mapa3Veinte horas de autobús me separan de Río de Janeiro. Esta vez no volveré hacia atrás, como cuando he estado allí con Paulo. Además, tengo ganas de relajarme un poco del frenesí vivido en Abrolhos y sus alrededores. Llevo varios días pensando en todo el tiempo que estoy empleando en visitar Brasil, y el calendario empieza a protestar. Si quiero hacer las cosas bien, no me puedo dormir. Hay mucho por ver, y, aunque un año parece mucho tiempo, empiezo a tener la sensación de que voy a andar escaso de tiempo para cumplir con todos los objetivos de esta primera etapa. De cualquier forma, tengo que emplear menos de dos meses en llegar a Tierra del Fuego.

Río de Janeiro: como el Mediterráneo, pero con muchos meros

Si sobrevivo a estas palizas de autobús será un milagro, y esto sólo acaba de empezar. Esta vez el que me espera en Río es Francisco Loffredi, un amigo “carioca” que hice durante mi estancia en Salvador de Bahía. No consigo borrar de mi cabeza lo que allí me decía: “Te va a gustar Río. La ciudad es muy bonita, este año el agua está bastante limpia y templada, y hay muchos meros”. ¿Qué querría decir “muchos meros”? Pronto saldré de la duda. Tengo que admitir que, después de pescar tantos peces pelágicos, me seduce la idea de practicar un tipo de pesca que conozco más.

Francisco no ha tenido compasión conmigo. Según he llegado, justo me ha dado tiempo para instalarme en su casa. Para cuando me doy cuenta, me encuentro navegando entre los canales de esta preciosa ciudad. Cansado, pero con mucha ilusión, empiezo mi visita a esta zona. Para empezar, pescaremos enfrente de la misma ciudad, en las Islas Cagarras y Tijucas, y durante los próximos días visitaremos los alrededores de la provincia.

En este bonito entorno, me parece difícil que, con la ciudad y sus rascacielos y sus playas, rebosantes de gente, tan cerca, vaya a haber mucha vida. Pronto salgo de la duda. En mi primera zambullida, con buena visibilidad, me encuentro con un fondo más parecido al del Mediterráneo que al tropical, y no tardo en comprender el significado de las palabras de Francisco. Para que os hagáis una idea, imaginad que estáis en las Islas Baleares, pero con un fondo lleno de mucha vida, pececillos multicolores por doquier, y… ¡muchos meros! Ante semejante panorama el cansancio del viaje ha desaparecido como por arte de magia. Aquí, por las especies de peces y por el paisaje marino, la pesca deja de ser tropical para parecerse más a la del Mediterráneo

Zambullida tras zambullida vamos llenando nuestros pasadores, pero no tan fácilmente como hacia esperar la Joseba 11abundancia de peces. Hay muchos meros, sí, pero son muy nerviosos y corren mucho. Al contrario de lo que sucede en el Mediterráneo, el mero, de aspecto idéntico al que se ve allí, no tiende a quedarse quieto en su agujero, y se desplaza continuamente, a gran velocidad, de una a otra piedra. No hay dudas de que este comportamiento es debido, en gran parte, a la abundante presencia de pescadores submarinos en la zona. Pero, aún así, la gran riqueza de estas aguas, surcadas por corrientes repletas de nutrientes, hacen que la vida se regenere a gran velocidad, a pesar de la presión humana.

La termoclina marca la diferencia

En estas latitudes, las corrientes nos pueden sorprender mucho, haciendo cambiar rápidamente la visibilidad y la temperatura del agua, así como el número de peces. Este año la pesca en Río de Janeiro, y sus alrededores, está siendo buena, pues en enero entró una corriente del sur que limpió y calentó el agua. Durante estos días he cogido, con mucha paciencia, unas bonitas piezas, entre las que se pueden destacar dos meros, uno de 17 kilos y otro de 20, y varios “saltones” (abadejos). La técnica utilizada es la misma que la del Mediterráneo. Lo que más me está llamando la atención es la influencia de las termoclinas, que aquí son más variables y pronunciadas, haciendo que los peces cambien mucho de lugar. Básicamente, la termoclina marca la división entre el agua limpia y la sucia,  y es en esa franja donde más peces he encontrado, siempre un poco por encima de la termoclina. Hay veces que el cambio de temperatura está a más de 30 metros, pero, en ocasiones, también puede estar a 5 metros. Es curioso ver a todos los peces, meros incluidos, apiñados en la orilla. Por mucho que quieras encontrar peces por debajo de esa barrera, no hay nada.

Unos competidores excepcionales

Joseba 12Cada vez que me he encontrado con delfines, en cualquier parte del mundo, siempre he observado que sucede lo mismo: desaparecen el resto de los peces. Estabamos pescando a buen ritmo, hasta que, de repente, nos hemos dado cuenta que no queda ningún pez por ningún lado. Sorprendidos, hemos tardado más de un cuarto de hora en comprenderlo, hasta que hemos oído los primeros chillidos. Puedo entender con facilidad que desaparezcan los peces pequeños, pero no acabo de entender del todo cómo puede afectar a un gran mero de 20 kilos. Sea como sea, no ha quedado nada. Bueno, nada no, se han quedado ellos, y ha sido estupendo. Por hoy, nos hemos olvidado de la pesca y, jugado con ellos, el tiempo ha pasado sin darnos cuenta. No sé como explicar lo que siento cuando estoy delante de estos fabulosos animales, lo que disfruto. Cada vez que miro a sus ojos, no los veo vacíos, como los de un pez: veo unos ojos que dicen cosas, que expresan inteligencia.

Dos días de lujo

Francisco está siendo un guía estupendo, tanto en nuestras jornadas en el mar como en la visita de la ciudad, y, además, me ha presentado a los mejores pescadores de la zona. Así es como he conocido a Escorpión, con el que también he pescado. Llevo varios días en Río, haciendo bonitos pasadores y disfrutando mucho del mar, de la ciudad y de sus gentes. También he tenido ocasión de conocer ha gente de muy buena posición económica, como Freddy y Yuri. Este último nos ha invitado a pescar, un par de días, en las islas de Angra dos Reis, volando hasta allí en su avioneta particular.

Angra dos Reis es un lugar paradisiaco situado al sur de Río de Janeiro. Tras sobrevolar este impresionante paisaje, compuesto por centenares de islas e islotes de exuberante vegetación, aterrizamos en un lugar que dista 40 minutos de vuelo de Río (unas 2 horas en coche). Desde el aire, hemos comprobado cómo está hoy el mar, y dónde parece más interesante la pesca. Al llegar a tierra, rápidamente hacemos los preparativos para embarcar en el yate de Yuri. Al sumergirme en este Mediterráneo suramericano, compruebo que los fondos están llenos de vida. Castañuelas, pequeños pargos y grandes salpas aparecen por todos los sitios. Sí, hay muchos peces, pero no penséis que la pesca se regala; la posibilidad de pescar muchos meses al año ha hecho que los peces sean muy esquivos.

Desde el primer momento, la pesca en Angra me parece muy interesante, por la variedad de especies y por lo difícil Joseba 13que es coger buenas piezas. Con técnica y mucha paciencia, este primer día, estamos cogiendo pargos y abadejos de buen tamaño. Pesco con un fusil de un metro con carrete, y llevo otro carrete en cinturón. Este segundo carrete me ha salvado en varias ocasiones de perder el fusil, y hoy ha sido una de ellas. Estabamos pescando cerca de Ilha Grande cuando Freddy me ha gritado algo. Al acercarme, señalaba en dirección hacia mar adentro, y decía haber visto unas grandes sombras. He nadado hacia donde él me señalaba, y relajado, cayendo como una hoja muerta, he me fundido con el fondo. De pronto, han aparecido, desconfiados, unos pargos mastodónticos, varios de ellos superaban los 50 kilos. Como no se acercaban lo suficiente, he ido hacia ellos, con mucho sigilo, aprovechándome del relieve. Cuando ya estaban a mi alcance, he apuntado a la cabeza de uno de los mayores, y, antes de que huya, le he disparado a la cabeza. Increíblemente, en un rápido movimiento, la mole ha esquivado mi varilla de 7 milímetros, que ha ido ha clavarse sobre su lomo. Los 40 metros de hilo han desaparecido del carrete y he tenido que enganchar el segundo carrete. Sabía que el disparo no era mortal, y, además, los pargos en su huida, cuando están heridos, se rozan violentamente contra las piedras. Tenía pocas posibilidades pero tenía que intentarlo. Después de un breve forcejeo, la tensión del hilo ha desaparecido. Al recuperar la varilla, han quedado, como recuerdo, dos grandes escamas a modo de arandela. Tras varios intentos más, he tenido que desistir. Estos fabulosos peces están acorazados; son tan grandes que si no les das un buen tiro en la cabeza, con un fusil muy potente, preferiblemente con dos gomas, o haces un buen disparo a contraescama, es casi imposible atraparlos. De todos formas, han sido un día excelente. He cogido 8 meros de tamaño considerable, básicamente a la caída, sobre un fondo de unos 25 metros.

El segundo día, nos dirigimos hacia la Ilha das Palmeiras, dentro de la gran bahía de Angra dos Reis. El agua está turbia y no se ve mucho movimiento por el fondo. Freddy se ha quedado pescando en otra zona, y he pedido a Yuri que me lleve hacia mar adentro con la intención de encontrar mejores condiciones para pescar. Según vamos navegando, veo que hay mucha sardina en la superficie, un buen indicio, y he pedido a Yuri que pare. Me dice que normalmente el agua suele estar turbia aquí, pero hoy parece que no. Al meterme en el agua, compruebo que el agua esta muy limpia y que hay mucho movimiento de peces. ¡Y vaya la que he organizado! Pescando justo en el límite de las piedras y la arena, en media hora, tengo dentro de la embarcación cuatro meros de más de 20 kilos. Aunque he seguido pescando un poco más, pronto lo hemos dejado. Con tantos kilos de peces en la embarcación, y no habiendo mucho mercado en la zona, no tiene ningún sentido seguir.

Búzios: una anécdota curiosa

A unos 200 kilómetros hacia el norte de Río, se encuentra la península de Búzios. En su afán por complacerme, Francisco y Freddy me han traído hasta aquí. No sé cómo voy a pagarles tanta generosidad y dedicación. Búzios es una zona preciosa, con muchas playas e islas, cuyos fondos están rebosantes de vida. Mi paso por este lugar va a quedar grabado en mi memoria por varias razones. La primera, y más evidente, es por el regalo que es para uno encontrarse en medio de un paisaje arrebatador, lleno de vida, tanto dentro como fuera del mar. La segunda razón, es cuando menos, más curiosa. Me ha sucedido algo que nunca antes me había pasado. He tenido que salir del agua para hacer mis necesidades fisiológicas, dejando  en la boya la pesca del día y poca más. No sé de donde, ha aparecido un pescador local con su embarcación, y, tranquilamente, se ha llevado toda la boya, con los peces y el material que colgaba de ella. Mis gritos y quejas no han servido de nada. No he tenido tiempo para nada. En la situación que me encontraba, y la rapidez con que me ha robado, sólo me ha dejado la frustración de verme en esta situación, algo ridícula, y una anécdota más para contar.

Última etapa en Brasil

Joseba 14No tengo suficientes palabras para agradecer a mis amigos “cariocas” las atenciones que han tenido conmigo. Ellos, y esta preciosa ciudad, han hecho que pase unos días inolvidables, demasiados. No tenía intenciones de pasar tanto tiempo en Río, pero me ha costado tomar la decisión de continuar el viaje. Si tuviera que resumir mi estancia, de casi un mes, en Río de Janeiro y sus alrededores, en dos palabras, éstas serían: fascinante e inolvidable. Pero tengo que continuar, porque, a este paso, llegaré a Tierra del Fuego cuando las tormentas antárticas estén cerca. Mi última etapa en Brasil será Ilha de Santa Catarina, a unos 1200 kilómetros al sur de Río. Más kilómetros, más horas de autobús, y, poco a poco, más al sur. Mi próximo contacto, gracias de nuevo a mis amigos de Río, se llama Narbal Correa, y es miembro de la selección brasileña de pesca submarina. Él vive en Florianópolis y hacia esa ciudad me dirijo, y esta vez trataré de buscarme un alojamiento, sin comprometer a nadie. Me apetece, a la vez que lo necesito, tener tiempo para pensar y estar solo, más a mi aire. Así pretendo centrarme mejor en mis objetivos y pensar en lo que me espera. Hasta ahora, mi viaje se parece más a unas vacaciones que a una aventura.

Al llegar, me dedico a buscar un alojamiento sencillo, decente y limpio, que se adecue a mi bolsillo. Después de instalarme en un pequeño hotel, por el equivalente a unas 1000 al día, he quedado con Narbal. Por lo que me cuenta, el agua es un poco más fría que en Río, pero el problema es que la mayor parte del año el agua está muy sucia en la costa, impracticable, siendo febrero, marzo y abril cuando hay posibilidades de que se limpie. Eso sí, si el agua está limpia, hay muchísimo peces, sobretodo, meros. Los mejores lugares están hacia el sur, destacando la Ilha do Coral y la Ponta do Garopaba. Hay que mencionar que los mejores puntos de pesca están muy protegidos por los pescadores locales, aunque yendo con Narbal no he tenido ningún problema. Ahora, desgraciadamente, aunque estamos en las fechas propicias, a finales de febrero, el agua está muy turbia en la costa, y  por ello vamos a pescar mar adentro, a más de una hora de navegación, en un lugar llamado Islas de las Tres Hermanas. Al día siguiente, al llegar a nuestro destino, nos encontramos que agua está más o menos limpia. Cuando meto la cabeza debajo del agua, lo que veo es una mezcla entre el Mediterráneo y el Atlántico. Con agua fresca, bastante sucia y mucha mar de fondo, haciendo esperas, hemos podido coger pequeños abadejos, algunos bonitos, y buscando en  los agujeros, hemos encontrado meros. Pero el agua está tan sucia en el fondo que, para mi desesperación, los meros escapan con facilidad. Al pasar el tiempo y no encontrar agua limpia, he optado por pescar a la espera, y así he conseguido pescar un bonito pez limón de 21 kilos. Un detalle que me ha llamado la atención es que hay muchísimos percebes, aunque la gente no sabe apreciarlos. Después de volver a tierra, Narbal se ha encargado de vender todo el pescado, una situación muy normal para ellos, y así he conseguido tener ingresos suficientes como para costearme mi estancia en Florianópolis.

Con el mar en estas condiciones y, además, teniendo en cuenta que voy un poco retrasado en fechas, no me seduce la idea de quedarme mucho tiempo. Así, después de estar un par de días, decido continuar mi camino.

Rumbo al Sur

Prometo no quejarme más sobre los viajes en autobús, pero desde que salí desde la isla de Santa Catarina,  salvo en la breve parada en las cataratas de Iguazú, una auténtica maravilla, llevo cerca de tres días pegado a un asiento. Buenos Aires es mi próximo destino.

A medida que van pasando las horas y los kilómetros, muchas cosas van cambiando: el paisaje, la gente, el idioma y… Joseba 15¡los precios!. Había oído hablar de lo caro que es Argentina pero, aún y todo, estoy sorprendido. Para un bolsillo como el mío va a ser todo un problema. Según he oído, Argentina es el país más caro, con diferencia, de toda Sudamérica, y se nota rápidamente. No sé cómo pueden sobrevivir los argentinos con estos precios, pero estoy seguro que durante los próximos días saldré de la duda. Mi intención es pasar por Buenos Aires, estar allí un par de días con unos amigos, y, luego, dirigirme primero a la Península de Valdés y después a Ushuaia.

A partir de ahora, mi equipaje abultará algo más. Para ahorrar espacio y peso, hace varios meses que hice llegar hasta aquí, por correo, un traje de neopreno completo de 7 milímetros. Por los datos que tengo, hasta llegar a Ecuador, no podré utilizar un traje más fino.

Dos días en una gran ciudad son suficientes para alguien como yo. Normalmente, no las aprecio demasiado, y menos si son tan caras. Después de recuperarme un poco de tantos días de pesca (estoy muy delgado), y de los viajes, comiendo grandes chuletas, durmiendo muchas horas y divirtiéndome con mis amigos, debo continuar mi camino. He tenido tiempo para replantearme algún aspecto del viaje y de recabar más información sobre lo que me espera hasta llegar a Ushuaia. De ahora en adelante, he decidido  viajar haciendo autostop, pues creo que mi economía se va a resentir bastante durante las próximas semanas. Sé que no hay muchas posibilidades de ganar algún dinero pescando, porque hay pocos sitios donde se pueda pescar bien y, además, aquí sólo se aprecia la carne.

Viajar a través de unas llanuras sin fin

Se necesitan un par de días para llegar a Puerto Madryn por carretera, una de las ciudades más importantes de la Península de Valdés. He recorrido más distancia en está ultima semana que en los últimos tres meses. El paisaje es muy monótono, con unas llanuras inmensas que nunca había visto antes, y el amable camionero que me ha traído me ha hecho sufrir un poco. Había oído hablar de cómo se conduce por aquí pero, aún así, no salgo de mi asombro. Las carreteras son, en realidad, pistas de tierra, con tramos rectos interminables. Las rectas son tan largas que, en mi caso, en cualquier momento, mientras el camionero conducía, dejaba el volante, se giraba totalmente hacia atrás, y se dedicaba a preparar el mate durante, lo que a mí me parecían, largos minutos.  En todo el viaje, he sido incapaz de relajarme. Supongo que este oficio es muy duro en cualquier parte del mundo, pero aquí parece especialmente peligroso.

Península de Valdés: explosión de vida

Son varias las razones que me han traído hasta este aquí: mi interés por conocer los lugares más interesantes del mundo, y la fauna de este lugar tiene mucha fama, y cierto artículo que leí en esta revista hace un par de años.

Península de Valdés es un gran pedazo de tierra, más parecido a una isla, que está unido a la tierra firme por una estrecha franja. Me ha llamado la atención que muchas ciudades de la provincia tengan nombres extraños para un latino, y que algunas casas presenten un aspecto distinto al resto de las que hasta ahora había visto en Argentina. He sabido que es debido a que, a finales del siglo pasado, toda esta zona fue colonizada por Galeses, y que, aún hoy, algunos siguen conservando su idioma y sus costumbres.

Hace frío y no me seduce, en absoluto, la idea de pasar una noche a la intemperie. Por eso, nada más llegar, lo primero es buscar un alojamiento. En Buenos Aires, me han recomendado que use los albergues, “hostels” en Argentina, que suele haber en todos los lugares de interés turístico. Por unos $10 he conseguido instalarme en uno de estos albergues, con derecho a cama y cocina, y a partir de ahora, con todo mi equipaje en un sitio seguro, ya me puedo dedicar a conocer los alrededores.

Para empezar, no se me ocurre nada mejor que ponerme en contacto con las personas que escribieron aquél artículo para Apnea. Preguntando por ellos, tengo la gran suerte de dar pronto con Germán Pérez, uno de los firmantes de aquel trabajo. Con su ayuda, todo será fácil. Estamos en una buena época para pescar, y el agua no está demasiado fría, sobre los 15 grados. En poco tiempo, después de recorrer tantos kilómetros, el cambio de ambiente, en todos los sentidos, es brutal. La gente, el clima, los paisajes:  todo es radicalmente diferente. Creo que debajo del agua también se notará el cambio. Cuando he visto la costa, lo primero que me ha llamado la atención es la fauna del lugar: se ven muchos leones marinos   y pingüinos. Me pregunto cómo se comportarán los leones marinos en el agua cuando vayamos a pescar, aunque Germán insiste en que no me preocupe.

Península de Valdés es de las pocas zonas de Argentina donde se puede practicar la pesca submarina. En el resto de la costa hay constantes olas y el agua está muy sucia. La península forma dos grandes bahías, llamadas Golfo Nuevo y Golfo de San José, dentro de las cuales las condiciones del mar mejoran mucho. Es precisamente dentro de estas bahías donde, entre junio y diciembre, pueden verse muchas ballenas francas, que llegan para reproducirse. La mejor época para pescar es de febrero (ahora estamos a principios de marzo) hasta mayo. Durante mis nueve días de estancia, hemos pescado, casi siempre, dentro de las bahías. El acceso hasta las mejores zonas es a través de largas pistas, que Germán, con su todoterreno y una pequeña neumática detrás, recorre sin dificultad. Después de lanzar la neumática al agua, desde unas playas de cantos rodados, nos dedicamos a pescar durante un par de horas. Más no se puede, pues, aunque el agua no está muy fría, fuera sí que hace frío. Tampoco merece la pena coger muchos peces, pues Germán pesca por diversión, y, además, el pescado no se aprecia. El agua está, generalmente, brumosa y los fondos son planos, pero, donde se encuentran piedras, se pueden ver concentraciones de pequeños meros, y, buscando dentro de los agujeros o haciendo esperas, se pueden coger falsos salmones de buen tamaño. También se pueden ver, excepcionalmente, meros de tipo mediterráneo y peces limón. Dentro de las bahías, es posible pescar todo el año, pero no me seduce la idea de hacerlo en invierno, con una temperatura ambiente de varios grados bajo cero, aunque el agua no baja de 8 grados sobre cero. Al principio, cuesta acostumbrarse a la presencia de los pingüinos y, sobretodo, de los leones marinos. Cuando estás en fondo y, de repente, ves una gran sobra a tu lado, el susto es mayúsculo. De cualquier forma, el espectáculo que ofrecen estos animales dentro del agua es una maravilla. Bucean incansables a nuestro alrededor, curioseando por todos los lados, y muchas veces, no resisto la tentación, y, como veo que no ofrecen ningún peligro, me dedico a jugar con ellos.

Impotencia, frustración y rabia

Visitando la ciudad Rawson, que es la capital de la provincia, no he resistido la tentación de ir a visitar su gran puerto pesquero.  Barcos arrastreros, de todas las nacionalidades, se apiñaban en sus muelles. Pero  había algo que me llamaba la atención, algo que hacía distinto ese lugar de otros parecidos. Dentro del mismo puerto se escuchaba un jaleo que, en los días que llevo aquí, se me ha hecho muy familiar. Un centenar de leones marinos, gigantescos, campaban por allá a sus anchas. No he tardado en averiguar el por qué de su descomunal tamaño. Como ya he dicho, los  arrastreros se dedican a pescar merluza, que luego se exporta, sobretodo, a Europa y Japón. Reconozco que no me gusta el arrastre como arte de pesca, pues es de las menos selectivas y de las más dañinas, y más si se practica, como aquí, sin control. Pero ver cómo cientos de merluzas, de menos de kilo y medio, son tiradas por la borda, me ha hecho sentir una rabia difícil de explicar. Con tanto alimento, obtenido de una forma tan sencilla, los leones marinos del puerto alcanzan un tamaño exagerado para su especie.

Desgraciadamente, he tenido tiempo de sobra para confirmar mis temores. Hablando con dos biólogos, me cuentan que son conscientes de que se están esquilmando sus recursos pesqueros y parece que nadie va a ser capaz de pararlo. Pero el colmo ha sido hablar con el dueño de varios de esos barcos. Saben que les quedan unos cinco años antes de acabar con los bancos de merluzas, de hecho, el tamaño medio de éstas ha disminuido mucho; y les da igual. Cuando el negocio se acabe, se van con los barcos a otra parte del mundo para hacer lo mismo. ¿Hasta cuando? Mi pregunta no obtiene respuesta.

Al fin del mundo

Después de despedirme de Germán, he seguido viajando haciendo autostop y durmiendo por el camino, siempre en albergues. Esta estrecha punta del continente suramericano pertenece a Argentina y Chile, y por poco que te quieras mover, debes cruzar la frontera inevitablemente. El paisaje está cambiando rápidamente a medida que nos acercamos a los Andes. Se ven grandes montañas y cada vez hace más frío. Estoy cerca de Punta Arenas (Chile) y acabo de saber, por el amable señor que me lleva, que no voy a tener que pagar nada por cruzar el Estrecho de Magallanes. El secreto está en que, si viajas en coche, se paga por vehículo, independientemente de los pasajeros que éste lleve; una buena noticia. La forma habitual para cruzar hasta Tierra del Fuego es utilizar el “ferry” que une las ciudades chilenas de Punta Arenas y Puerto Porvenir. Desde éste último punto, por carretera, volveré a cruzar la frontera, y vamos a ver si en otro día más llego a mi destino: Ushuaia.

Cruzar el Estrecho de Magallanes ha sido muy sencillo y, hasta cierto punto, emotivo. Durante la travesía he estado pensando sobre cómo se llegó a conocer este estrecho, y peligroso por sus tormentas, camino, que abría a los españoles las puertas del Pacífico. Creo que fue una gran hazaña llegar hasta aquí con los medios de aquella época y con sus escasos conocimientos geográficos, aunque no creo que los indígenas celebren aquel acontecimiento, entre otras cosas porque, en poco tiempo, los aniquilaron. Una lamentable situación que se ha repetido continuamente, en este continente, en los últimos 500 años.

Este último tramo me está costando un poco más. Es una zona muy montañosa, y las carreteras dan muchos rodeos para ir de un sitio a otro. Además, hay poco tráfico y la suerte no me está acompañando. Lo peor de todo es que he cometido una tontería. Me he arriesgado a continuar viajando con la noche muy cerca, y me he quedado tirado a las afueras de un pueblo, cuyo nombre no creo que olvide en algún tiempo: San Sebastián. Ya muy tarde, con la noche muy avanzada, con mucho frío, me he visto obligado a retroceder caminado, con más de 40 kilos de equipaje encima. Pero no queda otra opción. No hay tráfico y no me puedo quedar a la intemperie. Lo peor de todo es que, a estas horas, en las afueras de un pueblo pequeño, no voy a encontrar ningún alojamiento. No veo cómo salir del apuro. No puedo empezar a llamar puerta por puerta, y al final he optado por acercarme a un puesto de la policía local. Como tampoco me ofrecían muchas soluciones, les he rogado que me dejen dormir en una destartalada garita, y así es cómo he pasado una de las noches más largas y frías de mi vida. He conseguido dormir algo usando mis trajes de neopreno como esterilla y poniéndome encima toda la ropa que he podido antes de meterme en un saco de dormir, puro papel de fumar en estas condiciones, que me ofrecía  una protección ridícula. No recuerdo haber pasado, nunca, tanto frío, y aún estamos a principios de otoño. ¿Imagináis cómo tiene que ser esto en invierno?

Aunque un poco tarde, según mis intenciones, y muy cansado, aquí estoy. He llegado al punto más austral de mi viaje; más al sur sólo está la Antártida. Todos mis esfuerzos para llegar hasta aquí se ven recompensados por este precioso paisaje. Durante las próximas semanas recorreré los alrededores a pié, y también intentaré bucear en sus gélidas aguas (continuará).

Un curioso sistema para desenrocar meros

Después de pescar varios días por esta zona, ya hay fondos que me son familiares. Hoy, en unas piedras en las que ya había visto antes un desconfiado mero, de buen tamaño, me he sumergido hasta posarme silenciosamente en el fondo. Asomándome con cuidado en una piedra, he divisado una silueta familiar que empezaba a huir. Sin pensármelo mucho, he disparado instintivamente. El disparo no ha sido mortal, y el pez se ha enrocado. Después de más de media hora peleando por sacarlo, Francisco ha acudido en mi ayuda. Su sistema de desenrocar meros me ha parecido curioso: ha sujetado al pez con un gancho sacameros unido, mediante una cuerda, a la embarcación; así, a fuerza de motor, ha sacado al pez de su refugio. La pieza ha pesado 20 kilos y, para este lugar, es una buena captura.

Abismos sociales

Como dicen mis amigos de Río: Brasil es una mezcla de Suiza y Bangla Desh. Así es, y no me parece justo no hacer una mención sobre ello, cerrando los ojos a la realidad. En este país se mezclan el dinero y la más absoluta miseria, y, en consecuencia, también hay una gran injusticia social. Por ello, dependiendo de dónde quieras ir, hay que andar con mucho cuidado. Yo he vivido con los de la parte suiza del país, pues la pesca submarina es una actividad que practica la gente, económicamente, más pudiente. Pero también he pasado por los basureros de las grandes ciudades, donde se ven merodeando muchas personas, familias enteras, en busca de comida.

2 comentarios en “CUADERNOS DE PESCA DE UN VIAJERO. RUMBO AL SUR (capítulo 3)”

  1. francisco loffredi dice:

    Joseba Caro,
    Me alegro de las palabras amables y alegres de sus buenos recuerdos de Río de Janeiro, Salvador y nuestra pesca.

    Fue con gran satisfacción que la vi ganar la Copa del Mundo. Felicidades hermano, usted es un atleta increíble, me enseñó mucho y merecía el título! ¡Congratulaciones!!!

    Cuando usted se presenta en Río otra vez? Los meros todavía están aquí, pero más inteligente todavía!

    Saludos amistozos,

    francisco loffredi

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